Entrevista a Eileen Myles, emblema de la poesía y el activismo norteamericanos

"El coronavirus está construyendo un mapa de quién importa y quién no en la Era Trump"

Fue delivery, se candidateó a la presidencia de Estados Unidos y es una de las voces más representativas de la poesía norteamericana contemporánea. Eileen Myles es un emblema beatnik que resurgió en los últimos años con la reedición de su más famosa novela Chelsea girls y como inspiración de uno de los personajes de la serie Transparent (la profesora e icono lésbico Leslie Mackinaw, que interpreta Cherry Jones). En cuarentena, su Instagram tiene tantas fotos de perros que parece una jauría y el libro que está escribiendo, sobre las mujeres y los hombres que amó y dejó de amar, ya está por llegar a las mil páginas. En conversación con SOY, habla de la potencia poética de su escritura, de la que hace uso tanto en el arte como en sus discusiones de todos los días con la base electoral de Donald Trump, que son sus vecinos en Texas.
Imagen: Shae Detar

En 1991 Eileen Myles, legenda del activismo queer y feminista, se postuló a la presidencia de Estados Unidos desde una plataforma independiente en contra de Bill Clinton, George H. W. Bush y Ross Perot. En sus slogans resaltaba que era "una candidata abiertamente mujer”: quería decir que no era un hombre blanco ligado al establishment, ajeno a la crisis del sida y que apuntaría representar a “los olvidados de ese país”. El poema que por ese entonces le dedicó su amiga, la artista Zoe Leonard, lo decía alto y claro: “Quiero en la presidencia a alguien que se haya practicado un aborto a los dieciséis (…) que haya sido despedido, agredido por marica y deportado./ Quiero a alguien que haya pasado la noche en la cárcel, al que le hayan quemado la casa y que haya sobrevivido a una violación.”

Aquel poema, que pasó de mano a mano en forma de fotocopias, resurgió con nuevo impulso poco antes de las elecciones del 2016, que llevaron a Donald Trump a la presidencia. Un año después Myles escribía: "Malas noches. /Cuando era joven y tomaba alcohol /hombres depredadores con cabezas hinchadas /me invitaban tragos y trataban de cogerme una y otra vez /porque yo no era nada para ellos /y ahora él es nuestro presidente." 

Ese mismo poema que en los 90 clamaba porque los últimos de la fila pudieran por fin acceder a los lugares donde se toman las decisiones resuena ahora mismo, en un momento social que Myles describe como un genocidio que deja expuestos a los de siempre. Dice Myles: “Es increíble como algunos gobiernos a través de la negación generan muerte. En la Casa Blanca, todo el mundo está siendo testeado pero el líder se rehúsa al barbijo. Acá son muy populares lo que se llama gated communities (urbanizaciones más o menos cerradas, con seguridad privada). Por supuesto que sólo acceden los blancos. Es la historia del Buda encerrado en el castillo. La Casa Blanca funciona así. Y para el resto del país la presunción es que si ganás un poco de plata, lo mejor es irte a encerrar en uno de esos barrios. Mientras, ¿quién queda en lo que llaman la primera línea? Trabajadores, mujeres, migrantes, pobres. La Era Trump es símbolo de ese proceso, y el coronavirus está dándonos un mapa todavía más claro sobre quiénes importan en Estados Unidos y quiénes no.”

Myles en los 80 en un retrato de Robert Mapplethorpe

Hablando de distanciamiento social y crisis sanitaria. Hay activistas de Estados Unidos que dicen que se pueden trazar paralelismos entre la actual pandemia y la crisis del sida en los 80. ¿Estás de acuerdo con esa mirada?

