El guión imposible

Mario Piazza encuentra una carta escrita en el siglo pasado por Luis y me la manda por wasap. “Encontré una carta de Luis Sienra en que te nombra… Está difícil de leer la letra”. Y junto con el mensaje escrito, adjunta una imagen de la carta.

La imagen nunca es la realidad.

Los seres libres desprecian algunas contradicciones y en ese desaire, “aprendiendo a volar”, copio el archivo y trato de descifrarlo en la elementalidad del IrfanView.

La imagen ya no es lo que era. Por más que la Mona Lisa siga sonriendo.

Es una página A4 y doblada en 6, manuscrita con lápiz. No es difícil imaginar el sobre en papel grueso, la estampilla mojada con saliva, el buzón de hierro fundido pintado de rojo alzado en la esquina de Entre Ríos y San Lorenzo, siempre con su boca abierta para que algunos rosarinos se pudieran comunicar con una chica que trabajaba en las islas Maldivas o con otro rosarino que dormía sus sueños 24 veces por segundo en el pasaje Cajaraville.

Así eran las costumbres y la realidad entonces, en ese siglo idiota que no se atreve a terminar. Nada fue un error.

No es fácil descifrar la fecha, el polvo de las letras desperdigado sobre la supuesta materialidad del papel. Luis escribía con lápiz de grafito, tenía una caligrafía casi como la de Juanele, casi Cuerpo 8 o 6, sus palabras empiezan a justificarle a Mario su alejamiento del cine por honestas cuestiones económicas. Eran tiempos de Videla y Martínez de Hoz.

Pero no todo es responsabilidad de los injustos: resistir es crear.

Es difícil imaginar que dos rosarinos que vivían a unas 20 cuadras preferían comunicarse a través del correo postal y burocrático en vez de encontrarse a tomar unos mates. Esos eran los grotescos detalles de la mierda social de la última dictadura cívico-militar.

Luis le explica el por qué ha dejado de filmar. Detalles del mercado y la materialidad. A los pendéx de la virtualidad actual, a los adictos de Instagram les es difícil entender que nosotros filmábamos 3 minutos en Super 8 y teníamos que esperar tres meses para el rollito filmado volviera de Brasil y verlo en una moviola.

¿Cuál es la distancia entre internet y el mimeógrafo?

En el segundo párrafo Luis cuenta que había mandado a revelar 10 rollitos Kodacrome Super 8 a España, que cuatro meses después les llegaron manchados, rayados, totalmente arruinados. Para “ahogar las penas” esa noche fue al mítico bar Napoleón a tomar una ginebra y un café. Y que me vio entrar, me senté en una mesa lejos de él, agarré una servilleta, le pedí una birome prestada al mozo y me puse a escribir… un poema. Que le dio mucha envidia y se fue sin saludarme, porque yo estaba muy copado con la escritura.

Ya no recuerdo bien donde quedaba el bar “Napoléon”. Con Luis nos habremos hablado por teléfono dos o tres veces en sus últimos años, pero nunca mencionó el episodio de aquella noche de invierno. Si lo hubiera hecho, le habría aclarado que no estaba escribiendo un poema, sino un guión para un corto.

Muchos desencuentros son encuentros que se abren en los barrios del “después”.

Yo también sufría síndromes de abstinencia por no poder hacer cine. Y esa noche se me había ocurrido una idea loca en la vereda del “Napoléon”: formar un grupo comando y asaltar la cancha de Central después de un Clásico y con la recaudación montar un estudio, comprar cámaras, trípodes, moviolas, y todo lo necesario para filmar.

Como eran épocas jodidas, empecé a desarrollar la idea como si fuera un guión de cine. En una servilleta hice el mapa con las rutas de acceso y escape; en la otra, las posibles escenas donde se movería el grupo comando en los terrenos del estadio. 

Entonces me habrá visto Luis, él nunca supo de aquel guión imposible. Tampoco que un rato después entraron varios policías al bar pidiendo documentos. Traté de tirar las servilletas al piso, uno de los milicos me vio y me llevaron. Estuve toda la noche en la seccional explicándoles que era un guión de una película, para nada un asalto. Recién los pude convencer cuando acepté filmar gratis el casamiento de la hija del sumariante.

Esa fue la última vez que usé una cámara de cine. Al salir de la iglesia del San José, dos canas me robaron la Chinon. Todavía no había terminado de pagarla en La Casa del Fotógrafo.

 

Nada tenemos de ángeles ni de santos tenemos, nada; apenas la nostalgia de algunos sueños exiliados. Y de todo lo que no fue.

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