PLáSTICA › METABOLISMO Y COMUNICACION: EJES DE UNA MUESTRA EN MADRID

Sobre un banquete algo indigesto

Una muestra inteligente, divertida y dramática reflexiona sobre los efectos del flujo continuo de datos, materia, energía y capitales. Obras de Beuys, Paik, Hirst y Grippo.

 Por Fabián Lebenglik

En el Centro Cultural Conde Duque se presenta en estos días y hasta el 23 de noviembre la lúcida exposición “Banquete: metabolismo y comunicación”, que gira en torno de la alimentación y las redes informativas; los nuevos hábitos de consumo (las comidas rápidas), conjugados con la sobrecarga noticiosa de banalidades on line y aderezados con basura televisiva, así como sobre las sociedades distantes conectadas las veinticuatro horas para intercambiar datos, mercancías y consumidores.
Como si fuera una versión reducida de algunas de las grandes bienales de los últimos años, la muestra reúne a un amplio y a la vez selecto grupo de artistas de todo el mundo que trabajan sobre todos los medios y técnicas: instalaciones interactivas, arte en la web, dibujo, videoarte, escultura, animación, fotografía, etcétera.
Un equipo de curadores españoles y alemanes, encabezado por Karin Ohlenschläger y Luis Rico, junto con Iván de la Nuez, Sabine Himmelsbach y Peter Weibel, seleccionaron obras de 63 artistas –consagrados y emergentes– de 24 países, entre los que se incluye la obra del argentino Víctor Grippo, muerto el año pasado. Grippo es uno de los artistas argentinos cuya obra, desde hace más de treinta años, viene generando un gran interés en la escena del arte internacional. Durante 2002 y 2003 su obra participó de muestras tan importantes como la Documenta XI de Kassel; “Versiones del Sur” (en el Palacio Velázquez, que depende del Museo Reina Sofía) y actualmente en este “Banquete” madrileño.
En la presente muestra sobre metabolismo y comunicación se pueden ver obras de Marina Abramovic, Joseph Beuys, Patty Chang, Douglas Davis, Damien Hirst, Jenny Holzer, Majima, Gordon Matta-Clark, Nam June Paik, Daniel Spoerri, Sam Taylor-Wood y Peter Weibel, entre otros.
Pero como toda muestra contemporánea de artes visuales que se precie, su planteo excede la comarca de lo visual para integrarse a un debate integral en el que intervienen científicos, intelectuales, filósofos, escritores, ensayistas, críticos y otros pensadores. Entre estos últimos se cuentan Peter Sloterdijk, Román Gubern, Roger Bartra y Charles Kiefer, entre otros.
Las discusiones tienen lugar en talleres abiertos en el que los diferentes especialistas reflexionan, como los artistas, aunque por otros medios, acerca de las estructuras y procesos que rigen y condicionan la vida contemporánea. Se busca cuestionar y poner en crisis los hábitos de consumo, los lugares –reales o virtuales– de encuentro; los mecanismos, procesos y medios de comunicación, así como la relación con los otros.
Los organizadores de la muestra y los debates establecen un corte histórico que abarca los últimos treinta años. En este sentido, las obras seleccionadas abarcan están fechadas entre comienzos de los ‘70 y mediados del 2003.
La muestra se divide en un prólogo, cuatro partes e intervenciones urbanas.
El prólogo (en el patio) consiste en obras relacionadas directamente con la alimentación: la española Miralada presenta la intervención “Panlingua” (2003) que consiste en la fabricación de panes en hornos de barro: mientras amasa los panes, la artista introduce en la masa mensajes impresos que recibe a través de Internet y luego imprime.
En el mismo patio, el alemán Andreas Wegner colocó una gigantesca antena parabólica hecha de espejos la cual refracta y concentra calor suficiente (y constante) para cocinar grandes cantidades de comida que luego reparte.
Los cuatro capítulos de la muestra son: 1) Micro-macro; 2) (In)comunicación; 3) Patologías cotidianas y 4) Procesos emergentes. Mientras que las intervenciones urbanas están a cargo de Jenny Holzer consus frases proyectadas o exhibidas en carteles electrónicos en connotados edificios de la ciudad.
La sección “Micro-macro”, donde se incluyen dos obras de Grippo –sus célebres papas interconectadas por electrodos para transmitir energía y alimentar dispositivos electrónicos–, a la relación de interconexión que hay entre lo más grande y lo más pequeño. Analogías entre el macrocosmos y el microcosmos. Algunas de las obras (relacionando las formas de vida bacteriana con las agrupaciones y comportamientos humanos) funcionan como contextualización y relativización de las conductas de los seres vivos.
En la obra de Sam Taylor-Wood, por ejemplo, una tradicional naturaleza muerta proyectada sobre una pantalla ilustra sobre el proceso de descomposición de un conejo muerto por vía de una infinita colonia de microorganismos que, en segundos –por el efecto de condensación del tiempo que supone la cámara rápida–, da cuenta de toda la materia orgánica: un proceso de naturaleza muerta que se convierte en naturaleza viva, cuando disminuye la materia del conejo y aumenta notoriamente la cantidad y el volumen de los microorganismos.
