Juan Sasturain
Con tinta sangre
Empezó a escribir cuentos al calor de pedidos editoriales, encargos urgentes de redacción, puras corazonadas de inspiración personal. Un texto de tres o cuatro páginas podía, con el tiempo, convertirse en una nouvelle o reescribirse en sucesivas versiones. Pero con el tiempo esa obra breve y dispersa se fue recopilando en volúmenes como Zenitram, La mujer ducha, Picado grueso, Los galochas o El caso Yotivenko, un variado muestrario de textos breves de fútbol, de humor, con historias de vidas imaginarias de espléndidos perdedores y amores al ritmo de tango y bolero que revelan la maestría de Juan Sasturain para construir personajes queribles en situaciones tan cotidianas como irreales. Cuentos reunidos presenta sesenta y seis de estas piezas narrativas excepcionales escritas a lo largo de cuarenta años. Una colección de sorpresas literarias que navegan entre la aventura, la calle y la biblioteca.

Impone respeto. Ese volumen totémico, gordo y verde, que, sobre la mesa de la cocina en la casa de Juan Sasturain, en pleno microcentro y a pocas cuadras de la plaza de Mayo, agrupa gran parte de los cuentos que el autor nacido en González Chaves, provincia de Buenos Aires, lleva escritos hasta la fecha, impone respeto. Él –quizás para restarle importancia– lo llama, cariñosamente, “ladrillo”. Y algo de cierto hay; si se piensa en una casa construída con los otros ladrillos de la ya clásica colección de Alfaguara que agrupa escritores y escritoras canónicos del siglo XX con otros en vía de canonización de la literatura argentina. Más allá de las resonancias temibles de la palabra “canonización”, no deja de ser el sueño del pibe: “Para uno, para mi, para cualquiera, es muy lindo estar en una colección como esta. Vos mirás la solapa y dice Scott Fitzgerald, William Faulkner, Saul Bellow, y por ahí estás vos, y que se vayan todos a la concha de su madre. Yo seré un escritor de segunda pero estoy en una colección de primera”.

No es la primera vez que Sasturain habla de su producción literaria en esos términos; producción que, por otro lado, durante años ha sido mucho más que prolífica: la obra de un escritor pero también la de un periodista, antologador, editor, guionista de historietas y, su última apuesta y aventura literaria, presentador y conductor del programa de televisión Ver para leer (cuatro temporadas y dos Martín Fierros), Continuará... para el Canal Encuentro y Disparos en la biblioteca para la Televisión Pública. En relación a los medios, Sasturain tiene una postura clara y para nada acomplejada: “Muchos de nosotros nacimos atravesados por los medios de comunicación. No le hemos hecho asco a todos esos lugares en donde la escritura podía funcionar. No los hemos subestimado porque tuvimos la suerte de ser espectadores de obras de arte en esos medios. Hasta la década del treinta, desde la intelectualidad, se miraba de reojo a los medios. ¡Al cine se lo miraba de reojo! Hay que pensar que en los años cincuenta en la Argentina todavía se discutía entre el voseo o el tú.” 

Más que para promocionarse, Sasturain supo usar los medios para desarmar una figura sacralizada del escritor (“la vena en la frente de Sábato, ¿no?”, señala). En una entrevista para este diario en 2001 a propósito de la publicación de La mujer ducha, Sasturain sostuvo la misma premisa: por aquellos años, no se consideraba un escritor que trabaje en función de una carrera o que planifique su literatura en términos de una obra. Ahora, dieciséis años después - con tenacidad y ética literaria… o tozudez, llamémoslo como queramos - habla en los mismos términos: “Uno, en general, ha tratado de desacralizar cualquier mito del escritor, o de la construcción mítica del escritor. Me parece que es una manera de vivir la literatura muy particular. Yo escribo pero hago un montón de otras cosas también. Obviamente, si me tengo que definir me defino como escritor, pero en el mientras tanto he hecho montones de cosas que no necesito que me den el aire de escritor, ni sacrificaría nada en nombre de la literatura. Porque nos es hemos formado en un momento, en una realidad, en un modo de concebir la vida que la búsqueda del sentido no solo pasaba por la literatura. La construcción de una obra literaria no le daba sentido a tu vida”. 

