Entrevista a OSCAR AMAYA

POR EL CORONAVIRUS, LA ESCUELA ENTRA EN LAS CASAS

La suspensión de las clases y el posterior aislamiento social obligatorio pusieron a las familias y al sistema educativo en apuros. El director del Servicio de Atención y Orientación Psicopedagógica (SAOP) de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNLZ plantea los cambios que impone el nuevo tiempo.

La decisión del Gobierno de suspender las clases en los tres niveles educativos derivó en un plan para acompañar la educación a distancia. El sistema educativo generó y activó herramientas y espacios de aprendizaje online. Aun así, adaptar la dinámica familiar a este momento puede resultar difícil. ¿Cómo fomentar el aprendizaje en casa? “Hay que tratar que el momento de la tarea sea una escena más cercana a los placeres que a una escena de los malestares”, afirma el director del Servicio de Atención y Orientación Psicopedagógica (SAOP) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ), Oscar Amaya.

El SAOP, inaugurado en 1998, es un servicio de atención y orientación psicopedagógica público y gratuito destinado a los niños de la zona de influencia de la Facultad lomense. La dependencia está abierta a los egresados de la carrera de Psicopedagogía de esa institución para que realicen sus primeras experiencias profesionales, que son ad honorem.

-¿Cómo afecta este receso obligado a las escuelas y las familias?

-El coronavirus viene a interpelar y revolver un orden instituido: ya no hay calendarios, ya no hay hora de Mate, hora de Lengua o de Idioma. Ya no hay procesos de adaptación a la escuela, sino adaptación a un estado de excepción como el que estamos viviendo. Este receso afecta a instituciones y sujetos, chicos y grandes. El sistema educativo es una de las instituciones más complejas y resistentes al cambio, mucho más cuando se trata de cambios excepcionales como una pandemia. La familia y sus integrantes también son resistentes al cambio. Es importante compartir con los niños el grado de excepcionalidad de esta situación. Los adultos debemos enfatizar nuestras funciones materna y paterna referidas a la protección y al cuidado, así como la de comprensión.

-No tener clases presenciales significa un cambio muy grande.

-El receso viene a “robarles” a nuestros hijos e hijas algo muy valioso: un mundo fuera de nosotros, una vida de pares, una sociedad de iguales: sus compañeros y amigos. Nuestra ausencia también los constituye como sujetos de creciente autonomía. Es importante respetar los momentos que deseen estar en sus habitaciones, no ser escuchados por nosotros, hablar o chatear con sus afectos personales de esa otra familia, una cofradía con sus reglas y temporalidades que no conocemos ni gobernamos. También les quita la posibilidad de no tener ganas de ir al colegio, llegar más tarde o faltar, algo que suele ocurrir en tiempos de “normalidad” institucional. Otro “robo” es la posibilidad de no hacer la tarea, aduciendo olvidos o confusión. El sufrimiento emocional que este estado de excepción social les provoca tiene que ser tema importante de conversación en las familias. Hablemos de lo que nos pasa. Ese es el desafío que hoy nos interpela.

-¿Cómo podemos ayudar a los chicos ante la inasistencia a la escuela durante tantos días?

-Pensemos que la escuela cierra sus puertas pero abre sus ventanas –virtuales, pero ventanas al fin–: es por ello que los lazos afectivos no se quiebran por la distancia, ni con los docentes ni con los compañeros. La ausencia física de la escuela no implica que desde nuestros hogares no podamos montar “aulas extendidas”, no sólo a través de las tareas escolares que ellos reciben por las plataformas que la escuela utiliza para enviar materiales y ejercicios, sino promoviendo que nuestros hijos se comuniquen entre ellos. Generemos una oportunidad a partir de la imposibilidad de asistencia de nuestros hijos a sus escuelas: que gestionen y organicen sus tiempos de aprendizaje, que sean protagonistas y no sólo asistentes a sus procesos del aprender. Junto con ellos, propiciemos que se empoderen como alumnos primarios y como estudiantes secundarios, según los casos. Coordinar horizontalmente con los pares los procesos y resultados de las actividades propuestas, chequeando los modos o resultados distintos que produjeron. Si requieren de nosotros, allí estaremos. Si se autogestionan colectivamente, dejarlos hacer. Solemos cometer el error de hacernos nosotros responsables de sus responsabilidades, a veces haciéndonos cargo de casi toda la tarea escolar.

-Muchos especialistas dicen que el dictado de clases virtual aumentará la brecha con los niños de mayor vulnerabilidad. ¿Coincidís con esa postura?

-Lo cierto es que la brecha en las clases “reales” existe hace mucho tiempo. Las clases “virtuales” no aumentan la brecha existente. Las escuelas han desarrollado y seguirán desarrollando plataformas virtuales desiguales a partir de las brechas ya existentes: pensemos en algunas como lo urbano/lo rural, lo público/lo privado, lo laico/lo religioso, escuelas “ricas”/escuelas “pobres” (que atraviesan los versus

anteriores). Las tecnologías son transversales a las clases sociales, donde se viene reproduciendo una desigual distribución de bienes materiales y simbólicos.

-¿Qué aconseja para poder seguir trabajando de manera pedagógica en casa?

-Primero, recordar que los modos de enseñar los contenidos ya no son aquellos con los que los adultos aprendimos esos mismos contenidos. Tampoco lo son los modos de aprender ni los soportes. Hoy el cuaderno es sólo uno de ellos. Los manuales han dejado de ser los únicos canales de contenidos escolares. Los adultos debemos comprender que junto a nuestros hijos formamos parte de una comunidad

de aprendizaje.

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