El gran José "Pepe" Soriano vuelve al cine a sus 92 años como protagonista, junto a Marilú Marini, en Nocturna, un thriller psicológico escrito y dirigido por Gonzalo Calzada, que estrena el jueves 30 de septiembre. "Nunca perdí el rumbo", dice el prestigioso actor en relación a su regreso. Lo que sucede, aclara, es que no estaba filmando en la Argentina, pero sí lo hizo en Uruguay, Chile, España. "El tema es que el material que se hace en el exterior generalmente no llega a la Argentina. Para mí es una alegría muy grande", confiesa con una lucidez inquebrantable. Nocturna cuenta con el protagónico absoluto del actor de La nona, que encaró un osado trabajo de interpretación en un film inquietante que reflexiona sobre la soledad y las relaciones humanas más íntimas en el último tramo de la vida, con un tono fantástico. Las últimas actuaciones realizadas por Soriano en el cine nacional habían sido en Mi primera boda, de Ariel Winograd -estrenada en 2011- y en Pecados, film dirigido por Diego Yaker, estrenado en 2013.

Nocturna gira en torno a Ulises, un hombre casi centenario al que a lo largo de una noche le toca vivir un extraño hecho que pondrá a prueba su lucidez y su cordura, mientras conversa con los fantasmas de su pasado y repasa las cuentas pendientes con la vida. Gonzalo Calzada es un reconocido director de films de género como La plegaria del vidente (2012), Resurrección (2016) y Luciferina (2018), la película pasó por el Marché du Film de Cannes, por el Festival de Sitges, por la 38° Bienal de la Imagen en Movimiento de Frankfurt, y el mercado del Festival de Guadalajara 2018.

En realidad, Nocturna tiene dos versiones: el lado A es el relato del viejo Ulises y es contado de forma narrativa y externa, como si se tratara casi de un guion de cine. Mientras que el lado B es un relato quebrado por los pensamientos, divagues mentales, monólogos y el fluir de la conciencia del propio Ulises y de los otros personajes que conviven con él, según se encargó de detallar el realizador. La primera se estrena el 30 de septiembre en el Cine Gaumont; la otra, su reverso experimental, tendrá exhibiciones a partir del 7 de octubre en el Centro Cultural 25 de mayo (en este caso se exhibirán las dos versiones juntas).

Nocturna se estrena el 30 de septiembre.

"Lo que me atrapó de esta historia es la complejidad", dice Soriano. "Es una historia muy complicada, no es una historia cotidiana costumbrista. Tiene muchos vericuetos porque está la fantasía, está la falta de la memoria, está el exceso de la memoria. Hay momentos en que la narración para el personaje es como cuando uno mira fotos propias que tienen color sepia. Uno las mira y no son en blanco y negro. Tienen un color viejo", agrega el legendario actor. Todo eso lo llevó a la posibilidad de conocer a un director nuevo, "cosa que hago con bastante frecuencia en la medida de mis posibilidades y, a veces, acierto y veces me equivoco porque venía de hacer una película muy mala con un director argentino que viene en España, muy malo, pero es el riesgo que uno corre; si no ¿con quién vas a trabajar?", explica Soriano, mientras destaca que hay que trabajar con las generaciones que "tienen vigencia". "El rodaje fue un esfuerzo brutal”, reconoce. “La verdad es que pocas veces he tenido un trabajo tan intenso porque durante toda la película fueron ocho, diez o doce horas por día sin parar, encerrados en un departamento, lo que agota", admite Soriano.

-O sea que sintió cansancio tras el rodaje, teniendo en cuenta que su personaje es el protagonista...

-Me tuvieron que internar hacia el final de la película. Estuve una semana internado porque me deshidraté. Fue no poder parar, una escena atrás de otra. Yo no había trabajado así con tanta intensidad. Por ahí, filmaba una escena, descansaba una hora para poner la luz y volvía para hacer otra escena. Acá no hubo descanso ni para mí ni para Marilú Marini, que es una estupenda actriz. Marilú tuvo menos esfuerzo en el total. Pero trabajó con una gran intensidad.