¿Y qué le daba el sentido?

–Se lo daba el amor, se lo daba la militancia, todas esas cosas eran, pongámoslo, “más importantes”. La literatura era la vocación, o la actitud, pero ni siquiera ha sido muchas veces... es decir: la trampa de Rilke en Cartas a un joven poeta. Como diría Walsh, cuánto tiempo estuve trabado con la boludez aquella de solo puede escribir el que no puede vivir sin hacerlo. Que me dejen de joder, basta de chantaje. ¿Escribir? Claro que sí. Ocupa un lugar muy importante. Pero no es “el lugar”. También, todo esto puede ser una estrategia defensiva, obvio. Pero bueno, uno va escribiendo mientras vive, pero no vas escribiendo para vivir. En un momento dado te encontrás con que hiciste un montonazo de cosas y surgen oportunidades como esta. Y, por supuesto, te pone muy contento que te lean y te consideren escritor. 

¿No pensás que, en los últimos años, construiste una figura como escritor? 

    –Sí, claro, pero con todos los equívocos. La exposición mediática es el ejemplo más claro; ¿qué carajo va a escribir este tipo si sale en la tele? No podés tener todo. Como diría Hammett. Todos queremos escribir bien, que a los críticos les guste lo que escribís, ser famosos y ganar plata. Todos queremos eso. Pero en definitiva lo que importa son los textos. 

 Y los textos de Sasturain reunidos en el ladrillo verde, lo valen. 

TODOS LOS CUENTOS, EL CUENTO

 “Hice el camino al revés” dice mientras se mueve enérgicamente sobre la silla y su gato siamés maúlla a su alrededor reclamando afecto como un cantor de boleros. Podría ser una declaración de principios o un acto de rebeldía, pero es más simple que eso: Sasturain comenzó a escribir relatos breves y cuentos después de los treinta años. “Me inicie con la novela y ahí obtuve el permiso para ir a una forma más breve como el cuento. Porque la novela la escribí solo (en privado), es decir no para publicar, sino para escribir por escribir. En cambio los primeros poemas y los cuentos los escribí y los publiqué inmediatamente en medios.” Se sabe: Sasturain es, por supuesto, un bicho de biblioteca, pero también de redacciones. Su formación es tan académica como callejera. Tiene la cintura suficiente para teorizar sobre los aspectos cruciales de la cultura popular con mucha altura y al mismo tiempo emocionarse por el recuerdo de una vieja lectura de historietas. 

 El cable que le ha permitido mantener su escritura en contacto con la calle ha sido por supuesto el ejercicio del periodismo y sus diversas variables dentro de la industria cultural. Conoce el oficio como pocos. Pertenece a esa extraña raza de escritores que se foguearon en las redacciones, como Roberto Arlt, Miguel Briante, Osvaldo Soriano. “Los cuentos están más cerquita de la espontaneidad. Las novelas tienen algo más de diferido, de construído. Es como hacer una película. Hay una entrega en tiempo real, que a veces pueden ser muchos años, por los cuales vos atravesás muchos estados. En cambio los cuentos son el resultado a un impulso más acotado. No me refiero a algo contextual solamente, sino también personal. El cuento, como muchas veces el poema, está más cercanos a la intención, al impulso”.

