La china y el gaucho. Ella, siempre dócil y sumisa, de trenza y pañuelo, entregada a la espera del juego de seducción. Él, todo macho galante y recio dispuesto a la conquista. Él, héroe de las Pampas. Ella, la damisela en apuros. En el imaginario cultural de la Argentina con mayúsculas, estas dos figuras arquetípicas representan la quintaesencia de lo que es ser un verdadero hombre de pelo en pecho, facón en mano, y una digna mujer grácil y delicada, cuidadora maternal del rancho. Las dos caras de la misma monedita que forjó nuestro ser nacional: patria, familia y tradición. El mundo del folclore se presenta así como un bastión inquebrantable de un acervo cultural conservador en su núcleo duro y su génesis: binario y heterocis sexual. O zarandeo o zapateo. No hay más grises ni terceras opciones.

Sin embargo, no todo es tan estático como parece: a pesar de pretenderse rígido, por sus rendijas se están colando identidades transgresoras que vienen a colapsar de caos queer este universo. Bailarines trans que juegan con expresiones drag y hacen de la peña un ballroom criollo; gauchos montados con arneses sobre tacos aguja y cantantes femeninas con barba llegaron para sacudir con un terremoto inédito el epicentro del corazón de la cultura del folclore: el festival de Cosquín. SOY habló con algunos de sus exponentes para conocer su experiencias de chacarera y disrupción.

Ferni

Ferni: "El estatuto del Festival de Cosquín se vio incomodado conmigo" 

Ferni tiene 32 años y es la música y docente trans no binaria que se llevó puesta como un huracán al Festival de Cosquín. Ella tenía 15 años cuando se enamoró del folclore por primera vez, al descubrir cómo el cancionero popular guarda en sus entrañas los paisajes soñados del norte argentino. Su búsqueda como cantante solista la llevó a volver a la zamba, donde encontró allí “una herramienta vehiculizante para contar las alegrías y dolores” del colectivo.

El año pasado, se impuso como cantora en la sede porteña de la competencia pre Cosquín. Sin embargo, a pesar de haber obtenido el puntaje más alto posible, no le permitieron participar en la categoría “solista vocal femenino”. Tras haber hecho una denuncia en el INADI, logró que este rubro y su contrapartida, el masculino, queden anulados y se aúnen en una sola categoría: “voz solista”. “El estatuto se vio incomodado conmigo, el estatuto de un estatus quo que solamente contempla identidades de hombres y mujeres, y mi presencia fue disruptiva por eso”, reflexiona.

En el Cosquín fue finalista y, en definitiva, protagonista del reclamo a un acceso históricamente negado. “Pude tener la oportunidad de estar parada en el escenario Atahualpa Yupanqui y observar que nuestro promedio de vida era de 30 años y que lo único que nos quedaba por ser disidencias de género era tener un prontuario carcelario. Ver cómo esto cambió eso fue abrazar nuestra historia. Ser folclorista disidente y tener la posibilidad de estar parada con orgullo y poder mostrarme vehementemente y con la fortaleza de decir: ‘soy legítima intérprete cantante de folclore y van a escuchar mi voz y se van a emocionar’. Porque yo no solo me baso en ser una cantante disidente, me baso en todos mis años de estudio y formación y mi amor por esta música. Eso es lo que te va a conmover y a partir de esta zamba vos, público general, vas a dejar de juzgar cómo estoy vestida y maquillada, y empieces a ojalá a entender estos mensajes tan políticos. Como canté en la zamba de Susy Shock, ‘la patria es una niña pobre que también reclama’: la matria es una disidencia de género”, afirma.

LeGon


Gonzalo: transgredir la figura del gaucho

Gonzalo tiene 38 años y es oriundo de Esperanza, en Santa Fe. De chiquito lo mandaron a bailar folclore porque era demasiado inquieto y se encontró a gusto entre tanto zapateo. A los 28 años, ya tenía dos ballets y casi cien alumnos. Sin embargo, para seguir creciendo, se dio cuenta que su destino estaba en Buenos Aires: él, que trabajaba en ese momento como carpintero, vendió todos sus muebles y se instaló en la ciudad porteña para estudiar artes folclóricas en la UNA. Dejó atrás su rutina cómoda de bailarín y docente pero, también, su vida como marica de pueblo.