La obra del norteamericano David Porter (fechada en 1968), un video de dos minutos, muestra cómo un microorganismo marino llamado Labyríntula genera una matriz, dentro de la cual vive, se traslada y toma contacto con las demás células. La analogía visual y funcional con los seres humanos resulta evidente.
La sección “(In)comunicación” aborda el modo en que los medios y la tecnología han desplazado el lugar simbólico, cultural y social de la mesa (la situación de la reunión alrededor de la mesa) de modo que ahora se está más conectado y más cerca de lo distante, pero al mismo tiempo más lejos de lo cercano. En ese sistema de distancias, una de las estrellas de la muestra –en este capítulo– es la Documenta 6 de Kassel (de 1977). Las obras de Joseph Beuys, Nam June Paik y Douglas Davies tratan sobre la cuestión de la tecnología, la transmisión de imágenes, las emisiones vía satélite, los programas y transmisiones en tiempo real. Además se exhibe el modo en que Beuys dio a conocer la Universidad Internacional Libre, generada para proponer nuevos modelos políticos, sociales, económicos y a favor de la preservación del medio ambiente.
En otra de las obras, Mesa de conflictos móviles (de 1994), la artista española Concha Jerez presenta una mesa-valija de picnic con sillas portátiles incorporadas, sobre la que están servidos cuatro platos con microtelevisores en los que se proyectan noticieros de guerra: una especie de menú bélico que hoy es un plato común en los hogares que desayunan, almuerzan o cenan a la luz de los “conflictos quirúrgicos” sobre los que “informa” la tele.
La misma artista presenta una obra reciente, No hables con la boca llena (2003), que consiste en una pieza sonora en la que se oye un boletín radial informativo en el que los locutores leen las noticias mientras comen. Todos los ruidos de la ingesta se oyen nítidamente, de modo que forman parte del mismo menú indigesto. Se trata de una de las obras que más literalmente responde al planteo de la muestra: “Metabolismo y comunicación”.
La sección “Patologías cotidianas” supone una crítica sobre algunos comportamientos de las sociedades (o grupos sociales) de la opulencia. Aquí se toma al ser humano y todas sus potencialidades se reducen a las de un consumidor/cliente. Es una sección que muestra –a través de videos, instalaciones, dibujos, fotografías, sonidos, etc.– un conjunto de adictos al consumo y su dieta principal es la información, la televisión y la comida basura.
Uno de los videos más impactantes de “Patologías cotidianas” es el ya visto en la Bienal de Venecia 2001, Oráculo (1999), de la sudafricana Minnette Vári, en el que una mujer desnuda y rapada, al ritmo de unamúsica tecno, come pedazos desgarrados de vísceras hechas de información. Los noticieros se vuelven pedazos maleables y comestibles, deglutidos ávidamente por la protagonista. Las secuencias que mastica son noticieros con imágenes de Sudáfrica.
El británico Damien Hirst ofrece la serie La última cena (1999), un conjunto de 13 serigrafías que lucen como cajas de medicamentos muy conocidos. Pero si bien casi todos los datos, colores, tipografías y demás coinciden exactamente con la de las cajas originales (aunque en escala gigantesca), sin embargo los nombres comerciales de los productos son otros: allí se lee, en su lugar: pollo, carne picada, papas fritas, etcétera. Se mezclan los productos alimenticios con los farmacéuticos en un ida y vuelta deliberado. El artista con esta obra establece un círculo vicioso y se pregunta por la química de los alimentos mientras sugiere que son los mismos alimentos los que luego nos llevan a consumir tales medicamentos.
Otro de los artistas, el búlgaro Petko Dourmana, exhibe un proyecto artístico en la web: “Metabolizador”. Allí ofrece, junto al cuerpo desnudo de un hombre, un menú de hormonas, productos químicos y drogas para que, a elección del visitante, sean inyectados en las combinaciones, dosis y cantidades que éste decida. Una vez establecido el “cóctel”, se aprieta el botón “aplicación” para que el cuerpo de la figura desnuda automáticamente se modifique y distorsione en relación con la composición y dosis de la aplicación dada. El resultado es tan impresionante como divertido: casi siempre el hombre-cobayo se convierte en algo monstruoso producto de una sucesión de hipertrofias y atrofias combinadas. Lo que el programa generado por el artista produce es la condensación en pocos segundos de los procesos químicos y biológicos que tales drogas seguramente causarían en un cuerpo sano en un lapso más prolongado.
El capítulo “Procesos emergentes” ofrece, a través de videos, documentales, instalaciones y proyectos comunitarios en zonas marginales, desvaforecidas o “de incertidumbre e inestabilidad”, la generación de planes sociales y formas de sociabilidad alternativos, de gran creatividad social.

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“El chico fideo”, de Majima (Japón); 3x3x1,60 metros. Abajo: dibujo de Bea Emsbach Alemania).
 
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