De la sexualización al reclamo por la autonomía de los cuerpos  

La denuncia de Pignatiello

El reclamo de la talentosa nadadora expone el valor político del uso de las corporalidades para su propio disfrute.
Delfina Pignatiello, una hija del #NiUnaMenos, que no acepta el lugar donde la quieren ubicarDelfina Pignatiello, una hija del #NiUnaMenos, que no acepta el lugar donde la quieren ubicarDelfina Pignatiello, una hija del #NiUnaMenos, que no acepta el lugar donde la quieren ubicarDelfina Pignatiello, una hija del #NiUnaMenos, que no acepta el lugar donde la quieren ubicarDelfina Pignatiello, una hija del #NiUnaMenos, que no acepta el lugar donde la quieren ubicar
Delfina Pignatiello, una hija del #NiUnaMenos, que no acepta el lugar donde la quieren ubicar 
Imagen: Instagram

Delfina Pignatiello es una de las deportistas del momento. Con 20 años, la nadadora es poseedora de récords sudamericanos, múltiple campeona panamericana y bicampeona mundial juvenil. Al igual que otros tantos deportistas de élite se sumó a participar de las transmisiones en vivo de la red social Instagram desde donde comparte sus rutinas de entrenamiento, ahora fuera del agua. En los vivos muestra su cuerpo activo, en movimiento, buscando alentar a otras personas a transitar la cuarentena obligatoria haciendo ejercicio desde casa. Su imagen genera lo que desde el marketing denominan engagement: consigue atención, genera reacciones, obtiene likes y comentarios. Ella elige cómo jugar y cuándo parar. 

Hoy no sabe si va a seguir haciendo transmisiones: durante uno de esos vivos en los que se mostraba entrenando, recibió comentarios ofensivos. "Me sexualizaron y no me lo merezco", denunció. La nadadora dijo sentirse decepcionada. Ser sexualizada supone la deslegitimación de sus capacidades y logros deportivos para destacar atributos que la vuelven objeto de deseo sexual. Es quitarle a su cuerpo la autonomía conquistada a base de brazadas –las propias y las de quienes la precedieron– y convertirlo en objeto de consumo de una mirada masculina heteronormada. "Si ella eligió mostrarse así que se la banque", comentan los lectores enojados con su denuncia, para quienes el costo de exponerse segura y a gusto con su imagen debe que ser pagado "bancándose la pelusa". Desde esta mirada, exhibirse en las redes sociales tiene sus riesgos y hay que aceptarlos. 

Tras haber ganado su tercera medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Lima 2019, la nadadora destacaba, entrevistada por el periodista Gonzalo Bonadeo en TyC Sports, el "hermoso grupo" que se había generado con las chicas de la selección. "Tenemos un Instagram, nos llamamos Las Sirenas, somos una chicas muy bonitas para seguir", comentó entre risas y con la espontaneidad que la caracteriza. En los segundos posteriores la cuenta pasó de tener mil seguidores a más de 20 mil y colapsó inmediatamente. "Sabía que esta carrera era el último esfuerzo, por la Argentina, por la bandera a la que me encanta representar", intentaba responder las preguntas del conductor mientras revisaba de reojo las notificaciones que iban llegando a su teléfono, sin disimular la alegría por los miles de nuevos followers. "Ah bueno, yo tengo 240 mil, me muero acá". ¿Por qué resulta tan significativo este hecho para una atleta joven, federada y con múltiples récords? Instagram vuelve normal la idea de celebridad y la alienta; aunque hoy Delfina dice que la fama no le genera nada, que su interés en las redes es difundir la natación. 

Fueron los medios masivos de comunicación los que tradicionalmente mantuvieron el monopolio sobre las representaciones de las y los deportistas. A diferencia de sus pares masculinos, a las pocas mujeres que lograban ocupar un lugar en primera plana se les exigía ser campeonas o diosas en poses sensuales, con bikinis o ropas que permitieran lucir las curvas, como durante muchísimos años se tituló una sección del único diario deportivo argentino. Actualmente las redes sociales permiten desafiar esta hegemonía. Por un lado, porque habilitan la emergencia de nuevas coberturas que informan con perspectiva de género y sin reforzar estereotipos, y por otro, porque ofrecen la oportunidad de que sean los propios atletas quienes se comuniquen de forma directa con el público, eligiendo cómo mostrarse ante ellos.

