Nadie que llore

Imagen: Liliana Borras

Ya sabíamos que estaba un poco enferma pero nada hacía pensar que moriría ese día. Sola. En una pieza de tres por tres sobre un colchón sin sábanas y con una mesa y una silla como todo mobiliario. Así vivía, en lo de Maruca, su nuera, en un sucucho separado de la casa principal. La había traído el hijo, cuando vivía, y luego quedó ahí, de herencia no querida. Yo estaba acostumbrada a verla cerca del mediodía y cuando caía la noche. Venía a comprar en el negocio de mi familia una botella de vino que escondía en su bolso aunque solo tenía que caminar unos metros. Casi que mi mamá tuvo que convencer a la nuera de hacerle el velorio. En ese tiempo no se usaban, o eran muy caras, las salas velatorias. Tampoco ayudaba que la vecina viviera en una habitación y una cocina comedor minúscula. Alguien planteó poner el cajón en el sucucho, pero era tan fuerte el olor a orín, a mugre y a vejez que ninguna flor serviría para taparlo. Lugar descartado.

No sé cómo se decidió pero se terminó desarmando la cama de la nuera, se tapó el ropero con una cortina vieja y ahí se hizo, muy a pesar de la esposa del hijo fallecido, la capilla ardiente. Mi mamá tomó la voz cantante, no por metida, sino por la falta de ejecución de la familia.

–Andá a la Vicenta y traé un kilo de azúcar y un kilo de café. Del más barato. Que te lo fíe–, me dijo.

–¿Por qué tengo que ir yo?–, protesté como hacía siempre que me mandaban a comprar.

–¡Porque yo lo digo! Y mostrá un poco de respeto, ¿querés?

Odié a doña Katerina mientras iba al almacén y me preguntaba por qué debía respetar a una desconocida que encima estaba muerta.

La mañana pasó entre los preparativos del cuerpo y de la casa para la atención de las visitas. Dispusieron el porta corona, el cajón, la vela eléctrica en la habitación y la mejor colección de rejunte de tazas y platos: a varias vecinas no les quedó otra que colaborar. Yo tenía un poco de miedo. En mi mente los muertos eran para los grandes. Pero de curiosa me asomé a la ventana del dormitorio y la vi allí, con esa piel tan blanca, casi transparente. Asomaban sus pelos rubios desteñidos. Pero sus ojos... Una verdadera pena que los muertos tuvieran los ojos cerrados. Era lo más lindo que tenía doña Katerina. Eran azules. Turquesa. La polaca, le decía mi mamá, porque había nacido en Polonia y no sé por qué cosas del destino vino a parar a la Argentina a casarse y enterrar dos hijos. Creo que ella tampoco deseaba mucho saber cosas del destino porque se adormecía diariamente con el vino barato que mi mamá le fiaba. Kapuska con poroto le decía mi papá porque ella siempre nombraba esa comida tradicional de su patria.

La tarde caía y la cafetera estaba intacta. Algunos saludaban a la nuera en la puerta y se iban ligerito para no tener que entrar. El aguacero se desató a la hora del informativo. Me acuerdo que mi mamá entró gritándole a mi papá que sacara los sillones, que la pieza de Maruca se llovía y que había que mudar el féretro y toda la escenografía. Y no había tenido mejor idea que ofrecer el living de casa. Yo quedé paralizada pensando que nunca más podría sentarme a leer en esos sillones sola como si el espíritu de doña Katerina pudiera quedar impregnado en las paredes. Pero mi mamá, como si nada, trajo toda la parafernalia solemne que se usaba para despedir la vida más dignamente.

Sólo mi madre y Maruca pasaron la noche. Aunque después escuché a mi mamá protestar en voz baja que, con la excusa de buscar no sé qué cosa, Maruca se había ido en mitad de la noche y había tardado varias horas en volver. Creo que si hubiera sido organizadora de eventos, hubiera sido su primer rotundo fracaso. Las tazas quedaron sin usar y el café sirvió para prepararnos el desayuno antes de ir camino al cementerio. Yo me quedé en casa al cuidado de mis hermanos, pero los más grandes partieron a despedir a la muerta.

Cuando volvieron ayudé a mamá a limpiar y acomodar el lugar. En el silencio la escuchaba murmurar:

—Pobrecita, ni una amiga, ni un familiar. Nadie la vino a despedir. Menos mal que estamos los vecinos. Toda una vida de sufrimiento. Y nadie que la recuerde ahora. Qué tristeza. No somos nada...

Fue ahí que me di cuenta que el velorio de doña Katerina fue inútil. Para mí ella llevaba varios años muerta.

 

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