La pandemia aceptada de manera más absoluta por la humanidad desde 1920 (reconocida como tal porque viene dejando tendal de muertes en todas las clases sociales) está por llegar a su fin con el arribo de las brigadas internacionales de vacunas. Ya pocos se acuerdan de los beneficios ecológicos de la cuarentena, los carpinchos paseando por calles asfaltadas, los patos nadando en el Riachuelo y el “no quiero más esta Humanidad”. Solo se trata de recuperar la “normalidad” humana perdida, de terminar con las muertes de humanes en las peceras de los hospitales y que quienes solo pudieron aferrarse a bolsones con fideos secos durante estos meses puedan volver a sentirse personas.

El tema en boga es quiénes podrán entregar primero el músculo deltoides para que les inoculen la vacuna. Escuchamos que la fila para recibir vacuna en la primera tanda estará integrada por: personal de salud y fuerzas de seguridad, y grupos de riesgo por condiciones médicas y etarias. Las “personas con obesidad” a menudo, pero no siempre a lo largo de la pandemia, fueron mencionadas entre los grupos de riesgo.

Agacho el mentón y dirijo la mirada hacia los tres grandes rollos de mi panza muy asumida debajo de mis pectorales/mamas y me pregunto: ¿Me tocará la vacuna? Yo quiero la vacuna. En gateras están la de Pfizer (se conserva a menos 70 grados), Oxford y Sputnik (temperatura de heladera común). Imploremos al Gauchito Gil pero más a Santa Carla y al secretario de Energía Darío Ramírez que las empresas no destruyan todo el esfuerzo de la ciencia y el Estado con sus tradicionales cortes de luz de verano. Por casa, en La Boca, ya empezaron los cortes.

Me parece que por edad no voy a conseguir que me la inyecten. La presión me sube a 17 cuando me hago malasangre, pero no veo en las resolución oficiales a les hipertenses dentro de los grupos de riesgo, a pesar de que en los medios de comunicación se advierte al respecto. Aparecen en las resoluciones otras condiciones cardíacas, pero no esa. Es que si les hipertenses quedan exceptuades de trabajar presencialmente, se para buena parte país.

EL GRAN DILEMA

Soy gorda. Detesto que me patologicen y les médiques pretendan despanzurrar mi ser-gorda. Sé que mi cuerpo les fastidia mucho en su camilla mientras me auscultan con el estetoscopio. Que le llamen obesidad a mi gordura, me rebela. Mi cuerpo gordo tiene ventajas y desventajas. Es mullido. Me hace ver más joven y sin arrugas (la sociedad occidental castiga la vejez tanto o más que la gordura). Si me llega a agarrar una enfermedad de esas que llamamos “jodidas” y que te quitan las ganas de comer, voy a tener reservas. ¿Desventajas? El talle de ropa. Las pilchas para surfistas y skaters cuestan una bocha. Otro punto en contra es que te guste una torta/tortx/mujer/alguien a quien le rascás un poco la pintura y resulta gordofóbique. O que te cueste más correr para escapar de una represión en Plaza Congreso. Esas cosas.

En fin, no tengo diabetes ni valores altos de colesterol o triglicéridos. Simplemente soy gorda y quiero la vacuna.

Llamo a la doctora Gabriela Piovano (la infectóloga del pueblo) y le pregunto si sabe si les gordes podremos vacunarnos en la primera tanda. Me caza la intención al vuelo y contesta en broma (suele ser muy ácida): “Voy a salir a vender frasquitos con agua, diciendo que me sobró vacuna de Oxford”. Después me pregunta si le quedó bien el nuevo color (se tiñó el pelo de plateado). “Sí, sí, es más queer este color que el rubio platinado”. Hablando en serio, conceptúa: “Si sos gorda y te gusta, si sos feliz con tu gordura, está bien. El problema es el enfoque hegemónico que tiene la medicina. Hay lugares donde, en cambio, se reconoce el protagonismo del paciente. Cuando fue la pandemia del virus gripal H1N1, el grupo más complicado era el de las embarazadas. Con covid 19, los que evolucionan mal en su mayoría cumplen con alguna de estas condiciones: ser diabético, ser viejo, tener presión alta, tener problemas respiratorios o tener índice de masa corporal elevado. Esto último no necesariamente asociado a diabetes sino a otros problemas metabólicos. De acuerdo con que la obesidad es una condición y no una enfermedad propiamente dicha. Pero si va a morir tu gente por no admitir una condición…”.

Esto es un dilema en la vida de muches gordes: luchamos por adquirir derechos, pero el sistema nos obliga a aceptar la patologización para acceder a ellos.