En una sociedad espectacularizada, la cantidad de seguidores aumenta el prestigio de las personas. Y entre los más jóvenes, la popularidad en Instagram es una nueva forma de reconocimiento, una voz de autoridad. No cualquiera puede lograr el delicado equilibrio entre mantener el gusto personal al mismo tiempo que dialoga con la comunidad: Delfina parece lograrlo en sus intervenciones y sus seguidores lo disfrutan. Por momentos se muestra modelando y realizando algún baile sensual, en otros entrenando o jugando de manera aniñada con su mascota. En el diálogo que el deporte contemporáneo establece con las lógicas del mercado, la imagen que los deportistas construyen en las redes no es ingenua, se vuelve una forma de management corporal: con estas publicaciones pueden obtener sponsors, visibilizar sus carreras deportivas e impulsar el crecimiento de las disciplinas.

Delfina Pignatiello no es la primera nadadora argentina en hacer historia. Otras "sirenas" –como fueron calificadas por la prensa– se destacaron en la pileta, subiendo además al podio olímpico. En 1936, Jeanette Campbell fue la primera mujer argentina en obtener una medalla en unos Juegos Olímpicos. Casi 70 años después, la nadadora cordobesa Georgina Bardach obtendría la de bronce en los Juegos de Atenas. La temprana presencia de las mujeres en la natación representa una enorme conquista en la historia del deporte femenino en nuestro país. Al mismo tiempo es posible pensar que su imagen no representaba una amenaza a los mandatos de feminidad de la época. Así, la prensa extranjera premió a Campbell como "Miss Olimpia" a la deportista más bella, y los medios nacionales no dudaron en calificarlo como "un halago que la complacía tanto como la medalla plateada" (¿Habrá dicho eso? ¿O habrá sido una mirada externa la que homologaba el valor de ambas conquistas?). Los esfuerzos de la prensa por destacar su belleza, simpatía y feminidad la ubicaban dentro del terreno de lo aceptable para una mujer "respetable".

Salvo algunas pocas excepciones, la historia ha consagrado a las deportistas más por su belleza –según los estándares culturales de cada época– que por su talento y rendimiento deportivo. Sabemos que no se ha medido con la misma vara a los deportistas varones. El derecho al deporte y tiempo libre es una conquista reciente por parte de las mujeres, a la que no todas han logrado acceder. Aún queda mucho camino por recorrer. En un contexto histórico especial, donde una pandemia mundial saca a las mujeres del ámbito público y las devuelve al doméstico, el reclamo de Delfina es fundamental porque reconoce el valor político del uso del cuerpo para su propio disfrute. Del mismo modo que el movimiento de mujeres ha logrado visibilizar que lo que durante tanto tiempo se llamó "piropo" es acoso callejero y representa una forma de violencia hacia las mujeres. Reconocimiento que aún encuentra algunas resistencias por parte de quienes lo reivindican como prácticas legítimas a la hora de seducir.

Para muchas mujeres tirarse a la pileta y aprender a nadar fue transformador. Para ello fue necesario superar la barrera de ponerse una malla, nada sencillo para quienes están expuestas todo el tiempo a la mirada ajena. Sexualizar es disciplinar. Es advertir que mostrar el cuerpo, aún para el propio disfrute, es riesgoso para las mujeres. Pero Delfina es hija del #NiUnaMenos y no acepta el lugar donde la quieren ubicar. Quiere tirarse a la pileta sin tener que lidiar con los abusos, las violencias, las faltas de respeto. Ser dueña de su cuerpo, utilizarlo con poder y libertad, sentirse bella y jugar. Reclamar el derecho a mostrarse activa sin que eso implique ser sexualizada. Comerse el durazno sin bancarse la pelusa. Y como dice la periodista Luciana Peker, esa es la gran conquista del movimiento de mujeres del siglo XXI. Quizás el desafío de una sociedad mediada por las redes sea que la construcción que hacemos –a partir de lo que mostramos, de cómo usamos nuestros capitales y del rol que ocupamos– no esté atravesada por el largo de la pollera que llevamos.

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