A la mayoría de quienes pasamos la crisis del sida ahora se nos disparan esas sensaciones. Lo diferente es que ahora no hay un grupo designado que está siendo “infectado” y que es señalado como “desparramar” el virus. Entre los gobiernos de entonces y de ahora sí hay muchas coincidencias. Si bien había mucha condena de quienes vivían con esa enfermedad, cómo vivían, cómo se habían contagiado, nadie negaba lo que estaba pasando. Por lo menos no del mismo modo en que se niega ahora. Lo que ha cambiado, podríamos decir, es la naturaleza de esa negación. En los 80 y los 90 era posible vivir en un mundo en que nadie que conocieras se estuviera muriendo. Quienes entonces estábamos perdiendo a nuestros amigos, amantes, familiares vivíamos en un estado de tristeza constante, yendo a funerales todo el tiempo. Nuestras vidas y nuestra vida sexual han cambiado mucho. Era posible para algunas personas ser como este Buda que vive en su castillo, que no ha salido al exterior y no conoce la pobreza, ni nada de lo desagradable del mundo. Había muchos de esos casos en los 80, ya sea por ignorancia, elección, miedo o por esa otra especie de distanciamiento social que es la homofobia. Y también esa “amabilidad” extendida para con la población gay. Gente que se estaba muriendo de sida pero que se negaba a decir que era eso. Hubo famosos escritores, intelectuales, estrellas de cine que se fueron a la tumba mientras todos pensaban que se habían muerto por otra cosa. Hubo muchas formas en las que el gran público era “protegido” de saber la verdad sobre la enfermedad.

El caso del coronavirus parece opuesto en cuanto a la relación con la información. Hay una sensación de que es casi imposible hablar de otra cosa…

Acá, el desarrollo que ha tenido la enfermedad parece ser el extraño resultado de algo que siempre se ha sido parte de nuestra cultura: la antipatía por la ciencia. Hay una especie de división en la población a partir de la pregunta tan básica como “¿Hay un virus o no?”. En esta ciudad de Texas es muy extraño. Para comprar alimentos las opciones son reducidas: un gran supermercado u otro negocio más pequeño, que vende comida saludable y cara. Compran ahí los blancos, clases medias, clases medias-altas. Yo venía notando que este negocio pequeño es atendido por trabajadores que son inconsistentes en el uso de los barbijos. Y de pronto me di cuenta: la mujer que atiende, que vende comida genial, con la que tengo largas conversaciones a diario ¡está casada con un trumpy! Ellos no creen en el virus. Cuando le digo “La gente Nueva York se está muriendo como moscas”. Y me responde: “¿Alguien que realmente CONOZCAS?”, mientras manosea las verduras y habla sobre la comida. Es increíble. Hay una historia política en Estados Unidos relacionada con esta “grieta científica”.

Hipotéticamente, si hoy se te ocurriera postularte nuevamente a la presidencia, ¿cuál sería tu plataforma de gobierno?

Te respondo muy en serio, nada hipotético. Lo más importante: garantizar un ingreso para todos, como mínimo, hasta fin de año. Congelaría las tarifas de los servicios, alquileres. El orden de mis prioridades sería siempre el de mantener a la gente a salvo y no a la economía a salvo. El lema podría ser “Nosotros, no ellos”. Y con “ellos” me referiría a los bancos y a los banqueros, que son los que siempre han sido protegidos ante todas las crisis en Estados Unidos.

Dijiste por ahí que las redes sociales son para vos como tu notebook. Hacés un uso político y artístico muy particular, ¿debemos tomarlo como parte de tus performances?

Bueno, justo ahora sé que estoy un poco insistente con el tema de los perros perdidos. Soy un poco la Sociedad protectora de animales, lo sé. No sé por qué hay tantos animales perdidos últimamente. Pero más allá de eso creo que las redes son parte de un movimiento de reposición del lenguaje. Anoche estaba cocinando y me di cuenta de que no tengo registro de la gran cantidad de tiempo de mi vida que he invertido en picar ajo. Me pareció un buen comentario para Twitter. Me lo tomo como un juego, un modo de compartir mi vida con otra gente. No uso tanto Facebook pero cada tanto lo abro porque muchos poetas amigos están ahí. Ayer alguien posteó una foto y otros tres poetas se la comentaron. Cada comentario sonaba a un verso de cada uno de ellos, con su propio estilo. Hasta para lo más mundano, cada uno tiene su propio lenguaje para negociar con el mundo. William Burroughs tenía la idea de que le pedimos prestado el lenguaje al mundo. Instagram para mí es más arquitectónico. Lo relaciono con un disfrute estático, con estar en un lugar que puede convertirse en otro gracias a la iluminación, el enfoque, un accidente natural. Es como un patio de recreo visual. La cuarentena me está haciendo replantear cosas de mi vida y todas las cosas de pronto se ven diferentes. Y esas diferentes sensaciones las voy transmitiendo a través de diferentes fotos.