En el 2017 conoció la cultura drag y quedó maravillado con ese mundo y con la posibilidad de representar a su propio alter ego despampanante. Tras haber pasado por distintas experiencias transitando escenarios de baile en fiestas queer, se dio cuenta que lo suyo no era “ser una lady”: no se sentía a gusto representando a una mujer ni quería calzarse un pelucón y ser igual a las otras drags que había visto. Él quería meter al folclore en su personaje y transgredir la figura del gaucho, pero no sabía como. Hasta que lo invitaron a bailar el escondido “No me escondo más” en Folclore por Todos. “Me puse la bombacha de gaucho con la que bailé toda mi vida, me puse una blusa de paisana, un corset, las botas de gaucho y me puse brillo en la barba. Me maquillé como pude y a la rastra del cinto de gaucho, que es uno de los símbolos gauchescos, le saqué el adorno y lo usé de gargantilla”. Así nació LeGon. Para una amiga suya, es “el gaucho del futuro”.

¿Qué sentiste en ese momento?

--Fue un punto de inflexión porque encontré a mi drag. Lo que hago es algo muy personal, tiene que ver con mi bagaje, con todo lo que viví en mi infancia y en mi adolescencia con respecto a mi sexualidad y mi sentir como gay de pueblo, y la imagen del gaucho. Cuando era chico me cuestionaba que yo actuaba siempre de gaucho, mucho galanteo con la dama, pero por dentro sabía que era marica y a veces mirá que ingenua pero, también, qué filosófica, pensaba: ¿cómo habrá sido para estos gauchos haberse sentido atraídos por sus pares? ¿Cómo lo vivían? Todo esto que se tapaba yo lo quiero sacar afuera con mi drag. Este gaucho, que pasó a ser gauche, no tiene género establecido: no se pregunta ni se cuestiona, solo se deja ser y va fluctuando por ahí…

¿Cómo vivís esta experiencia?

--Me gusta acompañar todas las movidas disidentes del folclore, que un ambiente tan tradicional y conservador se empiece a romper y darle lugar a disidencias que están remándola por tener un espacio con igualdad de derechos.

¿Cómo es tu visión sobre el mundo del folclore actual?

--El folclore es el saber del pueblo, es una construcción que se va dando con el tiempo, no es algo rígido, es algo que se va moviendo a medida que evolucionamos como sociedad. Yo creo que se quedó en una época y por eso en la UNA también hay tantas cátedras dirigidas por hombres que repiten estos patrones del hombre-macho-gaucho pero, en su vida privada, son docentes gays que perpetúan ciegamente estas dinámicas. El folclore, en general, no ve más allá de esto. Entonces, no estamos haciendo folclore, estamos haciendo solo una repetición de la historia. Y con LeGon quiero, justamente, usar lo anterior pero reconstruirlo, romper al gaucho para pensarlo desde un nuevo punto de vista, y que los niños que lo vean sepan que el folclore no es determinado baile hecho solo para determinadas personas.

¿Cómo te sentirías llevando a LeGon a un espacio paki, tipo a la feria de Mataderos?

--¡Y…no sé! Tal vez me tenga que esperar el SAME en la puerta, ¡ja!

Eli Marchini

Eli: identidades lesbianas para el folclore


Eli Marchini tiene 33 años y es lesbiana, bailarina de nuca rapada, gestora cultural
y es de José Mármol. Estudió ballet en la Escuela Nacional de Danzas, baile contemporáneo en el taller del San Martín y folclore y tango en la UNA. Su mamá, salteña y profesora de zapateo, le abrió las puertas al amor por los bailes tradicionales. Hoy en día es una de las organizadoras de la Peña Queer, que forma parte de la Colectiva de Folklore Pluridiversa, un espacio que busca apoyar a “les artistas sexualmente disidentes que durante décadas no tuvieron la posibilidad de visibilizarse en las diferentes manifestaciones artísticas folclóricas”.

Como torta visible y bailarina que frecuentaba ambientes peñeros pakis, observó cómo ser una disidencia significaba, en estos eventos, incomodidad: que la gente te ignore para bailar o, incluso, estigmas y abucheos, como le sucedió a Valerie, una compañera trans de 54 años, cuando buscaba hacerse un lugar para bailar. Tampoco estaba conforme con el hecho de que todo estaba organizado por hombres: desde la técnica hasta la parte artística. Fue en ese momento que, junto con unas amigas que tenían la inquietud de explorar los bailes del litoral, surgió la peña “Folklorazo queer”.

¿Qué tiene de queer la peña queer?

