Ojos chinos

El maneki-neko me mira, impávido todavía, desde el estante de la biblioteca en el que vive desde que lo trajimos. Recuerdo cómo lo sacamos de su cajita abollada, cómo le quitamos la bolsa de polietileno que lo arrullaba en su silencio plástico, cómo le pusimos la pila; cómo, en otras palabras, lo dimos a luz. Empezó a subir y a bajar su bracito, sin apuro y sin pausa.

Y le creímos.

Creímos en sus promesas de abundancia y de prosperidad. Soportamos su dorado estridente en medio de nuestras cosas. Al fin y al cabo, él no tenía la culpa de la pintura que una máquina había echado sobre él. Aprendimos a cohabitar con el ligero chirrido que produce su brazo al moverse –De noche, es peor: lxs insomnxs lo sabemos–. Dejamos que su mirada vacía nos atravesara. En otras palabras, le pusimos el pecho a todas las molestias que ocasionaba tenerlo: correrlo para sacar un libro, pasarle un trapo para evitar que el polvo se adhiriera a su piel de mentira, cuidarlo del gato de verdad que aprovechaba cualquier descuido para voltearlo de un zarpazo.

Hicimos todo por él sin saber, sin siquiera sospechar, que convivíamos con un enemigo.

Ahora escribo a sus espaldas, por decirlo de alguna manera.

Como quien no quiere la cosa, como quien busca acomodarse donde llega el aire fresco o donde no le da el sol, he logrado colocar mi computadora de tal manera que la pantalla no quede frente a sus ojos fijos, mal pintados. Para ello, he tenido que mover el escritorio. He dado toda clase de explicaciones en voz alta, fingiendo que le explicaba a H. el motivo de la reorganización. He invocado principios de feng-shui que tuve que estudiar, puesto que cualquier paso en falso podría provocar una catástrofe mayor.

No podría determinar cuándo, con exactitud, empecé a intuirlo.

Estamos rodeados de objetos fabricados en China: en cualquiera de ellos podía esconderse el espía. Sin embargo, a los pocos días de tenerlo entre nosotros, el maneki-neko despertó una incomodidad en mí. Inventé muchas excusas para no reconocerla. No me costó casi nada: mi mente puede encontrar excusas convincentes para casi todo. Me dije que era el ruido de su bracito, que yo sola lo escuchaba porque tengo insomnio; me convencí de que eran esos ojos siempre abiertos los que calaban hondo en mi desconfianza. Y así, haciendo un esfuerzo para sostener lo insostenible, estuvimos unos cuantos meses. Llegué, incluso, a olvidarme de él, de la incomodidad que empezaba a diluirse a fuerza de negarla.

El noticiero mostraba imágenes que parecían fragmentos de una película catástrofe: entre los hombres con barbijos, se colaban las cifras de tres, cuatro dígitos. Números de infectados, números de muertos; pronósticos; cálculos incomprensibles, curvas que crecerían de manera exponencial en un futuro que ubicaban ahí nomás. Era temprano: yo me había preparado el desayuno pero todavía no lograba despertarme.

“En China está pasando algo jodido”, pensé.

Unté una tostada con mayonesa de zanahoria y tomé el primer mate. Hasta debo haber sentido esa leve satisfacción que siento cuando creo que gané una pequeña batalla, en ese caso, contra los ultraprocesados.

En los días que siguieron, las mismas imágenes apuñaladas por cifras inverosímiles –pero, a la vez, tan reales– eran todo lo que se veía en la pantalla. España, Italia, Estados Unidos. Algunos presidentes latinoamericanos blandían estampitas o le daban pelea verbal al virus, como si el bicho –que no es un bicho, que es una cosa que no está ni viva ni muerta y que no puede ser vista por ojos humanos– fuera tan pendenciero como ellos. Las cuarentenas se esparcieron por el mundo: el miedo había prendido una mecha que iba a llevar meses apagar.

De todos modos, tardé en darme cuenta.

Me distrajo, primero, la paranoia colectiva.

Llenamos la heladera, preparamos alcohol diluido en agua, nos aseguramos de tener una moderada cantidad de lavandina. Y nos encerramos.

Sin embargo, en medio del silencio de sepulcro en el que se han convertido estas noches, entendí lo que había ocurrido: los chinxs se habían robado mi proyecto de escritura secreto. Pero como son chinxs y pueden reproducir todo en cantidades aberrantes, estaban poniendo en acto mi novela no escrita y se estaban pasando con los efectos especiales.

Los ojos del maneki-neko a través de los que les han llegado los apuntes de mis noches en vela siguen abiertos; su bracito se mueve una y otra vez: sube y baja, sube y baja. No me he atrevido a tocarlo. Pero ahora nos miramos de frente: no imaginan lo que me traigo entre manos.

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