Antipolítica y discurso de odio

Imagen: AFP

“Quien instaura el odio no son los odiados, sino los que odian primero”

Paulo Freire

Lo escenificado en la manifestación opositora del 27 de febrero frente a la Casa Rosada es parte de una estrategia destinada a destruir las bases de confianza en toda acción política a partir de un discurso de odio que desestima el recurso a la razón y deja de lado cualquier posibilidad de diálogo y entendimiento entre personas que piensan diferente. Se trata de cargar de negatividad y perversidad todas las acciones (acertadas o no) protagonizadas por adversario sin otra consideración que el desprecio por el autor, convertido sólo por esa condición en enemigo y, por lo tanto, merecedor de cualquier ultraje. Para quien así procede todo se justifica, principalmente el lenguaje del odio. También porque paradójicamente recurrir al odio como estrategia y hasta la escenificación de la muerte como argumento -–mal que nos pese-- rinde en términos políticos y electorales. No importa tampoco que el resultado sea volver a alimentar el nefasto eslogan “que se vayan todos” que tanto daño le acarreó a la sociedad argentina.

Junto con el avance del neoliberalismo, la sociedad argentina ha sufrido también el embate de los cultores de la anti política, entendida como la negación del debate de ideas, la subestimación del valor de la palabra y la sobre abundancia de mensajes simplificados que arriban en formato de packaging publicitario, más afín al consumo comercial que a la construcción colectiva de ideas.

En el lenguaje cotidiano se traduce en expresiones tales como “todos son la misma cosa” y “la misma porquería”, manifestación del descreimiento que cala en la ciudadanía respecto de la política como una vocación noble e imprescindible, una dimensión humana que busca trascender la contingencia individual y temporal y que, siendo capaz de desprenderse de los intereses particulares, habilita a pensar en los demás para construir juntos una sociedad más igualitaria y más justa en base a un principio de solidaridad humana.

Estamos ante la infravaloración de la palabra y el debate de ideas atropellados por el desborde de mensajes simplificados y argumentos enlatados. Lo que se dice se degrada en el barro de los formatos. Las redes digitales –-mal llamadas sociales-- acogen por igual verdades, medias verdades y mentiras. 

No importa ya el contenido de lo que se difunde, sino su capacidad para generar impacto en las audiencias insatisfechas por sus condiciones de vida, capitalizando la angustia para transformarla en potencial odio.

La emoción desplaza a la razón en el debate político, porque el propósito es vencer más que convencer, disputar más que dialogar o intercambiar. El monólogo ha desplazado al diálogo. En lugar de intercambios fundamentados sobre objetivos y propuestas para gestionarlos se recurre a la excitación emocional y a la apelación de barricada.

 Tampoco hay ética política, entendida como la manera de adecuar la acción política de los representantes públicos al interés genuino de sus representados, a los que se deben y sirven. Para quienes la negación o descalificación de la política es una forma de hacer política, la negociación, el diálogo y la búsqueda de consensos no cotiza.

Hablando ante el Concejo Deliberante de Mar del Plata el 15 de enero de 1999, el ya fallecido colega y maestro de periodistas Pasquini%20Duran%2030-01-99.pdf.">José María Pasquini Durán afirmó que “en la medida que la política se vacía de sentido, que es semi-impotente para cumplir con sus tareas, queda un cascarón vacío que se llena de vicios”. 

Frente a la antipolítica y la estrategia del odio, las condenas o los reproches resultan insuficientes. Se necesita más política y más gestión. Es necesario encontrar los métodos para que la acción política y quienes la protagonizan contribuyan a construir sentidos colectivos que proyecten prospectivamente futuros deseados y probables, y que mediante la gestión del Estado hagan posible relacionar a la política con los valores de la democracia y el bien común traducidos en calidad de vida.

 Y la única respuesta a quienes ensalzan la muerte como argumento es reafirmar memoria, verdad y justicia como una bandera que no puede ser arriada ni escindida de la vida democrática de argentinos y argentinas.

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