--En primer lugar, todo estaba organizado por mujeres y en el escenario convocamos a personas que no sean varones hétero cis. Fue un trabajo de curaduría muy minucioso para llamar a gente que no tenían lugar en otros espacios. Nuestra militancia fue eso: militar lo no binario. “Queer” es una palabra muy fuerte y, para nosotras, tiene que ver con justamente eso: no estar ni de un lado ni del otro del género. En el tango pasa lo mismo: o sos una cosa o la otra. O te ponés la pollera, o no te la ponés. ¿Qué pasa con la gente que está en otras búsquedas?

¿Cómo tu identidad como lesbiana intervino en tu rol como gestora?

--Me hizo plantearme un montón de cosas para mí. Cuando bailo, ¿quiero bailar con un chico? Y empecé a pensar…¡bueno, no! Mi identidad la pongo en la danza también. Creo que de alguna manera me liberó de un montón de cosas. Me libera saber que puedo ir a una peña y mirar a una chica y que la chica me mire y sea como ¡iujuu!, cuando en otro momento esto mismo puede pasar en un espacio paki y tal vez viene el novio y te caga a trompadas.

Lizandro Moralejo

Lizandro: "el del folclore siempre fue un espacio violento" 


Lizandro es una masculinidad trans, tiene 25 años
y es de Berazateui, es bailarín de folclore y está a punto de recibirse de profesor de música. Junto a otres trabajadores del folclore como LeGon y Eli, se presentó en la última Marcha del Orgullo en el escenario principal como parte de Folclore por Todes. Antes de subir al escenario para interpretar un número que había estado ensayando durante tres meses, se puso blanco y le temblaron las piernas. Quedó anulado por la emoción. A la hora de bailar, solo veía un mar de cabezas y gente que no paraba de aplaudirles. Para él fue toda una sorpresa, no se esperaba esa reacción.

¿Pensaste que a la gente no le iba a gustar la perfo?

--La idea del folclore diverso es algo difícil de entender tanto para la gente que está dentro del folclore como para la gente que está afuera. Ninguna de las dos partes saben bien de qué estamos hablando, sobre todo para la gente de adentro, que no tiene ni idea de lo que es una identidad queer, que no saben que hay personas de la comunidad para las cuales este espacio siempre fue violento, donde se nos ha invisibilizado y estigmatizado a partir de un montón de gestos e incluso letras horribles. Desde el lado paki, cualquier cosa que escapa de lo hétero normativo puede ser un problema. Nos ha pasado de recibir comentarios en las redes de gente de peñas pakis que nos insultaban o nos hostigaban diciéndonos que estábamos degenerando el folclore o incluso faltándole el respeto…¡al país!

¿Y qué pasó en la marcha del orgullo?

--A pesar de todo, el folclore sigue siendo una forma de habitar la danza muy popular y convocante. Nos pasó ese día que hicimos en la plaza del Congreso una ronda y se nos acercaron un montón de maricas, disidencias, que enseguida se sumaron a bailar y nos dijeron “Yo soy de Entre Rios, yo soy de Santiago del Estero, y nunca pude ir a una peña porque soy marica, porque soy trava, porque soy gorda…”, porque en el folclore hay un montón de gordofobia, sobre todo en los ballets. Y así un montón de cuerpos e identidades se quedan afuera porque, a pesar de ser convocante cierra sus puertas. Y pusimos una chacarera y la gente estaba re prendida, incluso personas que nunca habían bailado. Y para nosotros, que somos militantes del folclore pero también disidentes, esto es doblemente convocante.

Vos también hacés perfos folclóricas montado como dragking. ¿Cómo es esa mixtura entre esta expresión surgida de Estados Unidos y las danzas tradicionales argentinas?

--Si bien la cultura drag nació en el extranjero, en la creación histórica de la danza folclórica siempre hubo expresiones que rozaron el travestismo relacionadas a la pantomima y al circo criollo, donde bailarines jugaban a ser otros roles de género que no eran los que habían sido asignados al nacer. Está documentado, por ejemplo, que durante el segundo gobierno de Rosas hubo una compañía de danza llamada Los Catón que presentaban pantomimas danzadas donde su atractivo radicaba en que todos los bailarines bailaban de paisanas, con mucho maquillaje. En ese sentido esa búsqueda ya existía, aunque durante mucho tiempo se negó. Y cuando aparecen personajes como LeGon, o D´aMANte, que es mi drag, que muestran una corporalidad distinta, lo que hacen es revalorizar algo que históricamente ya se hacía. Hay incluso momentos de las rondas que me recuerdan mucho al vogue y al runway, porque en el momento del zapateo y los zarandeos hay un lenguaje donde el que quiere pasa al medio y demuestra lo que sabe. Y ese apañe se conforma desde una corporalidad colectiva grupal, que da a entender que todos podemos bailar.