-¿En qué se inspiró para construir el relato de los pensamientos y divagues mentales de Ulises?

-Yo venía con un conocimiento previo porque había hecho teatro con dirección de Daniel Veronese. Fue El padre, que ahora está la película con Anthony Hopkins. Y ahí me encontré con el fenómeno de la pérdida de memoria, más algunas informaciones que uno siempre pide de médicos, de amigos, de gente que vive el problema. Y con eso fui armando, más lo que me dio el material porque yo parto de un material que el director me entrega. No es que tengo que inventar. Sobre ese material voy componiendo la personalidad del personaje. Eso sí: más allá de que la película guste más o menos, igual que mi trabajo, lo hice con todo lo que me queda de amor por este trabajo que un día elegí. No fue de taquito, no es una cosa más. Es una entrega honesta que corresponde al oficio que uno tiene. Así que, en ese sentido, estoy muy contento conmigo, obviamente con el director, con el equipo, pero estoy contento conmigo porque entregué todo lo que tenía para hacer bien el personaje. Hasta dónde llegué no lo sé. Lo van a decir ahora los que vean la película, la gente, los críticos.

-La película reflexiona sobre este hombre que a lo largo de una noche le toca vivir un extraño hecho que pondrá a prueba su lucidez y su cordura. ¿Qué piensa usted de la locura?

-De la locura voy a contar que hace muchos años, cuando era relativamente joven, estaba haciendo Lisandro, la vida de Lisandro de la Torre en el teatro. Y un día venía de Chaco con mi representante, Salvador Salías. En el avión me dijo: "Estuviste muy bien". Y yo le dije: "¿De qué?". "Con lo que hiciste", me respondió. "¿Que hice qué?", le pregunté. ¡Se asustó! Cuando llegamos a Buenos Aires, directamente desde Aeroparque se conectó con mi hermana y le dijo: "Mire, está sin memoria". Mi hermana llamó a mi analista y mi analista se vino rajando y dijo: "O se deja internar o lo internamos de prepo". Y me internaron. Estuve en el área de Psicopatología del Hospital Italiano unos cuantos días sin saber quién era. Y cuando volví (porque fue “un viaje”) le decía a una médica que me acompañó: "Uy, ¡hasta los loquitos me conocen!". Me dijo: "No, usted estuvo acá". O sea, es lo que puedo decir. Una pérdida de la memoria y de la identidad me tocó vivir y no tiene explicación desde lo común.

-¿Qué piensa de lo que decía Ernesto Sabato de que la diferencia entre el artista y el "loco" es que el artista puede transitar por los caminos de la locura pero puede volver?

-Eso le pasó a un poeta que vivió durante muchos años en el Borda: Jacobo Fijman. El entraba en la locura y salía de la locura. Fue el único caso que yo conocí. Lo acompañaba mucho Vicente Zito Lema. Y lo hemos hablado mucho con Tato Pavlovsky, a quien yo le decía -y lo terminó reconociendo- que el trabajo lo podía llevar a uno a la locura. Yo le decía: "Tato, te podés volver loco con el trabajo porque no tenés control sobre el personaje. El personaje te fagocita y terminás loco, lo que la gente llama ‘loco’”.

-¿Cómo convive usted con los fantasmas de su pasado?

-Felizmente muy bien. He tenido una vida no muy diferente de la que tiene la gente. Tuve pérdidas importantes. Mi mamá murió cuando yo tenía 12 años. Murió mi primer hijo apenas nacido. Tuve pérdidas. Evidentemente, esto es bastante común en la condición humana. Conocí la dictadura. He vivido las circunstancias de cualquier ciudadano en la Argentina. No nací en un hogar en el que hubiera plata, ni siquiera de clase media. Era un hogar de gente pobre. Tuve que luchar. Estudié para darles una alegría a mis abuelos y a mi padre. Empecé a estudiar Abogacía. Abandoné porque no me interesaba y me dediqué al mundo del teatro. Estudié, trabajé, me ocupé de todo lo que un ser humano, sin ser un ser de oficio político, tiene que ocuparse del país. Todo lo de mi país me duele. Todo, porque yo vivo en este lugar, porque soy parte de este lugar.