 Sus cuentos son un desprendimiento de ese ritmo, esa euforia por el cierre, el chispazo en un pedido concreto de editor, el ingenio para resolver una consigna, y, posteriormente, con el paso de los años, Sasturain les fue encontrando un hilo y  los compiló en distintos volúmenes. El camino a la inversa y reversa: de la revista al libro, del libro a la ampliación, de la ampliación a la antología, y vuelta al libro. El universo que fue tejiendo a lo largo de sus cuentos está plagado de reescrituras y correcciones, de mapeos y reubicaciones; trazan un arco de treinta y cinco años de trabajo, desde principios de los ochenta hasta el pasado más inmediato. Remontemonos un poco en el tiempo: la primera compilación fue Zenitram en Ediciones de la Flor, en 1996, y en 2001 apareció La mujer ducha por Sudamericana, que agrupa varios títulos publicados en el volumen anterior y lleva un prólogo con homenaje a Faulkner titulado “Estos trece”. Esos “trece” aparecieron en todos lados: de revistas de los ochenta, como Caras y caretas y Feriado nacional, y de su breve aunque fructífero exilio barcelonés que duró tres años (“me fui al final del Alfonso y volví con los comienzos del Turco”), en donde se dedicó a escribir un par de novelas, mandar cuentos a concursos y comer dulce de leche. “Muchos de mis cuentos fueron pedidos: Página 30, Playboy, incluso para concursos. Algunos, por ejemplo, tienen un tono impostado, un tono parecido al español. El cuento “Subjuntivo” surgió como un ejercicio de estilo. Lo escribí para Playboy de España, y lo escribí a partir de un dibujo de Ciruelo.”

Xavier Martín

 A mediados del 2000, Sasturain publicó la saga de Los galochas, una serie de relatos sobre una comunidad inventada en donde echaba mano al recurso del mito y la leyenda. Ese mundo lo extrajo de su novela juvenil, Parecido S. A., en donde un chico inventa en una convención a esta pequeña comunidad donde los valores están exagerados. “La idea era encontrar un valor, una variante, un concepto, una idea. Básicamente saludable, inteligente y todo, pero que en un momento esa idea, se va al carajo. Toda idea llevada a un extremo, como cualquier estímulo, en cualquier momento se convierte en dolor. Me gusta pensar en los Galochas como en esos pueblos que cuando llegan al final y no sirve más, lo tiran”.  La saga apareció primero en la hoy extinta revista Lezama y en algunas contratapas de Página12. También tuvieron dos versiones en formato libro a mediados del 2000, la segunda fue ampliada con dibujos de Liniers. A fines de la primera década del nuevo milenio, Sasturain fue reconocido con el Premio Konex por su labor como cuentista.

 La operación de reescritura –borgeana– que Sasturain ejecuta sobre sus cuentos parece infinita: muchos son de apenas unas páginas, escritos de la noche a la mañana, como los que se agrupan en el apartado “De las escrituras”, y otros son pequeñas nouvelles, reescritas en distintos años, y distintas publicaciones. “Por ejemplo, tomá el caso de ‘Susvin’, y ‘La mujer ducha’ también, dos cuentos que están muy trabajados –trabajados en el tiempo– que son el resultado de dos cuentos breves. Sufrieron una intervención que los engrosó, lo engordó, y les subsumió una parte de la trama en otra. El ‘Susvin’ original es un cuento arltiano o fontanarroseado, en tanto y en cuanto el nudo original era el diálogo de dos tipos sentados en una mesa en donde uno le vende a otro un afano. Y terminaba ahí. Es una estructura del cuento popular, bastante típica, que algunos han desarrollado. Y después está toda la historia del inmigrante peruano que venía por otro lado, y se engarza”. 

¿Cómo hiciste para mantener el equilibrio entre creatividad y obligación laboral que impone el trajín periodístico?

   –Siempre he escrito cuentos, o casi siempre, a partir de un estímulo externo. Ya sea una necesidad de publicar porque tengo un espacio, porque tengo un pedido. Es decir, el trabajo literario, o el trabajo de la escritura no ha estado separado del ejercicio de la escritura. Siempre ha sido un trabajo en todos los sentidos de la palabra. Escribir es un hermoso trabajo. Y trabajo en los dos sentidos: en la materia del lenguaje, por supuesto. Laburamos con el lenguaje, sabemos. Es eso. Y por otro lado, es algo con lo que te ganás la vida. Y los modelos de escritor que hemos reivindicado, o sentimos más cercanos, no separaron vocación y trabajo. Encontraron su obra mientras laburaban. 

