Devenir peste

I

Nosotrxs, que somos dos conviviendo, decidimos tener un estricto orden de encuentros. A las seis y media de la tarde, incursión y avistaje en la terraza; a las diez de la noche, hora de baile o cine. Desde las doce del mediodía hasta las seis de la tarde, momento de lectura, franja horaria que habilita, con toda justicia, a denunciar al otro por ruidos molestos e interrupciones innecesarias. Si se da lugar a un encuentro casual en el pasillo entre esas horas es obligatorio un chiste, leve o pendenciero, cosa de no perder las virtudes de la bufonería. Por supuesto que no hay horario de cena ni de almuerzo estipulado: baste con que algunx se ponga a cocinar para que el otro lo siga en la misma arritmia. Entre las nueve de la mañana y las doce del mediodía se sirve el desayuno. Por lo demás, ansiedad, desidia y hambruna como las plagas generales del espacio.

II

Desde el primer día de acuartelamiento me puse como objetivo recomendar hasta el hartazgo Fitzcarraldo, de Werner Herzog, de la que sigo creyendo que es una de las mejores puestas de la historia del cine. Cualquiera que la haya visto sabe a lo que me refiero. El cine alemán puede tener grandes elegancias y esta es una de ellas. Lo que más me atrae del argumento es que desmiente categóricamente aquello de que el Capital ha logrado colonizar la naturaleza toda. El Amazonas sigue siendo, en vastos territorios, no sólo imposible de penetrar, sino que continúa representando un peligro para la vida y el confort humano. Hay algo de ingobernable en la selva que supera, con creces, toda racionalidad utilitaria. Hay que desechar, hoy más que nunca, esa vieja idea de que la globalización puede con todo.

III

Si bien la hipótesis de la guerra bacteriológica parece que debe ser descartada desde el momento en que nos enteramos de que el virus, visto desde su arquitectura microscópica, tiene sus defectos y no logra las perfecciones que la ingeniería humana podría imaginarle, el contexto es más que propicio para favorecer otra hipótesis: estamos ante un gran ensayo de lo que pueden las tecnologías a distancia. No sólo internet se ve favorecido en esta coyuntura sino que caemos en la cuenta del rol todavía central que tienen en nuestras vidas los televisores. Si la conquista del tiempo, la colonización de la memoria y la atención se ha convertido en el verdadero objetivo estratégico de las nuevas tecnologías, estamos ante un momento cúlmine de experimentación. Todo lo que se ha hecho hasta ahora como intento de modular nuestra relación con el tiempo se pone a prueba.

IV

"A pesar del manifiesto miedo a la pandemia gripal –decía Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio- actualmente no vivimos en la época viral. La hemos dejado atrás gracias a la técnica inmunológica. El comienzo del siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no sería bacterial ni viral, sino neuronal". Y sigue: "El paradigma inmunológico no es compatible con el proceso de globalización. La otredad que suscitaría una reacción inmunitaria se opondría a un proceso de disolución de fronteras". Conclusión: nunca hay que apresurarse en las conclusiones.

V

Todo este tema del virus no hizo más que confirmar que la época en la que vivimos no puede ser pensada sin esta cualidad del contagio. El virus va viajando de cuerpo en cuerpo, de cerebro a cerebro, viralizándose, expandiéndose, desbordándose, estragándose al igual que un meme, una fake news, un video pornográfico filtrado de alguna estrella imponente de Hollywood. Lo novedoso de esta irradiación expansiva es que pareciera haber puesto en jaque la lógica acumulativa. La metáfora política es clara: si hay algún modo de interrumpir cierta axiomática capitalista es a través del virus. Devenir-virus. Devenir-peste. Interferir. Inmovilizar aquella pretensión totalitaria de estar en continuo movimiento.

VI

De un día para otro hubo necesidad de revisar el imperativo de la inmediatez para darle lugar al letargo. Que le haya tocado, justamente, a un peronista decidir entre una expansión probable y trágica y un tiempo que pueda diluir el proceso no deja de ser al menos de lo más paradójico. Lxs memoriosxs sabrán que en la década del 70 Juan Domingo Perón se encontró con una de las más fuertes controversias que iba a marcar al movimiento por el resto de su historia: él lo definió como la batalla “entre la sangre y el tiempo”. Por un lado las guerrillas. Por el otro, la dictadura genocida que se avecinaba. Entre medio, la posibilidad de apaciguar las aguas, darse tiempo, fabricar una especie de tregua. León Rozitchner le dedica un libro entero a la cuestión, un libro extenso y complejo en el que termina por afirmar -haciendo un resumen injusto y generalizado- que el peronismo es un fenómeno de consensos y que, en esa lógica, no quiere hacer la guerra con nadie. Algunxs dicen que Perón no se la jugó ni nunca quiso jugársela. Otrxs imaginan que, como gran estratega que era, ganar tiempo era la definición primera. Desde este otro lado de la historia y el sentido, la encrucijada vuelve a repetirse. ¿Quién terminará por conquistar este tiempo que se nos da, este tiempo que, por donde se lo mire, se nos presenta como inútil? ¿Qué nuevos tiempos inaugurará? Franco Berardi dice que, al menos, una opción se nos abre: la igualad como manifiesto a refundar. Salir de este atolladero con el deseo firme de un gran abrazo que pueda, de una vez por todas, volver a plantearse qué tipo de vida en común somos capaces de ejercer, producir y, por sobre todas las cosas, defender.

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