Es algo sabido, o lo era en su momento: los ositos Teddy le deben su nombre a Theodore Roosevelt, 26° presidente de los Estados Unidos desde 1901 hasta 1909, reelecto en las urnas luego de dejar la vicepresidencia y asumir la conducción máxima del país ante el asesinato de su antecesor William McKinley. El hecho habla a las claras de la popularidad del hombre en su tiempo. Existen decenas de registros cinematográficos de su vida política –un desfile en San Francisco, de visita en la ciudad de Panamá, durante los funerales del Rey Eduardo– como así también de algunos de sus viajes por el mundo, en particular la travesía por África. Férreo defensor de las ciencias, aventurero y cazador, fue una anécdota durante una partida de caza a comienzos de siglo, luego de negarse a matar a un oso atado a un árbol por uno de sus asistentes, la que terminaría dando origen a la invención de los famosos ositos de peluche. Corría el año 1902 y el apodo con el que los más cercanos llamaban al mandatario, Teddy, pasó a ser sinónimo de juguete infantil. Algunos años más tarde, esa misma historia fue trasladada a una motion picture de la compañía Edison titulada, precisamente, Teddy Bears (1907), cruza de film con actores de carne y hueso y animación que, a su vez, remata el clásico cuento de Ricitos de Oro con los detalles reales de Roosevelt y el oso. A pesar de ese carácter popular (los discursos vehementes, golpes de puño en la mesa incluidos, eran otra de sus marcas de estilo), a pesar de su lucha contra los monopolios y la defensa del medio ambiente en tiempos de explotación minera y forestal sin control, la vida del político del partido republicano, nacido en Nueva York en 1858 y fallecido en 1919, no ha sido objeto de muchas adaptaciones cinematográficas o televisivas. Paradójicamente, es una nueva miniserie de origen brasileño la que termina echando luz sobre una porción importante de la vida y obra de Teddy Roosevelt. Aunque la paradoja tal vez no sea tal: El huésped americano, cuyos cuatro capítulos fueron dirigidos por Bruno Barreto (el primero tendrá su estreno hoy a la noche en la señal HBO), recrean los dolores y placeres de la Expedición Científica Roosevelt-Rondon de 1913-1914, en la cual el expresidente y el mariscal del Ejército Brasileño Cândido Rondon se propusieron recorrer los más de 700 kilómetros de extensión del inexplorado Rio da Dúvida, luego rebautizado Río Roosevelt. El director de Doña Flor y sus dos maridos marida el drama histórico con el relato de aventuras en una saga de 240 minutos que cuenta con la participación en el rol central de Aidan Quinn, cuyo parecido físico con Roosevelt gracias a la caracterización del maquillaje resulta notable. 

“Lo siento mucho, mi portuñol es muy malo. Si no te molesta hablemos en inglés. Lo que ocurre es que para alguien que habla portugués y aprendió italiano antes que el español, se hace muy difícil”, afirma Bruno Barreto en comunicación desde Brasil, país que nunca abandonó a pesar de haber realizado una porción significativa de su carrera como director de cine en los Estados Unidos. Para muchos, su nombre es absolutamente inseparable del largometraje que lo transformó en una figura internacional en 1976, la adaptación de la novela de Jorge Amado Doña Flor y sus dos maridos, protagonizada por Sônia Braga. Precoz como pocos colegas en el oficio, el cineasta nacido en Rio de Janeiro en 1955 contaba en el momento del estreno con veintiún años. Y una filmografía de dos largometrajes previos (su debut, Tati, fue lanzado en las salas de cine cuando Barreto tenía apenas dieciocho años). La década del 80 lo encontraría realizando varias películas populares en su país natal –entre ellas Gabriela, clavo y canela, O Beijo No Asfalto y Romance da Empregada–, antes de mudarse a Hollywood y comandar títulos como el thriller político con Andy García Prueba de fuego (1990), el drama intimista Romance sin límite (1996) y la comedia romántica Volando alto (2003), protagonizada por Gwyneth Paltrow, alternando luego coproducciones como Cuatro días en septiembre (1997) y la muy exitosa Última Parada 174 (2008). Hablada en gran medida en idioma inglés, aunque con varios pasajes lógicos en portugués, El huésped americano surgió del interés de Barreto por “la complejidad del personaje de Roosevelt. Creo que esa complejidad es algo casi inexistente en estos días, algo raro en esta era de polarizaciones, donde se es de izquierda o se es de derecha. La complejidad es vista hoy en día como sinónimo de estar parado en medio de dos campos, típico de alguien que no quiere tomar partido, un signo de cobardía. Así de loco está el mundo. En realidad, pienso que es todo lo contrario. Roosevelt era un republicano que deseaba regular ciertas cosas desde el estado, porque creía que las inequidades sociales iban a terminar poniendo en riesgo la democracia. ¡Y lo dijo a comienzos del siglo XX! Todavía seguimos luchando con eso hoy en día, tal vez más que nunca”. 