CUERPOS ÚTILES PARA EL NEOLIBERALISMO

El Ministerio de Salud de la Nación fue emitiendo una serie de resoluciones a partir de marzo acerca de quienes entran en la categoría “grupo de riesgo” frente al covid 19. Respecto de la “obesidad”, fue oscilando. La resolución 207, del 16 de marzo, no incluye la obesidad. Recién la resolución 1541 del 23 de setiembre la añade como último grupo de riesgo. Duró 17 días. La resolución 1643 del 10 de octubre señala únicamente a las personas con obesidad de tipo 2 y de tipo 3. Para el tipo 2 hay que tener IMC (índice de masa corporal) superior a 35 (kilos sobre metro cuadrado). Para el tipo 3, mayor a 40. En google hay una calculadora de IMC. Por ejemplo, entrarían en el tipo 2 las personas que miden 1,65 metro y que pesan 100 kilos. En el tipo 3, las de 1,65 que pesan 110 kilos. Hagan cuentas.

Laura Contrera es activista gorda y sigue con atención estas resoluciones. En particular a la resolución conjunta 10/2020 entre el Ministerio de Salud y el Ministerio de Salud de la Nación, del 14 de octubre. “Queda como grupo de riesgo sin obligación de prestar asistencia a su lugar de trabajo las personas con obesidad tipo 3 según la tipología de la Organización Mundial de la Salud. Las personas con obesidad tipo 1 y tipo 2 no están exceptuadas de asistir. Los empleadores tienen que crear las condiciones para que no se contagien”, explica. De manera tal que se reconoce que todes pertenecen a grupo de riesgo, pero no les asisten los mismos derechos.

En cuanto a la realidad de que los empleadores creen efectivamente esas condiciones y a que el Ministerio de Trabajo efectivamente controle que así sea, habría que remitirse a las declaraciones del ministro Claudio Moroni sobre la dignidad del salario (“yo creo que el sueldo digno es aquel que estemos en condiciones de pagar y de sostener", declaró el ministro). Entonces no sería disparatado inferir que “las condiciones para que no se contagien son las que estemos en condiciones de pagar y de sostener”. Con un salario “digno” por debajo de la canasta familiar es imposible sostener condiciones que permitan proteger la salud.

Si las personas con obesidad de tipo 3 están exceptuadas de asistir al lugar de trabajo y las de tipo 2 no tienen ese derecho, estando ambos grupos bajo el mismo riesgo de vida en caso de contraer covid, salta a la vista que la única razón para esta discriminación es sostener la productividad a costa del riesgo de vida.

“Esas resoluciones tienen que ver con el cuerpo productivo y el que no lo es. Por eso la situación se define con una resolución conjunta del Ministerio de Salud con el Ministerio de Trabajo. Una de las grandes preocupaciones es quiénes van a seguir cobrando un salario dentro del empleo formal pero permaneciendo en sus casas. Esto articulado también con las licencias de cuidado, que fueron bastante resistidas por las patronales. Ahí hay una discusión interesante. La discusión sobre si el cuerpo gordo es un cuerpo improductivo en términos capitalistas aparece en occidente en la década de 1920. Si es un cuerpo que tiende a la pereza, por eso se asocia la gordura a la falta de movilidad, en un momento en el que el capitalismo se caracteriza por la capacidad de adaptarse y ser flexible (en términos neoliberales) y se asocia a la posibilidad de reinventarse y ser empresarie de une misme, el cuerpo gordo es como el compendio de lo contrario. Entonces es lógico encontrar este trasfondo cuando se hace un rastreo de estas resoluciones ministeriales”, señala Laura Contera.

Según la activista gorda, estas resoluciones “nos pueden dar una pista de los criterios que podrían usar para vacunar. En lo que respecta a les gordes, se nos pedirá que aceptemos la grilla patologizadora de la Organización Mundial de la Salud. Pero aún no sabemos qué va a pasar en concreto, porque no hay una resolución que diga cómo van a distribuir la vacuna”.

“Nosotres disentimos con que la gordura sea una enfermedad, ya que no reúne todas las condiciones para serlo. La gordura es una forma corporal, que por sí sola no es un indicador de salud o no. Por ejemplo, hay gordos y hay flacos que comen comida chatarra. Salud y enfermedad son estados posibles de los cuerpos. Y también es complejo ponerse del lado de la salud, porque ponerse de ese lado implica denostar a los que están del otro lado, es una mirada nada interseccional. Otro ejemplo: si sos una persona lgbt discriminada y sin acceso a la salud, y además sos gorda, es posible que el estrés por la falta de acceso a la salud te lleve a enfermarte y esa condición puede no estar asociada a la gordura”.

