La Dignidad es una fiesta

La violencia es de los pacos.

La manifestación de los días viernes se extiende de la Plaza de la Dignidad a las primeras cuadras de la avenida Alameda. Convocada a las 17, no obstante, se inicia una vez que el sol baja en intensidad y los edificios del centro de Santiago generan sombras que refrescan pero no oscurecen.

Alameda es la avenida que, como principal, atraviesa Santiago y desemboca en la plaza Italia que a partir del 18 de Octubre toma nombre social de Plaza de la Dignidad, pasa por la Moneda ahora vallada, cercada inexpugnable como la gran política chilena. La Alameda continúa luego de casa gobierno. En ella, los vendedores ambulantes reinan, la policía escasea, la presión de las grandes cadenas de comercio está suspendida por la inacción del ordenamiento urbano.

Decíamos que la Alameda desemboca en la Plaza de la Dignidad. Festividad. Los invitados a la fiesta son tan diversos como la población chilena: artistas, jubilados, estudiantes, jóvenes... todos ellos provienen de territorios donde se han levantado distintas asambleas coordinadas y solidarias. Ayuda para los afectados de la represión, colectas de insumos médicos que se anticipan a futuras lesiones, discusiones e ideas para la nueva constitución en curso y actividades culturales.

La manifestación se desarrolla organizada y solidariamente. Se cumplen distintos roles sin estar previamente pactados. Lo más llamativo sin dudas es La Primera Línea, la defensa para que los pacos no avancen mientras en la plaza se oyen cánticos que acompañan la danza. Chile baila.

Entre la fiesta y la defensa, se ven manifestantes que espontáneamente reparten botellas de agua bebible y roseador de agua con bicarbonato, platos de fideos y barbijos. También existe una red de trabajo para el cuidado de la salud mental de los manifestantes.

Hay grupos de primeros auxilios que con sus escudos blancos y una gran cruz roja amparan los heridos de las defensas. Tienen distintos puntos de atención ambulatoria. Los heridos más graves son llevados en camillas hacia un lugar más seguro. Hay muertos, otros sobreviven.

El agua en Chile no sólo purifica, también quema. Se sabe que si el guanaco (tanque de agua de gendarmería) retrocede es para tirar lacrimógenas, si avanza es para arrojar agua química; no sólo por su ardor se sabe que es química sino también porque al otro día se puede ver sus restos amarillos en charcos que no logran secarse. El ataque químico forma parte de la guerra declarada por el presidente contra el estallido social.

El humo negro es resistencia, el blanco es lacrimógeno. Piedras contra balas, algún coctel molotov. La organización resiste, son miles quienes se reparten la esencial tarea. Los Picapiedras abastecen de armas callejeras a los camoteros que las lanzan para la defensa contra los pacos. La Primera Línea la constituyen estos últimos y quienes sostienen los escudos hechos de zing, metales y cualquier elemento a prueba de perdigones (balas de goma).

Antiparras y cascos son imprescindibles. La segunda línea la componen los bomberos de lacrimógenas quienes con un bidón las inutilizan apagándolas en una bendita agua que cierra el paso del gas tóxico. Otros las devuelven con una matemática precisión.

Los manifestantes también encienden fogatas en la retaguardia que en ellas se secan las ropas mojadas por el guanaco. También es un punto de encuentro donde se intercambian palabras, sentimientos y se crean lazos. En ellas se conocen personas que de otro modo no se hubieran conocido. Por ejemplo, conocí un vendedor ambulante tatuado con cuatro perdigones en la espalda y muchos enfrentamientos con la policía antes del estallido. No se trata de revolucionarios ni de dirigentes, se trata de la vida real de gente que se gana el pan arriesgando el cuerpo. El estadillo permitió ser un todos a espaldas de las diferencias.

Parecido a un reloj suizo, la organización de la resistencia no olvida los mutilados de la lucha. Cerca de 400 lesiones oculares irreversibles muestran el rostro más macabro de la represión. Por eso es que de noche aparecen los punteros láser contra los ojos policiales. La idea es cegar a la fuerza represiva e impedir su actuar. Una verdadera guerra de las galaxias ilumina los últimos tramos de la lucha que cuida la manifestación en Plaza de la Dignidad. En ella, el epílogo de la fiesta no puede ser otro: fuegos artificiales anuncian el cierre.

 

Nos dimos cuenta, dice el chileno, de la fragilidad del poder y de sus instituciones, nos dimos cuenta que podemos ser fuertes y auténticos, sin imposturas pero tomamos posiciones en una plaza donde convergen muchas avenidas, muchas avenidas que delimitan la clase alta del resto de la población, esa plaza que antiguamente se llamaba Plaza Italia y era un lugar de celebración, de festividades, de triunfos deportivos y electorales, de placebos para el espíritu. Hoy día se cambia de nombre, ya no es un placebo, y se llama bien simple: Dignidad. 

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