La alegría en una ciudad aquejada por gravísimos problemas

Empieza “o mais grande carnaval” del mundo

Los temas de los desfiles de cada una de las escuelas reivindican puntos transformados en firme polémica desde la llegada del ultraderechista Jair Bolsonaro a la presidencia, en enero de 2019.
Imagen: AFP

Página/12 en Brasil

Desde Rio de Janeiro

Empezó oficialmente en la noche de este viernes uno de los más espectaculares (si no el más) carnavales del planeta, el de Rio de Janeiro. Las que abrieron la fiesta fueron siete “escolas de samba”, número idéntico a las que desfilaron este sábado en la “Pasarela do Samba” frente a un público calculado en unas 50 mil personas. Son las agrupaciones que integran el “Grupo A”, que disputan las tres plazas previstas para el “Grupo Especial”, que como indica el nombre abriga a la flor y nata de los carnavales.

Las atenciones, sin embargo, estarán concentradas precisamente en los desfiles de ese grupo en las noches de domingo y lunes, cuando las 13 escuelas llevarán a los 700 metros de pista de la “pasarela” al menos 28 mil integrantes. Los 72.500 ingresos puestos en venta de agotaron en velocidad alucinante, y los “convites extras” fueron disputados en clima de guerra.

Un dato llama la atención: los temas de los desfiles de cada una de las escuelas reivindican puntos transformados en firme polémica desde la llegada del ultraderechista Jair Bolsonaro a la presidencia, en enero de 2019.

Desfiles de protesta son tradicionales en los carnavales de Río. Lo que se destaca este 2020 es que todas las escuelas del “Grupo Especial” adoptaron, con mayor o menor intensidad, el tono de protesta.

La verdad es que desde hace al menos tres semanas, o sea, bastante antes de empezar oficialmente, el carnaval carioca viene sacudiendo la ciudad. En los tres últimos sábados y domingos, multitudinarios desfiles populares reunieron a más de millón y doscientas mil personas.

Otros números destacan razones de euforia en el carnaval de Rio, el más popular del país que siente orgullo de la fiesta en cada uno de sus municipios: las proyecciones indican que entre el viernes y el miércoles de cenizas al menos dos mil 700 millones de reales (unos seiscientos cincuenta millones de dólares, o sea, poco más de cien millones a cada 24 horas) serán inyectados en la economía de la depauperada ciudad.

Los establecimientos del ramo alimentario (bares y restaurantes) tendrán ingresos calculados en unos 433 millones de dólares (bastante más de la mitad del total proyectado). El sector hotelero confirmó esta semana que 98% de las plazas disponibles estaban ocupadas.

Pero no solo de números grandiosos vive el carnaval carioca. Otros, igualmente o más impactantes, revelan el lado obscuro de una ciudad abandonada y destrozada que es la capital de una provincia en situación igualmente agónica o casi.

Desde los dos primeros días de enero el agua distribuida por la central provincial viene fuertemente contaminada por algas que se reproducen a velocidad alucinante, favorecidas por el enorme volumen de desechos humanos e industriales lanzados en los ríos que abastecen al reservatorio destinado a servir a unos nueve millones de habitantes del conurbano de Rio.

Desde de mediados de enero el gobernador derechista Wilson Witzel promete una solución para “dentro de pocos días”. Pasaron más de 50, y nada. Resultado: la producción de agua mineral usada para beber y cocinar pasó de los 240 millones de litros mensuales a casi 500 millones. Los casos de habitantes que terminaron en hospitales y puestos de emergencia luego de haber ingerido agua de las canillas, filtrada o no, supera la casa de los diez mil.

También la cantidad de personas que pasaron a vivir en las calles se duplicó en los últimos tres años, superando los veinte y cinco mil solamente en la zona urbana de la ciudad de Rio.

En el más popular de sus barrios, Copacabana, las veredas de las calles interiores son muy difíciles de transitar por el número de comerciantes ilegales. Ya en la orla, el gran peligro son los chorros, principalmente de celulares.

El alcalde, Marcelo Crivella, es uno de esos autonombrados obispos “evangélicos”. Además de admitir que no le gusta para nada esta fiesta pagana, a lo largo de los últimos cuatro años esparció nutridas pruebas de que tampoco la ciudad le gusta: no hay una sola cuadra de ninguna calle de Rio que no esté absolutamente cubierta por baches.

Quizá por todos esos aspectos negativos, que van del agua imbebible a calles intransitables, para no mencionar la violencia que se disemina por todos y cada uno de los rincones, en este 2020 hay una alegría extraordinaria flotando en el aire: al fin y al cabo, por cinco días habrá fiesta para olvidar la realidad, antes de volver al cotidiano de pura sobrevivencia.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