La politóloga española María Angeles Durán se especializa en el rol económico del trabajo no remunerado

"Las mujeres han tenido una sobrecarga extraordinaria de trabajo en este tiempo"

María Ángeles Durán es una investigadora española especializada en el análisis del trabajo no remunerado y su relación con la estructura social y económica. Con la crisis sanitaria "se ha tenido que conciliar lo que es imposible de conciliar”, dice. Y llama la atención sobre cómo la pandemia se ha afrontado gracias al trabajo no pago e invisible que tradicionalmente hacen las mujeres. También advierte sobre los riesgos del teletrabajo: "Sumar dos trabajos puede ser un parche, un apaño para ir tirando, pero no es una solución a medio plazo". Para salir de esta crisis planetaria la experta propone buscar soluciones colectivas e internacionales: “El virus no entiende de partidos ni de fronteras territoriales. La única manera es el pactismo, la coordinación significa que todo el mundo pierda algo de su punto de vista”.

Durán es Investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España. Doctora en Ciencias Políticas, licenciada en Ciencias Políticas y Económicas, publicó más de doscientas obras sobre trabajo no remunerado, uso del tiempo, salud, mujer, desigualdad y urbanismo. A punto de salir de viaje dentro de España, medida que empezó a permitirse por estos días, atendió telefónicamente a esta cronista para hablar de su visión sobre cómo la pandemia y la estrategia principal para combatirla, el aislamiento preventivo en los hogares, impactó en la economía de los cuidados, el trabajo no reproductivo que en general hacen las mujeres (cuidar a otros, hacer las tareas domésticas, gestionar el tiempo y la organización de todo eso).

--La pandemia puso en escena una crisis de cuidados que se venía denunciando desde el feminismo hace tiempo. ¿Qué aspectos se han recrudecido?

--El problema ha sido que ha habido un enorme aumento en la demanda de cuidado y al mismo tiempo ha perdido capacidad de ayudar la generación de los adultos mayores que estaban dispuestos a ayudar a las generaciones siguientes. Además ha habido un empobrecimiento general, pérdida de empleos, han quebrado negocios, habrá más impuestos porque nos hemos quedado endeudados y hay que generar servicios nuevos, por ejemplo sanitarios. De modo que hay menos dinero que pueda destinarse a comprar cuidados. Esto ha hecho muy difícil la conciliación. Gran parte de lo que los hogares han hecho --enseñanza, sanidad, ocio--, todo esto que antes se hacía desde los hogares pero se había transferido a la economía monetarizada exterior, con la pandemia ha vuelto y se ha producido un nudo imposible de conciliar: la superposición del espacio y del tiempo. Las viviendas no son tan grandes para que puedan hacerse estas funciones. Se han convertido en escuela, hogares, cinemas. Claro, los hogares no disponen de suficientes espacios para cada miembro del hogar que necesita a la misma hora el uso del ordenador por ejemplo: estudiantes universitario, el niño, la madre, el padre, el anciano… Todo se ha concentrado y no se ha podido conciliar.

--Y al no poder conciliar, ¿qué pasó?

--Lo que ha pasado es que sobre todo las mujeres han tenido una sobrecarga extraordinaria de trabajo en este tiempo, en malas condiciones, la única ventaja es que se han ahorrado el tiempo de transporte. Trabajan a las cuatro de la mañana, no hay chat en que no aparezcan niños en el trasfondo y el esfuerzo de concentración es triple. Todo ha recaído en las mujeres y han tenido que hacerlo sin entrenamiento y sin recursos.

--¿Los hombres tomaron conciencia de lo que implican estas tareas?

--Algunos sí, ha sido una oportunidad excelente y hombres asumieron muchas tareas que antes no hacían. Han visto cotidianamente lo que significa desarrollar esas tareas. Pero en cualquier caso la carga fundamental ha recaído sobre las mujeres.

--En la "nueva normalidad" ¿qué aspecto no hay que descuidar para que las dificultades no las paguen siempre las mismas?

--Por una parte, está el tema de los turnos rotativos para volver a las escuelas, es la solución que decidieron las entidades. Pero en una familia con varios niños y con un horario de trabajo que no coincida va a ser muy difícil la conciliación. Si no se hace presente que esto tiene un coste, se hará alegremente. Poco más podemos hacer por ahora que decir “cuidado, hay que ser conscientes”. Me preocupan también las infraestructuras, sobre todo el transporte en grandes ciudades. Si no funciona bien, las mujeres son las más perjudicadas porque es menos probable que accedan o usen auto. Ellas usan mucho el transporte tanto para trabajar como comprar o para acompañar a una madre al hospital por ejemplo. Todo esto depende de que funcione bien el transporte, que no haya riesgo de contagio y que sea seguro.

--¿Cómo está hoy el transporte en España?

