Política y contabilidad

Durante un acto de homenaje a los cinco rosarinos que murieron durante un atentado en Manhatan, mientras festejaban los 30 años de graduación en el Instituto Superior Politécnico de Rosario, el presidente Macri, luego de patentar en la Argentina el culto a la amistad, terminó su discurso con el siguiente párrafo: “lamentando mucho que hoy nos reunamos por estas circunstancias pero contento porque también esto nos da una oportunidad de fortalecer el amor y el trabajo en conjunto”. Quedaba así desnuda su política del número: a cinco muertos oponía “muchos” dispuestos “a seguir con sus vidas” y a colaborar en la caza antiterrorista mundial. Aunque su contabilidad más audaz fue cuando dijo haber calculado en 562 a los argentinos que sobran para aceitar la coreografía neoliberal sin que el hielo se resquebraje bajo los pies. Hombre para el que pruebas y evidencias, cuando no son plantadas constituyen un moscardón judicial, declaró que a ese número se lo ha inventado, sugiriendo como tiro por elevación que otros números como 30.000 desparecidos también podrían ser inventados a pesar de la irrefutable pedagogía de Martín Kohan cuando demostró a viva voz como bajar a 8000 ese número era negar la dimensión clandestina de la desaparición forzada. En ese caso al performer del cambio no le importó utilizar una metáfora del tiempo de la guerra fría al sugerir que esos palos en la rueda bajo la forma de gremialista, periodistas, empresarios y opositores varios había que mandarlos en cohete al espacio. No hizo falta formar parte de esa especie en extinción –el intelectual crítico– para interpretar en la fantasía de hacer que 562 tengan el destino de la perrita Laika un cierto parentesco con la filosofía videlista que situaba a los desaparecidos entre los que no estaba ni vivos ni muertos. ¿Era obvio? Metámonos el metalenguaje en la mortaja que el tajante 562 convierte en amenaza y dejémonos de bananadas retóricas para afinar la interpretación: una orden no se interpreta: se cumple o se desacata como en la serie de marche preso de hoy, ejemplo ritual de cohesión y espectáculo de intimidación para opositores: lo que nosotros consideramos fallidos son planes (“prometo poner preso a un chico por día” ha dicho el ministro Bullrich), la autocrítica sin enunciación en primera persona, una cartilla estratégica (“los derechos humanos son una defensa de la guerrilla” ha dicho la ministra Bullrich). Es que para el macrismo la memoria es melancolía, la crítica, una patología del subdesarrollo, la inteligencia un síntoma a curar bajo la fórmula” usted podría sanar su vida”.  

Las cuentas de Walsh

El número muestra su potencia en la cola de ceros, es decir en el redondeo. Va más allá de la comprobación fáctica como desea la crítica positivista cuyo objetivo último es la negación. El redondeo facilita la memoria y la abstracción simbólica. Rodolfo Walsh tenía una política del número: leyendo entre líneas las publicaciones de la prensa oficial, hacía sus cálculos hasta conseguir una información de alto impacto que utilizaba con la fuerza de una figura retórica como en su Carta a la Junta Militar.

En Cartas a mis amigos Rodolfo Walsh describe la muerte de su hija Vicki durante un operativo realizado en una casa de la calle Corro, donde se encontraba reunida con un grupo de compañeros de la organización Montoneros, con palabras medidas pero son las cifras las que gritan: 150 faps y una muchacha en camisón, cinco cadáveres y una nena de un año (la muchacha ese día cumplía 26). Es decir que señala la desproporción entre el número de soldados emplazados, y pertenecientes a dos armas –Ejército y Policía–, la presencia de un helicóptero y un tanque contra 5 militantes cercados. Luego, como saldo de tal despliegue operativo, 5 cadáveres y una nena. 