AMORES PERROS

En 2012, Myles recibió una beca Guggenheim para completar Afterglow, las memorias de la perra pitbull con la que vivió durante 16 años, contada desde el punto de vista canino. El interés por pensar el mundo animal sigue hoy siendo parte central de su escritura. “Lo que está pasando con los animales es shockeante”, dice Myles para referirse a un trato cruel que describe como “un holocausto silencioso”.

“Me impacta lo que está pasando con las empacadoras de la carne. Ante la imposibilidad de exportar cerdos la solución va a ser una matanza masiva de cientos de miles. Estos animales que han sido criados para el sacrificio, pero para ser comida, ahora directamente se han vuelto basura. Es obsceno y brutal. Ya he escrito sobre estos temas y voy a continuar haciéndolo. Hay una novelista mexicana que descubrí hace poco, Carmen Boullosa. Tiene más o menos mi edad. Hace poco leí su novela Texas. Está ambientada en el siglo XIX y aborda los conflictos de frontera entre México, EE. UU. y las poblaciones originarias. Me hizo pensar en Nashville, la película de Robert Altman, una especie de ensamble de historias de distintos individuos. Aparecen animales y sus pensamientos, incluso los animales muertos hablan. Hay una novelista italiana de la Segunda Guerra, Dacia Maraini, casada con Alberto Moravia, que escribió una novela gigante e increíble llamada Historia, sobre la miseria de la posguerra. Fue uno de los primeros libros que leí en los que todos los animales tenían pensamientos. Me parecen prácticas interesantes para descentrar lo humano. Es curioso que todos los libros que leemos en la infancia apelan a ese recurso.

LO POÉTICO ES POLÍTICO

Eileen Myles (Cambridge, 1949) escribió más de veinte libros, entre poesía, narrativa, obras de teatro y ensayos. Además de sus incursiones en la crítica de arte y la performance. Es un emblema beatnik, que aterrizó en Nueva York en los 70 con la idea de convertirse en poeta y saltó a la fama en los 90 con la novela autobiográfica Chelsea girls, donde explora los roles acotados destinados a las mujeres en los años 50 y los intentos tímidos por romper los moldes de algunas de las integrantes de su familia. 

Eileen Myles por Catherine Opie.

"Soy una lesbiana tan tremenda /que tengo que tirarme /de un acantilado. Soy una poeta /tan espléndida que tengo que ser /una defensora del verso, dejar /de mentirme y hacerme millonaria". Así se presentaba myles en su único libro publicado en español hasta la fecha es Yo no (Mansalva), que reúne una serie de escritos a lo largo de la década de 1980. Con una construcción a veces más narrativa que poética, siempre con la cadencia del diálogo callejero, muchos de los poemas de Myles parecen postales del lado B de la ciudad de Nueva York que podría haber tomado Nan Goldin. Hablan del dinero y su falta, de los detalles más vergonzosos de su vida, del tedio de domingo en un departamento de alquiler barato, de abrazar a alguien que se muere, de la vida sin aire acondicionado pero con mucha Speed, de pasarse la noche en vela esperando el llamado de una flamante novia. “Myles definitivamente sabe que no existen los subtítulos para decir las cosas como son”, dijo John Ashbery para describir su lenguaje, que va al punto y con crudeza.