-Que la vejez sea mal vista, de manera peyorativa o que se piense que no se pueden tener planes, ¿tiene que ver con la ideología de un sistema como el capitalista?

-Sí. En principio, yo no conozco otro sistema, pero en este sistema en el que vivo todo lo que se produce es para la gente joven, lo cual, por un lado, me parece bien: las fiestas, las risas, los avisos de televisión, "Ahora viene el verano, vamos a la playa", "Viene el invierno, vamos a esquiar" (los que tienen plata). Pero nadie se ocupa de este período en que un individuo empieza a abandonar toda esa actividad tan física para pasar a una actividad del pensamiento porque en ese pensamiento está jugando lo que le queda de vida. En ese tiempo, tiene el momento para pensar su vida y la vida del país en el que vive. Yo insisto mucho en esto: yo no vivo solo. No soy Dios, no soy una bestia, vivo en comunidad. Mi comunidad me interesa. Me interesa mi vida, claro, pero también me interesa la tuya.

-Hablando de vejez, usted hizo La nona. ¿Qué puntos de conexión tiene aquel personaje famoso con éste y cómo recuerda aquel trabajo?

-No tiene que ver porque La Nona no es un personaje de la realidad. La Nona es un maravilloso trabajo de Tito Cossa, donde él utiliza a La Nona para hablar del poder, según mi versión. Mi versión es que Tito habla del poder. El poder se come todo.

-¿Qué piensa de la muerte?

-Y bueno, es inevitable. Y, además, nadie vuelve para contarlo, nadie se queja.

-“No es que tenga miedo a morir. Simplemente no quiero estar ahí cuando ocurra”, dijo Woody Allen. ¿Coincide con su mirada?

-Claro, pero no es que me eligieron a mí para eso. Eligieron a la humanidad. Dios eligió a la humanidad para esto. Bueno, le pasa a todo el mundo, ¿eh?

-¿Qué cuentas pendientes con la vida tiene usted, a diferencia de su personaje?

-No, yo digo la verdad: repasando cosas que hago con alguna frecuencia, estoy muy contento con lo que la vida me dio. Inclusive, de los acontecimientos que no son gratos. Hace unos quince años tuve un cáncer, estuve entre la vida y la muerte, pero son los acontecimientos del ser humano. También debo decir cuánta alegría me dio no sólo ser actor: ser dirigente de la Asociación Argentina de Actores, en el tiempo del negro Carella, de Juan Gené, de Duilio Marzio a Nathán Pinzón. Y también tener el número 1 del carnet de SAGAI, que es un ejemplo de organización al servicio del actor pero que vale para toda la Argentina, por transparencia, por dignidad del trabajo, por honestidad. Yo hablo con mucho amor de eso. Y ese amor es el que llevo encima.

-¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

-Tengo unos recuerdos hermosos. A los 5 años, en el barrio, de gente muy humilde, de gente de trabajo, un amigo me dijo: "¿Por qué no venís conmigo al Don bo?". El Don bo era el Colegio Don Bosco León XIII, en la calle Dorrego, entre Amenábar y Crámer. Y le pregunté: "¿Para qué?". Y me respondió: "Están los exploradores de Don Bosco. ¿Sabés lo que es? ¡Te van a dar el uniforme y todo!". Y ahí coseché grandes amigos durante diez años, hasta los 15. Por supuesto que la contraprestación era ir a misa. Y ahí aprendí de la tarea comunitaria. Después, la pude ejercer un poco en el Colegio Nacional, en la Facultad de Derecho. Y luego, y básicamente, en la vida. Siempre me he ocupado de la comunidad, como me he ocupado de mí, sin ser yo un espejo donde la gente se pueda mirar con la alegría total “porque soy perfecto". Eso no es así. Pero sí me he ocupado de mi comunidad, que con los actores. Y conozco el mundo de los actores. Hace 74 años que hago este trabajo. Sé de la vida, del fracaso, del hambre, del dolor, de la alegría. Conozco todos los papeles que un actor puede atravesar.