Existen varias publicaciones que explican por qué la obesidad no reúne las características de una enfermedad (S. Heshka, D.B. Allison, Gracia Arnaiz). Según Stanley Heshka, investigador del Instituto de Nutrición Humana de la Universidad de Columbia, la obesidad definida como un índice de masa corporal “carece de un grupo concomitante universal de síntomas o signos y el deterioro de función que caracteriza la enfermedad”. Por lo tanto es una condición, no una enfermedad.

Laura Contrera explica que “cuando el Ministerio de Salud toma datos de la OMS para sus resoluciones, esos datos se basan en estudios llevados a cabo en Estados Unidos, Uruguay, España. No dicen si esos datos corresponden o no a poblaciones que son estigmatizadas por otras situaciones: una vida llena de privaciones, si trabajan todo el día, aparte de que sean personas gordas y tengan otros problemas de salud no asociados a la gordura. Cuando extrapolamos datos del norte global a nuestra región, podemos equivocarnos. En nuestras políticas públicas seguimos reproduciendo programas que vienen desde afuera, como si en la Argentina toda la gente tuviera plata para comprar en Mac Donalds”.

Le cuento a la activista gorda sobre mi recorrido por la obra social del monotributo: “El edificio está empapelado con carteles que compelen a bajar de peso. Me tomaron la presión, miraron que soy gorda y en dos años no me pidieron un solo análisis de sangre u orina para hacer un chequeo mínimo razonable. Tuve que hacerme esos análisis en forma particular. Eso sí, me enviaron al nutricionista. Con el nutricionista me fue bárbaro, porque me gusta comer carne. Me dijo: ‘Genial, entonces podés hacer una dieta paleo’ (carne a full). Le pareció bien la cantidad de carne que consumo. Pero me agregó una cuarta comida a las tres que hago habitualmente, porque ‘hay que hacer cuatro’. Resultado: aumenté de peso”.

Laura Contera sonríe y responde: “Ves cómo lo único que le interesaba era que bajaras de peso. Porque una dieta paleo no es equilibrada. Lo único que quieren es que bajes de peso, no que tengas una dieta equilibrada. El activismo gordo no busca que nadie haga dieta o baje de peso. Lo que decimos es que es imposible hablar de recetas únicas. Cada sujeto es único. Lo que te resulta a vos no va a resultar para otres. Lo que le resulta a una persona o a un porcentaje de la población no puede ser objeto de una política pública porque cada une sabe el peso con que se siente bien”.

¿Y qué hacemos con la vacuna? La doctora Piovano trabaja en la terapia intensiva del Hospital Muñiz y observa a diario que a muches gordes, por cuestiones metabólicas, les va mal si contraen covid 19. Eso más allá de las tensiones relativas a la productividad y qué cuerpos son sacrificables en altar de la plusvalía y cuáles no.

“Es el dilema de siempre –responde Laura Contrera-. Es como les ocurría a las personas trans antes de la Ley de Identidad de Género. Para conseguir el cambio de sexo registral o acceder a una instancia quirúrgica, tenían que patologizarse ‘voluntariamente’, hacer una pericia psiquiátrica que determinara disforia de género, judicializarlo. Era una estrategia dentro de lo que te ofrecía el marco legal. Para otras personas trans este camino implicaba ser violentade y participar del sistema de opresión. La Ley de Identidad de Género quitó este dilema y el paradigma patologizante. Para nosotres les gordes, ese es el camino. Pero la gordura hoy está patologizada por la Ley de Prevención y Control de Trastornos Alimentarios. Es una ley horrible que atiende a las necesidades del lobby médico. Para que no te hagan pagar doble pasaje y no te discriminen si tenés que atenderte por alguna cuestión, tenés que aceptar la patologización. Patologizarse para acceder al derecho a trabajar desde tu casa para no contagiarte si no entrás en la tipología 3 de obesidad de la OMS, implica hacer un amparo judicial donde vas a tener que poner fotos que muestren que sos obesa, que no te podés mover. Vas a estar sujeta a un nivel de exposición horrible. Y posiblemente te sientas violentada. Porque en la gordura, la patologización no te quita la estigmatización. Para muchas personas, fue violento pedir no ir al trabajo durante la cuarentena y exponerse a la violencia de los jefes. La gordura se interpreta como una condición voluntaria, como una condición patológica que no exculpa”.

¿A cuánto estamos para la llegada de la vacuna? ¿Estará para finales de enero? Bajemos el mentón un rato y pensemos.