Ahora, Myles pasa la cuarentena en su casa en Marfa, Texas, donde vive entre perros y caballos, tratando de concentrarse en dos nuevos libros. “Es irónico. Al fin tengo lo que siempre quise, tiempo interminable sin distracciones para escribir. Pero con el paso de los días veo que esas vías de escape (caminatas, salidas con amigos) eran en verdad condición necesaria para seguir escribiendo. Empecé a trabajar en un nuevo libro y mi único objetivo es pasar las mil páginas. Hasta hace un mes me preocupaba su calidad. Ahora sólo quiero cantidad”.

¿Sobre qué va el libro?

Tengo el título: “Todos mis amores”. Surge a partir de una relación que terminé en 2013. Mi sensación fue: no estoy terminando sólo esta relación, estoy cortando muchos hombres y mujeres a la vez. ¿Qué tal si junto las piezas de distintas rupturas? Pasé un tiempo recolectando incidentes. El paso siguiente es delinear ideas de por qué se termina el amor. También estoy trabajando en una antología llamada “Literatura patética”. En el inglés europeo “pathetic” tiene una connotación más relacionada con lo que genera sentimientos. Pero en el inglés americano tiene una connotación sin duda negativa. Me interesa ver su uso de policía del género. Por ejemplo, una “mujer patética” es quien desea demasiado poder. Un “hombre patético” es muchas veces un “gordito”, algo tonto y débil. Así que estoy en busca de escritorxs, estéticas y temas que sean patéticamente hermosos. Un gran ejemplo es el escritor suizo Robert Walser. Es patético porque juega a hacerse el tonto. Hace un personaje ingenuo, insignificante, que en verdad siempre se refiere a él mismo. Siempre está como en off en relación a la autoridad. Patética es su fuerza y su belleza.

¿Cuándo y cómo empezaste a optar por los pronombres neutrales a la hora de hablar de vos mismx?

En 2015. Estaba saliendo con la directora de televisión Jill Soloway. Me entrevistaron desde el Newyorker y me preguntaron por esa relación, que ya había terminado. Yo no usaba pronombres neutros hasta ese momento y ahí empecé. Crecí en un ambiente católico, tengo mucha familiaridad con ese tema. Y siempre me acuerdo de un momento de la Biblia en el que Cristo se encuentra cara a cara con alguien “lleno de demonios” y le piden que lo exorcice. Y el demonio dice “Mi nombre es legión, es Lucifer, es Abbadon, es Satanás, devorador de almas”. Siempre me pareció curioso que el demonio tuviera un nombre plural, una suerte de “they” (ellxs). Quizás la especificidad de “él” y “ella” sea el verdadero problema de los pronombres que indican género. Crecí en una época en la que no fui capaz de considerarme lesbiana hasta los 27 años. Soy técnicamente bisexual pero también en ciertos modos me siento identificada con lo masculino. Alguien me dijo alguna vez: te enamorás de aquellos hombres que te gustaría ser.

¿Cómo es eso?

 

Observaba mucho su ropa, sus acentos. De mis amores masculinos en la escuela recuerdo que me gustaba cómo caminaban y trataba de imitarlos. Todo tenía tanta marcación de género cuando yo era chica. No me gustaba el patinaje sobre hielo en mi niñez. Me empezó interesar recién en la universidad. En ese momento le comenté a un chico con el que salía que estaba tratando de imitar a otro tipo. Y su respuesta exaltada fue “’¡No aprendas de mirar a un hombre!”. Hasta la forma de patinar estaba en clave de género. Siempre sentí una especie de “alma masculina”. Y capaz se reduzca a que hacía el razonamiento de qué obtenía siendo mujer, y qué siendo hombre. Si analizabas qué obteníamos mi hermano y yo, te dabas cuenta de la diferencia. El tema es que todo esto se volvió accesible para mí siendo yo una persona grande y me es agotados tener que estar pidiendo “prefiero pronombres neutrales”. Curiosamente es más fácil lograrlo a nivel público que privado, con excepción de mi novia actual, que lo adoptó enseguida. Lo que sí: nunca pensé en tomar hormonas, sobre todo por mi edad. A veces pienso que me gustaría tener barba pero doy marcha atrás enseguida porque me doy cuenda de que lo que sin dudas no me gustaría es quedarme peladx.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