El contexto de crisis por la pandemia a raíz del Covid-19 cristalizó en nuestro país desigualdades previas. Nos vamos a referir en particular a la necesidad de un cambio cultural y de reconocimiento de la doble carga laboral que enfrentan, en su mayoría, las mujeres por ser las principales responsables del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado

La encuesta de trabajo doméstico no remunerado del INDEC, señala que para el año 2013 la tasa de participación de las mujeres era del 88,9% y ascendía a 6,4 horas promedio por día que destinan de su tiempo al trabajo doméstico, mientras la participación de los hombres se reduce al 57,9% y dedican 3,4 horas diarias. 

Estos valores se incrementan en los hogares con niños de hasta 6 años: mientras las mujeres aportan casi 10 horas promedio de tiempo, en los hombres el aporte se reduce a menos de la mitad. Esto no ha cambiado, según el CIPPEC en 2015 el 96% de las mujeres trabaja de forma no remunerada y lo hace por el doble de horas semanales que los varones. Otro dato para tener en cuenta es que las madres que tienen hasta dos hijos/as están en proporción más ocupadas en trabajos formales –60,9%– que las que tienen entre tres y cuatro hijos/as –50,7%–, y las que tienen más de cuatro hijos/as –34,4%–. Una proporción mayor de estas últimas mujeres se encuentran en situación de inactividad en el mercado de trabajo en relación con las que tienen hasta dos hijos/as: 59,2% y 35,3%, respectivamente. 

El confinamiento agudiza la crisis del cuidado, aumentando la carga global de trabajo de las mujeres y dificultando así acceder al trabajo remunerado o continuar con él. En el pasado, el virus de Ébola demostró que las cuarentenas reducen significativamente las actividades económicas de las mujeres, y su capacidad de resiliencia posterior a la crisis profundizando las desigualdades de género post- pandemia.

Los hogares se han convertido en el espacio donde todo ocurre, lo que ha exacerbado la crisis de los cuidados, y, como adelantamos, esta realidad no se distribuye equitativamente, sino que recae principalmente en las mujeres, y no está valorada ni social ni económicamente.

Es importante tener en cuenta que hay situaciones muy diversas, incluso previamente a la pandemia, en las estrategias que se da cada familia a la hora de cuidar. Es muy distinto un caso de una familia biparental con posibilidad de contratar a una persona, que el caso de una madre soltera que ella misma trabaja como empleada doméstica. En el contexto de la pandemia se amplían aún más estas desigualdades. En la medida en que se continúe con la apertura progresiva de sectores económicos, pero sin un regreso a la actividad escolar, esta tensión aumentará cada vez más y, con ella, las desigualdades. Lo más probable es que van a ser las mujeres las que van a “elegir” quedarse en sus casas en vez de volver a trabajar o quedarse en sus casas haciendo teletrabajo, en los casos en los que sea factible, o incluso retirarse del mercado laboral para poder cuidar a los niños.

Las mujeres enfrentan déficits en su autonomía económica al no poder decidir libremente cómo usar su tiempo, generar ingresos y disponer de ellos en igualdad de condiciones que los varones. La mayor precariedad laboral de las mujeres se explica por los roles de género y las responsabilidades del cuidado asignadas a las mujeres. 

El cuidado es colectivo, sin embargo, las normas sociales de género atribuyen el rol del cuidado a las mujeres. Aquí surgen los motivos por los cuales debemos promover la corresponsabilidad, tanto en lo laboral como en lo doméstico, con medidas que rompan los moldes y evitar así puntos centrales y relacionados que perjudican a las mujeres en esta situación: su participación en el mercado laboral, lo que provoca la brecha salarial y limita también el acceso al empleo de calidad.

*Abogado