Sasturain usa varias veces una palabra clave para referirse a los cuentos: ejercicios. Ejercicio por encargo, ejercicio de estilo, ejercicio de reescritura. Y ahí está otra vez la palabra incómoda: ¿escritor? Sasturain, como cualquier escritor secretamente se jacte de serlo, se define antes como lector. “Uno es una esponja” dice y señala un libro de Auden que, al lado de su libro de cuentos, se mantiene en un vértice de su mesa. “Como lector me puedo definir, como escritor no. Y soy un lector omnívoro. En mi caso, la escritura es un subproducto de la lectura. Mi escritura decanta de la lectura. Vos no quedás inmune después de leer a Ezra Pound, no quedés inmune después de descubrir a César Vallejo. No quedás inmune. Como de leer a Felisberto Hernández tampoco quedás inmune. Del mismo modo que no quedás inmune de dos o tres matrimonios. O de una derrota política. Somos una esponja. La escritura es lo que decanta de todo eso. Y yo he sido un escritor sin plan del mismo modo en que fui un lector sin planificación. Han sido las coyunturas las que han ido marcando mi camino”.

POR SIEMPRE SUPERHÉROES

Y esas lecturas son las que van generando en los cuentos de Sasturain capas de sentido. Guiños, reflejos, reescrituras, homenajes: desde una reescritura en clave paródica de “El hombre de la esquina rosada” de Borges convertido en uno de sus cuentos más famosos (y más queridos) “La mujer ducha”, donde un galán de barrio no puede conquistar a la mujer de la cual se ha enamorado perdidamente en un marco de militancia de base peronista, hasta pequeñas licencias y tributos; como la pasión constante por Dashiell Hammett, al punto tal de incluir un capítulo de la última novela que está escribiendo actualmente sobre el autor de El halcón maltés. Tributo a Ricardo Piglia y su alter ego, Emilio Renzi, en “Kilómetro y medio”, donde Sasturain imaginó, ingeniosamente, cómo Renzi –es decir, Piglia– imaginó uno de los cuentos más perfectos de la literatura argentina. “Kilómetros y medio”, parte de dos cosas. Cuando yo escribo Dudoso Noriega, que transcurre en un cabarute cerca de la terminal de Mar del Plata, uno de los que va es un muchachito de rulos que tiene al yankee de nombre Steve al lado, y que es Emilio Renzi, que es Ricardo. El vivía allá por aquellos años y yo también viví en Mar del Plata (yo soy un poco más chico que él). Como Ricardo aparece transmutado en personaje, quise hacer un Piglia que todavía no era Piglia, sino más bien un pibe. Entonces se me ocurrió escribir un cuento sobre Piglia que después derivaría en ese cuento increíble y perfecto que es ‘El fin del viaje’. Y ese es el cuento: buscarle una prehistoria imperfecta a un cuento perfecto de un autor notable”. 

Sasturain se permite en los cuentos una licencia que, quizás en las conveciones de la novela policial o la forma más ajustada (“apretadita” diría) de la novela para un público juvenil, no puede: la experimentación. Si bien en la conversación se decanta por los grandes nombres de la literatura argentina (“Tenemos cuentistas a patadas”), con “el Maestro” a la cabeza, pasando por Walsh, Bioy, Briante y Arlt, quien más resuena, paradójicamente o no, en sus cuentos, es Manuel Puig. Cierto uso de los registros, una tensión explícita entre la experimentación mesurada con las técnicas literarias y “extraliterarias”, desde la mitología revisitada de la historia argentina, el cine y sobre todo el cine negro de los sesenta con todos sus estereotipos invertidos, el bolero y el tango, a la parodia de cuentos, las malas traducciones, las sagradas escrituras y el relato futbolístico, mezclado con un oído poderosísimo para las modulaciones de la oralidad y los contrapuntos en diálogos muy bien orquestados. Sasturain escribe como habla, y, al mismo tiempo, esa presunta oralidad es el resultado de un trabajo de orfebre sobre la frase, incluido el uso de los adjetivos. Porque el adjetivo no está puesto en la frase para ornamentar o embellecer, o volver barroco o empastar con colorinche un texto, sino que, hábilmente, son utilizados siempre al servicio del ritmo, de la cadencia, de la trama que avanza gracias a la observación minuciosa de los personajes y nunca a la inversa. Personajes que pertencen ya al al universo sasturaniano: el perdedor de barrio, el superhéroe sin atributos, el chanta, el galán, la mujer fatal de la cuadra. Personajes nunca nombrados sino “apodados”, un estandarte del equívoco y el pique corto de palabras como clave literaria secreta que viaja siempre al revés. “Los cuentos míos son de personaje, no son tanto de situación. A mi no se me ocurre una trama, no parto de una trama, no. Es alguien que le pasa algo. O que tiene una obsesión, o que tiene un mito personal para desarrollar. Alguien que encuentra algo que cree que es el sentido. Alguien que encuentra un sentido aparente. Eso es lo que dispara la acción y a donde carajo va a parar es lo que hace avanzar a la escritura con todo lo que viene después”.