Voy a hacer una performance y cometer una impertinencia: colocarme en el lugar de Walsh frente a la doble página de La Opinión del 2 de octubre de 1976 en la que se informa sobre el operativo donde murió su hija, hacer unos cálculos, imaginar que él podría haber hecho otros semejantes y tal vez con un recurso técnico no mejor que una lapicera, una libreta y el saber sumar. Aclaro: no quiero una cifra, cuya exactitud sería imposible de probar, sino experimentar una lógica. Extiendo la fotocopia sobre mi escritorio. La volanta general se alinea a la derecha y se repite a la izquierda: “La lucha antisubversiva”. La nota central sobre el operativo  tiene como volanta “Eran cabecillas del grupo puesto fuera de la ley en 1975 y desarrollaban una organizada labor de infiltración”, y como título “Hubo cinco extremistas muertos y cuatros detenidos en el enfrentamiento de Floresta”. La nota se divide en un “Parte oficial” y “Testimonio de los vecinos”. El Parte Oficial alterna con la noticia de que, con regularidad, a través de un megáfono, el coronel Roualdes, jefe del operativo, ha pedido rendición repetidas veces, alentando a salir a los ocupantes de la casa con los brazos en alto. Bajo la nota central y con el título La cúpula recibe golpes decisivos hay otra nota que registra 19 operativos realizados desde julio hasta septiembre de 1976. La suma de los abatidos por la Policía y el Ejército sobre los que informa esta doble página es (según mis cáculos) de 57 muertos, 78 detenidos, tres de los cuales “aclararon su situación y recuperaron su libertad”. Incluye también un pedido de identificación de un cadáver carbonizado y un pedido de hábeas corpus por un empleado que fuera apresado en su domicilio “por un grupo armado”; estos últimos datos enmarcados bajo el título “Un procedimiento antisubversivo en el Sur”. El análisis de estas dos páginas permite reconstruir la contabilidad de denuncia practicada por Walsh, una contabilidad que en la Carta a la Junta Militar parece redondear hacia adelante las cifras enrostradas. En dictadura hay que hacerlo para encontrar el número justo: me bastó esta prueba para apoyar la contabilidad de Walsh ya que, en esta doble central de La Opinión (páginas 10 y 11), la totalidad de las noticias cuando informan sobre el abatimiento de miembros de la conducción de Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), omiten la precisión sobre el número de los otros caídos y la reemplazan por el eufemismo “varios”, que debería estimarse en una proporción calculada en base a la interpretación de testimonios, el acceso de otras fuentes de información y la lectura de los crímenes publicados en la sección policiales de la prensa en la que suelen camuflarse los crímenes políticos. Por eso el número justo siempre aumenta.

Y podría decir que aumenta porque, siempre en los cálculos de Walsh, se trata de la denuncia y de hacer justicia. No exagera porque hay números justos e injustos; injustos, cuando son de pagos por debajo del valor, de fábricas cerradas, de bienes expropiados, de desocupados, de viudas, de asesinados, de desaparecidos. Esos nunca podrían constituir un cálculo de más porque justamente se suelen borrar, ocultar o castigar hasta con la muerte de quien busque justicia haciendo sumas que no mienten en sus ceros continuados.

Hay números justos que lo son en el doble sentido –por exactos y por hacer justicia– como el de nietos recuperados por las Abuelas de Plaza de Mayo, que suman 125. Ahí la disminución no sirve al negacionismo, es disminución de los nietos que faltan, descuento del horror. En cambio la numerología macrista “inventa” contando de más los opositores amenazantes e informando de menos sobre las represalias a instrumentar. Porque la lista negra no solo es negra por su sentido negativo –no hay tiempo para nuestros escrúpulos lingüísticos que cacarean ante el hecho de que “negro”  exprese el horror (peste negra, viernes negro, camino negro)– sino porque ilumina ciertos nombres como advertencia  e intento de aniquilación política mientras que deja otros en la sombra para sembrar la paranoia y el terror de llegar a estar incluido .”Me lo inventé” dice Macri y, como toda invención-amenaza podría seguir sumando para adelante como en el poema atribuido a Brecht Primero se llevaron…

Hoy, el Estado forajido, en lugar de dar sus pruebas ante los delitos de los que se lo hace responsable, es el que exige a las víctimas pruebas y evidencias, levantándoles prontuario, violando sus intimidades y, en un nuevo negacionismo, redondeando para abajo la contabilidad del terror, volviendo urgente la política del número walshiana, para una contabilidad de justicia, donde Bartleby el escribiente preferiría hacerlo.