La vuelta del templo
A fin de mes bajan los andamios de la restauración de la sinagoga de la calle Libertad, una de las mejores del país y una pieza notable del patrimonio porteño.

En cosa de días, antes de fines de este mes, los porteños van a tener la alegría de volver a ver el Templo Libertad. Oficialmente la Sinagoga de la Congregación Israelita de la República Argentina, el edificio de Libertad casi Córdoba es una de las piezas patrimoniales más valiosas y bonitas de la ciudad, y una de las cuñas del entorno de las plazas de Tribunales. Cuando bajen los andamios se va a empezar a ver mejor este espacio verde en pleno centro que ya estrenó una reforma cuerda de la plaza y la reciente puesta en valor de la Escuela romana. El gobierno porteño hizo todas las obras como parte del proyecto de renovación del espacio, con el arquitecto Juan Vacas al frente.

A esta sinagoga hay que verla de cerca para apreciarla, con lo que uno bendice el andamio. Aunque se proyectó en la década del veinte para reemplazar un modesto templo muy anterior, el edificio de Eugene Gartner y del ingeniero Alejandro Esquin se inauguró recién en 1932. Su diseño final, y sobre todo su notable interior, remiten a la sinagoga alemana de Essen, que fue destruida en 1938 por los nazis en la Noche de los Cristales Rotos. Este eco alemán indica, de paso, el origen de la comunidad que encargó el proyecto.

La fachada es de una calidad rara entre nosotros, hecha en un Piedra París que engaña como pocos por la claridad de la incisión y la calidad del material. Esto es particularmente notable porque para 1932 ya se utilizaban cementos “de bolsa” y no mezclados a mano. La cosa es que hasta con la nariz pegada al material se duda si se está viendo piedra tallada o imitación de cementos, un homenaje a la mano de los autores.

En estilo, el frente es de un sorprendente Decò, con las guardas dinámicas como chevrones utilizadas en un entorno genéricamente bizantino. Esto es, después de todo, Buenos Aires, una ciudad de estilo ecléctico que nunca se puso demasiados límites de academia. Y como siempre pudo ver el caminante más distraído, el diseño estalla en dos piezas de mosaico vibrantes y coloridos, uno en un arco de medio punto sobre la entrada y el otro, enorme, en la gran estrella de David en las alturas. El resultado es un templo aplomado, “importante”, pero dinámico y capaz de despertar la curiosidad del que lo mira. En el remate, que es un muro de presentación que apenas esconde una techumbre, se alza una tabla de la ley: cosa curiosa, este motivo tan raro abunda en este lugar, ya que el Palacio de Tribunales tiene otros dos.

Lo que el equipo de restauradores y arquitectos -Flavia Rinaldi,Lucía Maglio, Lucas Molinero. Camila Piris, Brenda Vasser y Mariana Rodríguez Ponce- encaró fue la limpieza, reposición de faltantes y reparación de la sinagoga en sí y de sus dos vecinos, el Centro Comunitario que se aloja en una linda residencia de un Liberty muy italiano, y el Museo Judío de nuestra ciudad, alojado en un pacato petit hotel a la francesa de Mendonça Paz. Los dos edificios más chicos fueron pintados y repintados a lo largo de los años, perdieron ménsulas y ornamentos, y están siendo recapados y reparados por las reglas del arte.

La sinagoga es un caso diferente. Aquí no se trata de pinturas aplicadas sino arrojadas: la planta baja guardaba por todas partes marcas de bombas de alquitrán y de pintura roja arrojadas por antisemitas de toda laya, comenzando en 1934 cuando los nazis locales hasta hablaban alemán. Esto dio un trabajo diabólico, porque asfalto viejo y cemento duro se maridan de un modo particularmente duro. También fue extraordinario el esfuerzo para limpiar las manchas negras que abundaban en los sistemas de ornamentos y que no respondieron a los tratamientos usuales. Con mucho cuidado, hubo que usar solventes fuertes y saber cuándo parar, aceptando que no se puede seguir gastando el material. El resultado es una restauración de criterio moderno -y cuerdo- en el que un edificio viejo no queda a nuevo sino que queda limpio, mantenido, presentado, pero mostrando un poco su edad.

Las partes perdidas, no tantas como se podría pensar, fueron copiadas y reinstaladas con buena mano. Los mosaicos fueron reconstituidos en sus faltantes usando la misma técnica original. Las mínimas teselas son de vidrio, con una capa pigmentada encima y un engomado que la proteja y fije. La piedra que recubre el basamento, esta sí piedra verdadera, fue despintada con cuidado y recuperó su textura original. También se retiró un alero curvo que cubría la entrada, un agregado entendible pero fuera de lugar. Lo que falta es tratar la escalinata de entrada, también de piedra, instalar una iluminación con led, y bajar las cañerías, con lo que se calcula que se llega a fines de este mes. 

La sinagoga de la calle Libertad es Monumento Histórico Nacional desde diciembre de 2000 y también está en el APH del entorno de la Plaza Lavalle, uno de los mejores de la ciudad. Restaurarla, con sus vecinos, es una buena inversión y un trabajo a futuro, y un atisbo de políticas públicas generosas.

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