--Todavía no se ha producido la normalización, porque niños y estudiantes no tienen escuelas, ni hay actos públicos ni partidos de futbol (con público)… y el gobierno en muchos casos obliga al teletrabajo. Por ahora no están atestados y se puede mantener las distancias. Y se está haciendo un esfuerzo en las limpiezas. El problema será en septiembre y octubre, ya veremos entonces. Hay riesgos de que se use mucho más el auto privado y provocará otros problemas: atascos, contaminación.

--¿Cómo están los sectores más vulnerables?

--El factor de la desigualdad social y económica me preocupa. Ejemplo, los inmigrantes tienen un 20 por ciento de hogares con hacinamiento, no pueden tener una habitación con ordenador para poder seguir estudiando; muchos niños no han podido seguir las clases. Por otro parte, es muy difícil cambiar el tamaño y dotación de la familia. A corto plazo no le veo salida. Mejora un poco cuando se abren los parques públicos. Pero es muy difícil cambiar una mala vivienda por una buena.

--Usted decía en una charla que las personas mayores han pasado una fragilidad muy grande en España, muchos murieron.

--El modelo residencial se ha puesto en duda porque es donde se nos han muerto la mayor parte de la gente. Eran personas muy mayores y muy dependientes. El problema es que el número de cuidadores por personas y los metros cuadrados en caso de que hubiera una pandemia no son suficientes. Entonces el precio se triplica, cuadriplica. Pero también es difícil tener recursos inactivos para prever improvisar ante una subida de la demanda por una pandemia o una vuelta.

--¿Qué propuestas deben encarar los Estados para salir de la pandemia al nuevo mundo?

--Yo he hecho tres propuestas. Una, el esfuerzo por la coordinación. Tiene un problema: que alguien tiene que tener la capacidad de mandar y tenemos miedo de perder nuestra libertad entregando a otro para que nos coordine. Por ejemplo, en Europa, que están abriendo fronteras para el turismo, hay que coordinar pero cuál es la autoridad que va a hacerlo. Es igual de importante dentro del país, en España, con diecisiete autonomías. Hay que hacer un esfuerzo enorme de coordinación entre el gobierno central del país con comunidades gobernadas por otro color. Hay que hacer pactos de estado, y dejar al margen las posturas de partidos. El virus no entiende nada de partidos ni de fronteras territoriales. La única manera es el pactismo, la coordinación significa que todo el mundo pierda algo de su punto de vista. En segundo lugar, el el voluntariado está fragmentado, muy solidario pero no ha tenido capacidad de respuesta inmediata y general. Podemos avanzar mucho en la organización del voluntariado, con gente que hace su vida normal pero está preparada para colaborar ante una catástrofe natural como es esta. Luego, la pandemia nos ha mostrado que ya para tratar con todos los sistemas tenemos que mejorar nuestra capacidad digital, sobre todo las mujeres de una cierta edad si no se digitalizan la van a pasar muy mal. Hay que hacer una campaña de alfabetización digital.

--Se habla de bancos de tiempo para intercambiar saberes y tiempos disponibles como alternativa, entre otras cuestiones, al trabajo de cuidado pago ¿son una salida posible?

--Tienen dos enemigos. Por una parte el familismo y el sindicalismo. Aquí, no queremos pedirle nada a nadie si lo puede hacer un pariente. Si las bombillas de una persona mayor se estropean, espera a que venga un hijo a cambiárselas. El familismo es un límite. El otro muy importante, es el sindicalismo. Por ejemplo, en Madrid hubo una iniciativa de adultos mayores que enseñaban gratis y encontró resistencia en sindicatos porque temían que les quitaran trabajan. O se pulen estas diferencias o van a ser inoperantes. También hay reticencias por parte del Estado porque es un modo de evadir impuestos.

--Sería algo marginal…

--Así funciona aquí incluso por ley, siempre que sean actividades secundarias, parciales, pueden funcionar.

--¿Cuál es su mirada del futuro?

--La pandemia nos ha enseñado mucho sobre nosotros mismos. Por una parte, la globalización: esto ha sido mucho más mundial que la última guerra mundial. Y que somos un planeta en que un virus nos puede convertir en hermanos moribundos en muy poco tiempo de una punta a otra. Por otra parte nos, ha mostrado la fragilidad de las económicas desarrolladas, creíamos que éramos imbatibles y está claro que no lo somos. Las consecuencias de una pequeña presión de la naturaleza lo han mostrado.La gripe del año 18 fue terrible, tuvo cuatro oleadas y duró dos años entre la primera y la última. De modo que tenemos que desear que el Covid-19 no dure tanto pero pudiera ser que eso pase. Hay que hacerse a la idea de que no ha terminado. Hay que buscar la esperanza y poner todas nuestras habilidades, a nivel individual y colectivo, en salir. Preguntarnos ante estas circunstancias nuevas ¿yo qué he querido hacer? Yo por ejemplo, he descubierto la música y el cine de una manera que no los conocía. Y a nivel colectivo sobre todo, hay que luchar colectivamente. Hay que buscar soluciones colectivas e internacionales.

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