Las restricciones en el país de la razón

Francia bajo el reinado del coronavirus

Fútbol sin público, desastre económico en gastronomía y turismo y La peste, de Albert Camus, como best-seller.
Imagen: AFP

PáginaI12 en Francia

Desde París 

La vida era un tumulto urbano. Llegó el virus y el tumulto empezó a moverse en cámara lenta, como una masa desconfiada que busca un rincón sano para respirar. Toser, estornudar o sonarse la nariz en el metro o en la calle provoca una estampida. Es una amenaza de bomba atómica pese a que, en París, las autoridades aún no decretaron ninguna zona de confinamiento. Se han prohibido en todo el país las reuniones con más de 1.000 personas, lo que tuvo como consecuencia la anulación de cientos de conciertos y espectáculos mientras que los partidos de futbol de la Champions Ligue previstos para los próximos días se jugarán sin público. Para el mundo de la cultura, los espectáculos, los restaurantes y la hotelería el coronavirus ha sido una hecatombe. Al igual que en otros países de Europa, el Ejecutivo francés disputa una carrera contra el reloj para detectar y aislar los focos de infección. Otros, en cambio, se sirvieron de la epidemia para hacer fortuna, estafar o robar. La Asistencia Pública de los Hospitales de París (AP-HP) reveló que más de 11 mil máscaras quirúrgicas y 1.400 frascos de solución hidroalcohólica habían sido robados de los hospitales. Aparecieron también los revendedores de máscaras falsas, el incremento abusivo de los precios en las farmacias y falsos representantes del Estado que se presentan en los domicilios de la gente para “desinfectar” la casa a cambio de 80 euros.

Algunos barrios antes muy concurridos se han ido quedando desiertos. Es el caso del Barrio Chino de París, en el distrito número 13. Quienes no viven demasiado lejos del trabajo optaron por rememorar los días de las huelgas contra la reforma del sistema de pensiones que, a partir de noviembre, dejaron a la capital francesa de pie. No toman buses ni metros. O caminan, o van en bicicleta, si es que se encuentra alguna disponible. Como durante los paros, la bicicleta se ha vuelto el objeto urbano más deseado. Pese a todo, no hay psicosis ni histeria colectiva mayor, pero sí  una sensación latente de temor, prudencia y expectativa ante la posibilidad de que el gobierno decida pasar a la fase tres de la contención del virus. En este momento se está en la fase dos: se caracteriza por la aparición de casos esporádicos y clústeres sin que se constate una circulación activa de coronavirus. La tres implicaría que se ha dado ese paso y, por consiguiente, se adoptarían medidas de confinamiento más globales, el cierre de las escuelas y muchos transportes públicos. Hay un total de 12 millones de alumnos que acuden de las escuelas y de ellos, los 300 mil que residen en zonas de riesgo se han quedado en casa. Las autoridades, de hecho, toman medidas según la progresión de la enfermedad. El arsenal restrictivo está listo, pero se activa en función de la situación. Los medios procuran no sembrar pánico y no invitan a charlatanes, falsos científicos, comentaristas que hacen moral con una enfermedad ni psicoanalistas que siembran más confusión que certezas. Se trabaja con prudencia, con datos exactos, informaciones claras e instrucciones corroboradas. Nadie está a salvo. Ha habido 33 muertos hasta ayer y se contabilizaron 1.784 casos en Francia (1.500 personas hospitalizadas), entre ellos se encuentran 6 parlamentarios y el mismo ministro francés de Cultura. Se nota un doble movimiento en el seno de la opinión pública: por un lado, una demanda de información transparente y medidas de protección sanitarias: por el otro, cierto recelo ante esas medidas y la sospecha de que el Gobierno no adelanta toda la información disponible. La presión en la opinión pública es tanto más grande cuanto que, desde ayer, con la aparición de casos en Chipre, todos los países de la Unión Europea están afectados por el coronavirus. Italia, donde en un sólo día murieron 168 personas y ya se cuentan 10.149 casos para un total de 631 muertos, tiene fronteras con Francia. Desde el martes 10 de marzo, los vuelos hacia Italia están suspendidos. La opinión pública constata con cierta preocupación la lentitud con la cual el conjunto de los miembros de la UE empezó a coordinarse. El virus corre muy por delante de las autoridades eurocomunitarias. El martes hubo una reunión de urgencia mediante teleconferencia con el fin de plasmar “una coordinación” entre los Estados miembros.

A este contexto se ha agregado una incógnita política: este domingo 15 de marzo se celebra la primera vuelta de las elecciones municipales. El gobierno, que parte con muy malas encuestas, las ha mantenido. Para ello organizó la aplicación de dispositivos de protección y reguló los accesos a los centros de voto. Muchos comentaristas ven estas disposiciones una contradicción: se han suspendido las reuniones con más de mil personas, ¿por qué se mantienen entonces las elecciones si esta consulta provoca el desplazamiento de millones de personas? Ya no se cuentan los mítines electorales que se han suspendido por la propagación del virus. El ministro francés de Interior, Christophe Castaner, ha repetido durante la semana que “votar no es un peligro”. La respuesta de la ciudadanía está pendiente. Después de haber bombardeado la bolsa, la infección se apoderó del cuerpo político con otra amenaza que sería muy costosa para la democracia: la abstención. Hay un total de 70.000 centros de votación a donde deben ir 44 millones de personas. Estas elecciones funcionan en general como un medidor de la aprobación o desaprobación de la gestión presidencial y una suerte de adelanto de las elecciones presidenciales, que tendrán lugar dentro de dos años. Una abstención elevada equivaldría a incrementar la mala hora de las urnas que las encuestas anticipan para una mayoría presidencial muy trastornada por la crisis de los chalecos amarillos, la reforma de las jubilaciones y la espeluznante violencia policial que se ha desplegado en el país para reprimir a los movimientos sociales, incluso el de las mujeres. En Francia, hay sociólogos (Sebastian Roché) que ha usan el término de “sudamericanización” de la policía. La encuestadora IFOP anticipó que el coronavirus podría acarrear una abstención del 28%. Por lo pronto, en las oficinas de voto habrá mucho desinfectante, gel contra las bacterias, distancias mínimas de contacto y la obligación de que cada votante lleve su propia lapicera. El país está como capturado de una expectativa incierta. Francia se ha volcado, como en otras crisis mayores, hacia la literatura. Después de los atentados yihadistas de 2015 (Charlie Hebdo, el supermercado judío y el Bataclan), los libros más vendidos fueron París era una fiesta (Ernest Hemingway) y Tratado sobre la tolerancia (Voltaire). Cuando en 2019 se incendió la catedral de Nôtre-Dame las ventas del libro de Victor Hugo Nôtre-Dame de Paris subieron de forma vertiginosa. El público se orientó en estas semanas a un libro escrito en 1947 por Albert Camus: La peste. ”En el mundo ha habido pestes y guerras. Y sin embargo, las pestes y las guerras siempre toman a la gente desprevenida”, escribe Camus en esta obra que es, además, uno de los clásicos imperdibles de la literatura del Siglo XX. La novela transcurre en los años 40, en la ciudad argelina de Oran. Aislada del mundo por temor a un contagio generalizado, la novela va retratando, dentro de la ciudad, las reacciones contrapuestas de una colectividad que, de pronto, se confronta a una enfermedad en expansión.

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