Muchos de esos personajes parecen pelear contra lo que les pasa como los personajes de comedia. ¿Qué lugar ocupa el humor en tu narrativa?

   –El humor es parte constitutiva de nuestra comunicación. Invirtiendo un poco el razonamiento, se suele decir que el humor es un rasgo de inteligencia. Pasamos por inteligentes si usamos el humor. Esa sería una mirada más descarnada y un poco cínica. Sí creo que el humor no debe ser reprimido cuando es espontáneo, cuando es un elemento muy habitual en nuestra comunicación. Y la literatura es básicamente comunicación. Y la confusión en el área de la escritura, de la literatura, de la solemnidad es bastante arraigada. 

¿Incluso hoy?

   –Sí, sí. Un tipo que hace reír no puede ser un escritor importante. Porque parece que hay una funcionalidad, tiene una intencionalidad, como si se usara el lenguaje para otra cosa y no para trabajarlo como lenguaje. Como un cuento de terror, que está escrito para asustar. ¿Qué es lo que subrayamos? Que nuestros grandes escritores, la inmensa mayoría, trabajaron el humor en sus textos. ¡El mismo Walsh! En Borges atraviesa la obra. Uno se olvida que Pierre Menard es un cuento humorístico. En “El aleph” el tratamiento es humorístico. El humor está atravesando su obra su obra todo el tiempo. Y eso no le quita la profundidad.

Dentro del humor, quizás la parodia tiene un prestigio que el chiste, más asociado a lo pasajero, no tiene. Varios de tus relatos parecieran revalorizar el uso del chiste como una forma literaria.

   –Dolina, por ejemplo. Se lo ha estigmatizado por eso que decís. A Dolina mucho no le gusta que se lo defienda, y me parece que está bien, por que no creo que lo necesite. Pero se lo toma a veces como un escritor menor o se lo ridiculiza por la utilización de los medios masivos y ciertos tonos de su escritura. Hay que ir a los textos. Si un texto de Dolina llevara el nombre de un yugoslavo que se descubrió hace poco, sabés cómo van. Hay que ir a los textos. No sabemos si van a durar o no van durar. Si el señor Dolina, si el señor Arlt, si la señora Hebe Uhart. El texto. Ya nos olvidaremos quien vivió antes o después. Los textos, viejo, qué se sostiene y qué no. Seguimos leyendo con las anteojeras, los prejuicios, las predisposiciones negativas o positivas. Cómo leemos ahora las novelas del Turco Asís de los setenta. Y bueno, cuesta desmarcar a los escritores. Después discutimos un montón de cosas más. Pasa en todos lados, en todas las literaturas. Quiero decir que son los mecanismos generales de la cultura. Lo mismo que me puede pasar a mi hoy, con algunas cosas que se están haciendo ahora, y no podemos percibir su originalidad, su calidad. No es un pecado de los otros. Son los mecanismos habituales con los que nos movemos, cómo leemos.

Y ahora, ¿cómo leemos ahora? 

   –¡Ah, no sé! Yo leo cosas viejas. Yo ya releo. Otras veces, leo. Pero más releo. Leí la última de De Santis, o las cosas que publicamos en la colección Negro Absoluto. Pero en general leo para atrás Ahora estoy con Lawrence Durrell, los ingleses de la generación del 30, 40. Siempre decimos que lo más hermoso que tiene esto es ser infinito. Como un cuento bien escrito. Eso es lo que queda en definitiva, y lo único que importa.

Cuentos reunidos Juan Sasturain Alfaguara 549 páginas