La angustia se hace militancia
“Basta de tibios”, dice esta crónica desde el fondo de la garganta trans. Un grupo de compañeras trans y travestis confeccionaron un cajón rosa. Lejos del cajón que en contiendas políticas representa el odio hacia los otros, aquí grita el odio que los demás tienen hacia esta comunidad.
Imagen: Sebastián Freire

Cae la tarde, el cielo está rojo, hay colores por todos lados, todo es fiesta, alegría. Sin embargo tengo una rara sensación, una mezcla de emociones: alegría y angustia. No puedo dejar de pensar en la cantidad de veces que estuvimos este año en la plaza pidiendo por nuestras compañeras asesinadas. Se parece un poco a cuando en las fiestas de año nuevo recordamos a nuestros familiares que ya no están y eso nos moviliza y, por otro lado, renovamos nuestras luchas y alegría por los logros conseguidos. Siento un malestar pero sobre todo, siento. Eso es lo importante. Es un malestar, una falta en el cuerpo pero en el cuerpo no tengo heridas. Formo parte, de acuerdo a las estadísticas y a lo que ve quien quiera ver, de una excepción.

Comienza la Marcha, lxs que pueden se van subiendo a los camiones. La música no para, las banderas recuerdan Lohana, Diana, Pía y todas nuestras compañeras que ya no están. La consigna es clara: Basta de femicidios a travestis, transexuales y trangéneros. Basta de violencia institucional. Orgullo para defender los derechos  conquistados.

Los medios hegemónicos que están cubriendo son cada vez menos. Se agolpan a los costados tratando de sacar alguna nota de “color”. Mientras tanto me pregunto por qué será que los travesticidios no impactan de la misma manera en los medios como otros crímenes. Intento interpelar a alguno de los llamados “periodistas” que están allí y no encuentro respuesta. Me preguntan por qué estoy vestida de negro y llevando un cajón fúnebre. La pregunta revela que ni siquiera se molestaron en leer el lema por el que marchamos. 

Me molesta la tibieza. Tibio lo digo como una calificación de espanto. Basta de tibios, estamos en una situación apremiante donde el orgullo es la respuesta a la humillación, al abuso al maltrato, a la exclusión, a la mirada socarrona, a la risa. La violencia estuvo siempre. El Estado tiene que reparar la sangre derramada.

La población trans viene denunciando lo que está sucediendo. El maltrato policial es cada vez mayor y en muchos puntos del país se siguen aplicando los códigos contravencionales. La noticia es la marcha de Buenos Aires pero durante varias semanas en distintos lugares -Córdoba, Río Negro, Rosario- se realizaron encuentros. Nada de todo eso se vio en los medios. El tratamiento mediático en general no hace eco de los reclamos de justicia. El último travesticidio que tuvo impacto fue el de Diana Sacayán, porque era una activista reconocida y porque ocurrió días después de la aprobación de la Ley de Cupo Laboral Trans. Las palabras construyen sentido, hacen o no hacen. La vida de las personas travestis, trans sigue siendo en promedio de 35 a 40 años. Eso me angustia y en la angustia reside parte de nuestra libertad. Recuperar algo de esa angustia es clave para que nadie nos conforme.