“Lesbiana lesbiana lesbiana lesbiana, decirlo tantas veces como las que se lo calló. Decir lesbiana es iluminar una porción de realidad, velada por las gruesas sombras de la dominación hetero, correr el cerrado horizonte de su normativa genocida. Nombrarse es la tumba de la opacidad, su combustión”, Macky Corbalán


El nombramiento de Ayelén Mazzina, la nueva ministra de Mujeres, Género y Diversidad ha puesto sobre la mesa, una vez más, los preocupantes grados de lesbofobia y homofobia que existen en la sociedad. La palabra “lesbiana” en cada presentación, en cada cita, en cada titular de nota fue sin duda la gran incomodidad de los y las lectoras que estuvieron lejos de preguntarse en cambio por su gestión, por su corta edad y gran experiencia, o por la “onda rocker” que incorpora al gabinete la ex Secretaria de mujeres y diversidad de San Luis.

Lesbiana, esa transgresión. La palabra que cortó la línea del texto en dos y trabó la lectura. Lesbiana, como la Ministra elige decirse. Lesbiana, lo que habría que callar o no decir, lo que en teoria “no hace falta”. Lesbiana, esa palabra del imaginario machista que pareciera un tobogán porno a la cama de la persona. Una vez más: lesbiana, que aparentemente es “discriminación” solo objetada en los medios de comunicación pero nunca en la calle ni en los múltiples casos de violencia lesbo-odiante.

Orgullo y visibilidad son los pilares de la militancia LGBT+. El cliché de la nota será citar una vez más al tan necesario Carlos Jáuregui: “En una sociedad que te educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política” y volver a recordar que hay vidas completamente atravesadas por el peso de una palabra. Quienes deciden hacer de esa palabra un motivo de orgullo y luchar por eso son quienes eligen llamarse lesbianas, putos, marikas, trans, travestis, no binaries y la cantidad de identidades que surjan. Muchas lesbianas incluso no se consideran mujeres. Y otres muches se autoperciben “lesbianes”. Así de infinitas son las percepciones.

Entonces no, no se trata de sexualidades, son las categorías políticas las que operan e intentan silenciar un hecho de enorme importancia para la comunidad pero también para la democracia argentina: que una lesbiana hoy sea Ministra. ¿Cuántas ministras lesbianas hubo en los 200 años de Argentina? Ayelén Mazzina es la primera.

Visibilidad es poder nombrarse sin miedo, es poder decir “acá hay una lesbiana, visible, orgullosa”. Es un acto político, una forma de subsistencia, es una denuncia pública de toda la invisibilidad y el silencio del que ciertas existencias viven rodeadas. Será tarea de quienes se han crispado por la palabra preguntarse ¿por qué les molesta tanto? Y será tarea de toda la sociedad seguir ampliando nuestros márgenes democráticos, nuestra capacidad política de seguir incluyendo, la necesidad de nombrar y también de seguir cuestionando hasta las fibras más íntimas de aquello que simula ser personal pero siempre es político.