Como el cielo después de llover, de Mercedes Gaviria

Al encuentro de la voz propia

La directora, que es de Medellín y vive hace años en Buenos Aires, tomó retazos del archivo familiar filmado por su padre, también director de cine, al que sumó sus propias grabaciones. Hay imágenes de un rodaje compartido, un encuentro entre los tiempos y una lista de preguntas en la búsqueda de la distancia perfecta

Como el cielo después de llover es el título del documental de Mercedes Gaviria que ganó la mención especial en el Premio de la Crítica Joven a la Mejor Ópera Prima Latinoamericana. Durante 73 minutos, imágenes de archivo se van sucediendo con una lógica propia, en un relato magnético. La directora --también sonidista-- nació en Medellín y vive en Buenos Aires. Las primeras escenas muestran su cuerpo --nunca su rostro actual-- en esa cotidianidad porteña. Su madre hubiera preferido que estudiara cine más cerca de casa, pero ahora mantienen el vínculo por teléfono. Mercedes vuelve a su ciudad como asistente de dirección de la película La Mujer del Animal, de Víctor Gaviria, su padre. Director de cine y poeta, ese padre ha registrado momentos de la cotidianidad familiar como una forma de memoria y de presencia. Mercedes (Mechi en su familia) sí aparece con su rostro de niña. Entre el rodaje de la película del padre, las horas de grabaciones de la vida familiar y su propia obsesión por el registro, Mercedes inventa su propia narrativa jugando con el tiempo. En la escena final, la voz en off --la propia directora-- se refiere a “la distancia perfecta”. En esa búsqueda, los retazos del pasado se replantean el presente y lo corren de lugar.

En una escena, Matías, el hermano, increpa a Mechi para que deje de filmar, dice que jamás vio una sola de esas grabaciones. “Matías creía que nuestras imágenes no servían para nada, que iban directo al vacío. Nos culpaba a los dos por recurrir al gesto violento que supone filmar al otro”, dice la directora, mientras filma como siempre hizo su padre. “Reclamaba que la vida era primero vivirla que filmarla. Pero en las imágenes de esos niños que crecen y en el diario de esa mujer melancólica, yo estaba encontrando otra forma de hacer cine”, sigue la voz en off que recurre al archivo familiar para poner el cine a una distancia perfecta entre la memoria familiar y el documento social. La mujer melancólica es su madre, que empezó a llevar un diario poco antes del nacimiento de su primogénita, es decir, Mercedes.

Ante la pregunta por ese fragmento, la directora contesta: “Siempre estuve más cerca del poeta, porque el cineasta siempre estaba por fuera de casa y el poeta está más en la casa. Yo creo que mi papá tenía como un deseo de verdad de hacer como un experimento poético del encuentro de los tiempos, qué pasa cuando los tiempos se encuentran con una persona, pues cuando alguien puede vivir ese encuentro de tiempos, que tiene que ver con el archivo, permite eso, el archivo familiar. No sé qué va a pasar con los niñes del futuro que todo el tiempo van a tener archivo, pero bueno, antes se hacía un archivo más consciente, se le daba un lugar en la casa, nosotros teníamos una caja con todos esos casetes, y eso fue lo que fuimos. Había una certeza de haber sido eso, que hacía que la familia tuviera una identidad, o que tuviera unas imágenes para realmente seguir estando juntos, porque eso también pasaba, había mucha duda de la ficción familiar, y sin embargo volvíamos a las imágenes para entender que habíamos sido muy felices”. Enseguida lo enlaza con el contexto de su infancia. Medellín, las bombas, el combate contra el narcotráfico y la voluntad de su padre y de su madre de proteger a sus hijes de esa exclusión, de esa violencia cotidiana. Para Mercedes, crearon esas imágenes “para que entiendan lo que fuimos, los felices que fuimos dentro de los privilegios de una clase media colombiana”.

Y ahí está el hallazgo de la directora, que vive en Buenos Aires. “Ese archivo que era solamente un experimento del poeta, para que nos encontráramos con ese tiempo, se convirtió en mí en la posibilidad de un cine, de la búsqueda de un cine, que fue casual, por venir a Buenos Aires, porque la poética del yo, el cine en primera persona y arriesgarse a otros modelos de producción, eso no pasa en Colombia”, plantea.


Así, creó una película que cumple el deseo del encuentro de los tiempos. “En estos días me hicieron una pregunta ‘¿vos sabías que ibas a hacer tu película antes de viajar a Colombia?’. No, en realidad todo lo que aparece en la película en tiempo presente es un archivo, es un archivo que yo fui creando intuitivamente porque fui… Hay una experimentación que estaba probando, del encuentro de los tiempos, del desarraigo, de vivir por fuera de Colombia, el ejercicio de hacer un diario fílmico, que es una búsqueda que me nace de estar haciendo cine en Buenos Aires. La idea de por qué no estamos creando nuestro propio archivo todo el tiempo, esa premisa de Buenos Aires, se me juntó con la idea de haber tenido un papá que lo filmaba todo, entonces no me parecía extraño filmarlo todo”. Incluso, las imágenes tomadas durante el rodaje de La Mujer del Animal, fueron sustraídas del vértigo que significa hacer una película.

La Mujer del Animal, de Víctor Gaviria, se estrenó en 2016. Cuenta la historia de un narco colombiano, un violento. Y hay escenas explícitas de violación en la película. Hay otro momento de la película del padre, en la que la protagonista --Natalia, una actriz no profesional-- toma un cuchillo para matar al Animal, pero no puede. La mirada posterior de la directora le da otra dimensión a esa filmación.

Sobre el final, Mercedes hace una lista que es también una guía para darle sentido a toda la película. “Hablar de violencia de género en un país que sufre una guerra”, es una de sus frases. Su madre es una protagonista silenciosa de una película que pone el foco en las inequidades entre varones y mujeres en la crianza. Otra pregunta que deja Mercedes es sobre cómo es filmar una violación cuando se pertenece al género privilegiado. La distancia perfecta que le permite repensar aquello que no había sido pensado en el momento de la acción.

Y entonces, aparece su padre, que todavía no vio la “película final, final, final”. “Él tiene muchas ganas de ver la copia final. El vio un corte en Cartagena, y cuando lo vio, yo sentí tranquilidad cuando él me dijo ‘tenés razón, el animal soy yo, somos todos nosotros’. Entonces le dije sí, el animal somos todos nosotros y ya me quedé un poco tranquila. Yo sabía que iba a hablar con mi viejo que es un tipo de una humanidad que va más allá de todo. Entonces, sabía que iba a tener un diálogo, y creo que la película espera tener un diálogo con ese director de cine que creó esas imágenes, con los viejos”.

Para Mercedes, que es sonidista y directora de cine, el premio del jurado de la crítica joven recibido en el Festival de Gijón, tanto como la mención en Mar del Plata, otorgado por un jurado de entre 17 y 25 años fue una gran alegría. “Resuena mucho con la película, porque hay una expansión del lenguaje cinematográfico, porque claramente el cine por venir o los nuevos lenguajes insertos en el documental tienen que ver más con una apropiación… hay un deseo por sobre todo, hay un deseo de montaje, hay un deseo que organiza el lenguaje, hay un deseo que mueve la normativa del lenguaje. Es interesante, porque la película está hablando con todas esas cosas”, dice sobre ese documental en el que puede ser adulta y niña al mismo tiempo.  

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