Bruno Barreto en rodaje

El huésped americano presenta a Theodore Roosevelt luego de su fallida incursión en las posibilidades de la reelección presidencial, cargo obtenido finalmente por su correligionario William Howard Taft. ¿Qué hacer a los cincuenta años excepto compartir la mesa con los miembros de la familia, amigos y colegas? El llamado de la aventura vuelve a golpear la puerta y pocos meses después el exmandatario llega a la ciudad de Rio de Janeiro, donde su hijo Kermit se encuentra haciendo negocios y preparando el inminente casamiento con la joven Belle Wyatt Willard. El guion de Matthew Chapman y la dirección de Bruno Barreto no se apartan nunca del formato de la biopic tradicional, alternando el presente en tierras latinoamericanas con instancias jugosas del pasado reciente del homenajeado: el sorpresivo ingreso a la West Wing de la Casa Blanca, las charlas promovidas por la National Geographic, el atentado en las calles de Washington que pudo haber acabado con su vida, algunas escenas de la vida conyugal y, sobre todo, la fervorosa lucha contra uno de sus principales enemigos políticos, el empresario John Pierpont Morgan, enfrentamiento que terminó con la transformación en parques nacionales de territorios como el Gran Cañón del Colorado. “Roosevelt fue el primer presidente de los Estados Unidos luego de la revolución industrial en intentar balancear ciertas cosas”, reflexiona Barreto. “La industrialización creó muchas desigualdades, similares a las que ahora está generando la revolución tecnológica. No es cuestión de estar en contra de la revolución industrial o del progreso, eso sería estúpido, pero debemos regular ciertas cosas para evitar excesos. Eso es lo interesante de Roosevelt. Luego me enteré de este viaje por el interior de Brasil. Como realizador me interesan los personajes, el comportamiento humano, no los grandes temas o ideas. Me considero un narrador. Roosevelt viajó a Brasil para combatir la posibilidad de la depresión personal, ya que cada vez que tenía una decepción en su vida tendía a escapar. Cuando nació su hija y su primera esposa murió por complicaciones en el parto se fue a Dakota del Sur a cazar por tres meses, dejando a la recién nacida con su hermana. Cuando fue elegido su sucesor, William Taft, se fue a África junto a su hijo Kermit para hacer un safari. Y después viajó a Brasil, en parte para reencontrarse con su hijo, luego de fundar su propio partido político, el Partido Progresista”.

El encuentro con Cândido Rondon (el actor mexicano-brasileño Chico Diaz) es un choque de planetas. O una fusión atómica. El mariscal en actividad y el coronel retirado se dan la mano y preparan los planes para el difícil viaje en botes de madera por rutas desconocidas, habitadas por tribus de aborígenes que nunca (o casi nunca) han tenido contacto con la civilización blanca, enfrentando la posibilidad de alguna enfermedad mortal y la amenaza de esos rápidos que pueden aparecer súbitamente en un recodo del río. Las similitudes y diferencias entre ambos comienzan a reflejarse en acciones y reacciones –a su vez contrapuestas con las de la nueva generación, representada por Kermit Roosevelt–, bajo la mirada del pequeño pelotón de soldados y baqueanos en construcción que forman parte del contingente. Ante la primera aparición de un indígena, la respuesta del norteamericano es levantar el rifle y apuntar directo a la cabeza, el dedo índice firme en el gatillo; el brasileño, en tanto, baja el arma, levanta las manos y se acerca para iniciar la conversación por señas. En parte blanco, en parte aborigen, Rondon se desnuda por completo en el último episodio de la miniserie para atrapar un enorme pez a la manera tradicional, lanza en mano, en uno de los momentos de mayor potencia dramática de la serie. Que la charla posterior entre los dos hombres tenga como tema el concepto de progreso es una de las tantas ironías de la historia. “Lo interesante es que la mayoría de los estadounidenses de hoy en día lo saben todo sobre Franklin D. Roosevelt, pero muy poco sobre Teddy, sobre cuán cerca estaba de las ideas de la defensa ambiental, de la naturaleza. De no ser por él, el Gran Cañón se hubiera transformado en una Serra Pelada, la enorme mina de oro que tenemos aquí cerca del Amazonas. J. P. Morgan había gastado el equivalente a lo que hoy serían unos seiscientos millones de dólares en un proyecto de minería en el lugar y Roosevelt, de un plumazo, con una simple firma, le hizo perder esa inversión. Morgan era tal vez el hombre más poderoso del país, alguien que tenía en el banco más dinero que el Tesoro Nacional. Sin olvidar las leyes antimonopólicas que también se mencionan en la serie. Hay una simetría entre los rápidos o los indios que podrían matarlo y J. P. Morgan. El huésped americano narra dos viajes: el viaje por el río y el viaje a través de la presidencia de los Estados Unidos”.


Camaradería, traiciones, los peligros latentes de la travesía en la tierra y en el agua, los recuerdos de Roosevelt (en forma de flashbacks) y de Rondon (bajo el designio del relato oral), la idea de un continente americano unido y fraterno enfrentado al inevitable mandato imperialista, la mortalidad de la carne y la posibilidad de que los nombres propios permanezcan por los siglos de los siglos en alguna obra, lugar geográfico o aventura. Rodada antes del comienzo de la pandemia en lugares muy cercanos a donde ocurrieron los hechos reales hace más de cien años, El amigo americano remite inexorablemente a otros relatos de aventuras cinematográficos, del Herzog selvático al Coppola ídem. “Es imposible no pensar en Joseph Conrad cuando se cuentan estas historias. Es un subtexto muy poderoso. No sólo cuando se piensa en el personaje de Teddy, sino también en el de Rondon. Para mí es una historia sobre la inmortalidad, porque ellos se pensaban a sí mismos como seres inmortales. Rondon repite varias veces el lema ‘morir si es necesario, matar nunca’. Decía eso porque inconscientemente creía que nunca iba a morir. Al final del viaje, de alguna manera, llegan a aceptar la mortalidad, así que creo que todo se reduce a los conceptos de poder, mortalidad y naturaleza. En una escena de la serie puede verse un sumauma, el árbol más grande del mundo, que sólo se encuentra en el Amazonas. Ahí se hace evidente de manera indiscutible como la naturaleza siempre termina empequeñeciendo al ser humano”.