-¿Cómo recuerda su debut actoral?

-Con gran alegría, porque fue casi mágico. Yo era estudiante de teatro, en el teatro universitario de la UBA. Un día, al maestro Antonio Cunill Cabanellas lo nombraron director del Teatro General San Martín. Vino a una de las clases y me dijo: "Vas a debutar conmigo en El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare." Yo me quería morir porque no tenía ninguna experiencia en el mundo del escenario como actor profesional. Yo estaba estudiando. Y bueno, nos presentamos con un elenco maravilloso, del cual recuerdo con amor a Osvaldo Miranda, que fue un compañero extraordinario. Debutamos en el Teatro Colón. Y allí ocurrió esta anécdota: Primer acto, silencio; Segundo acto, silencio; Tercer acto, aplausos por el personaje que yo hacía cuando muere. Terminó la obra, vino el maestro al Camarín y me dijo: "Serás actor". Y ese fue el destino que tuve. Tuve un debut maravilloso con el único aplauso de la noche en el Teatro Colón. ¿Cómo me voy a olvidar de eso?


Aquella Patagonia

Uno de los grandes papeles de Pepe Soriano en el cine fue el del alemán Schultz, de La Patagonia Rebelde, que prefirió morir fusilado por sus ideas que huir traicionándolas. De aquel film de Héctor Olivera, Soriano dice que "fue una alegría muy profunda, fue un trabajo maravilloso, con compañeros estupendos". El actor recuerda que había días que no dormían "discutiendo el país". "Eramos dieciocho actores en el elenco. Nos quedábamos en vela tomando mate toda la noche discutiendo el país que queríamos entonces, allá en el año 1974", señala Soriano.


Otro país

Pepe Soriano se fue a vivir a España en 1987, cuando la democracia era incipiente, y volvió en pleno menemismo. ¿Cómo fue volver a ese país? "Yo no sabía de qué se trataba. Escuché mucho alrededor, pero no lo viví”, comenta el actor. "Toda la información me vino por boca de otros. Tuve que remontar con mucho trabajo mi tarea. No fue fácil porque no estuve en la Argentina casi siete años. Y en casi siete años habían ocurrido cosas en el país", recuerda Soriano. "Tuve que ir enterándome, tuve que ir vivenciando. Vale decir, no fue una situación que yo pudiera decir que la viví. Esta referenciado a lo que me contaban, a lo que pasaba", cuenta.


La historia argentina

¿Qué vigencia tiene en la Argentina actual un personaje como el Lisandro de la Torre en Asesinato en el Senado de la Nación? Pepe Soriano es elocuente: "Hoy, Lisandro no tendría lugar porque Lisandro pertenece al tiempo de Leandro Alem, al tiempo de la Unión Cívica Radical: Radical, palabra que Alem le agregó a la Unión Cívica. Es otro tiempo. Ha pasado mucha agua bajo el puente", reconoce Soriano. "El tiempo no se detiene en la humanidad. Hablar de tres años atrás ya es hablar de distancia en la Argentina. Es un país que se está haciendo, es un país que se está moldeando. Y yo me permito, como licencia, pensar la Argentina en tiempo de historia y no en tiempo de vida. En tiempo de vida, estoy viviendo en las condiciones que estamos viviendo la mayoría: con grandes dificultades por todos lados. Pero si lo pienso en tiempo de historia, es un gran país. Y tiene un destino fenomenal. Así lo quiero pensar. No lo voy a ver, pero sé que va a ocurrir", concluye Soriano. 

Nota publicada originalmente el 22 de septiembre de 2021