ESPECTáCULOS › EL “QUILMES FESTIVAL”, 100 MIL ASISTENTES Y UN BUEN SALDO ARTISTICO

El rock como un pasaporte a la felicidad

Intoxicados, Catupecu Machu y Bersuit Vergarabat pusieron punto final al encuentro, que cumplió su ambición de reunir en el cartel a buena parte de “lo que importa” en la escena. En la carpa VIP, en tanto, se vivió una suerte de “festival paralelo”.

 Por Esteban Pintos

Eran casi las dos de la mañana del lunes cuando la Bersuit cerró su caliente performance de rock ciento por ciento rioplatense, festivo y contestatario a la vez, para concluir el festival Quilmes Rock 2003. Este fue el primer intento serio –y finalmente exitoso– de producir en Buenos Aires un formato de show multiestelar al estilo de los que ya probaron su eficacia en Colombia (Rock al Parke) y México (Vive Latino), por citar dos ejemplos cercanos por ubicación geográfica, potencial económico e intenciones aglutinantes. Más de setenta bandas de todo color y pelaje, durante siete tardes y noches, entretuvieron y emocionaron a unas cien mil personas (105 mil fue la cifra oficial brindada por la organización). Estuvieron Gustavo Cerati, Las Pelotas, Ratones Paranoicos, Divididos, Spinetta, Babasónicos, El Otro Yo, Café Tacuba, Los Pericos, Die Toten Hosen, Attaque 77, Vicentico, Catupecu Machu y los mencionados Bersuit Vergarabat, más una larga lista de actores de reparto. O sea, además de los visitantes mexicanos y alemanes, la primera y segunda línea del rock argentino hoy, exceptuando a Charly García, Los Piojos y La Renga, grandes ausentes, aunque por distintos motivos: el rocker cincuentón porque sólo quería cerrar el festival y no se movió de sus trece; las bandas insignia del rock barrial porque no les interesó ni necesitan figurar en esta marquesina, ocupados como están en los shows presentación de sus nuevos discos Detonador de sueños y Máquina de sangre, respectivamente.
La última fecha, la del domingo, sumaba expectativas por varios motivos. En principio se anticipaba como la de mayor convocatoria, con entradas agotadas desde varias semanas antes, en gran medida por la presencia de la Bersuit, sin dudas una de las bandas de mayor crecimiento de convocatoria y repercusión del último lustro. Es interesante de analizar el caso del grupo que lidera Gustavo Cordera como ejemplo de “transversalidad” (palabra de moda en la era Kirchner) rockera, capaz de convocar todo tipo de público joven detrás de un mensaje y una estética netamente latino-argentinas en el siglo XXI, de fiesta y enfrentamiento al poder. Desde el impacto de “Sr. Cobranza” y “Se viene” como disparadoras de la resistencia al menemismo y su consecuencia aliancista, la Bersuit no paró de crecer como referente para un nuevo tipo de militancia juvenil encolumnada desde el rock. Su show del domingo, entre clásicos infalibles, estrenos y algunas exhumaciones de la época más caótica del grupo (del disco Don Leopardo), confirmó el estado de gracia popular que viven Cordera y Cía.
Pero, además de todo aquello, la última tarde-noche del festival ofrecía el interés de una combinación que se suponía, y luego se confirmó, explosiva: el carisma único (jugado, marginal, encantador) de Cristian “Pity” Alvarez al frente de Intoxicados, y la energía de corriente alterna-corriente continua que transmite Catupecu Machu en cada uno de sus shows. Así fue. Intoxicados mostró por qué su nuevo disco se llama No es sólo rock and roll en cuestión de segundos: viniendo de quien reavivó la llama rollingstone en el público rockero urbano con Viejas Locas, un rapeo como de cumbia villera pero con más onda (“Una vela”, crónica alucinada de putas, calles de tierra, marihuana y Los Simpson), y la sucesión de canciones pop con reminiscencias claramente calamarescas (quién diría), bastaron para encender la noche. A continuación, Catupecu Machu elevó la temperatura aún más, aunque no hizo falta demasiada arenga continua del infatigable Fernando Ruiz Díaz. Versionaron “Ciudad de pobres corazones” de Fito Páez y cerraron con una larga cabalgata al ritmo de “Dale!”, título por demás explícito.
Más allá de la convocatoria, armonía y multicolor presencia artística, éste fue un festival que, a juzgar por la abundante presencia de celebridades de cabotaje en un espacio VIP previsto por la organización y su correspondiente cobertura mediática, terminó de instaurar al rock como evento social convocante y nuevo escenario “donde hay que estar” (“¡fue todo el mundo!”, se exaltó ayer Viviana Canosa, conductora del show televisivo de chismes “Los profesionales de siempre”). Ese “todo elmundo”, según la cosmovisión Canosa, no fue justamente el de los miles de chicos de entre 15 y 25 años –por establecer una línea generacional– que pagaron 25 pesos como mínimo por cada jornada para ver un maratón de artistas en tres escenarios distintos y que, tal como acostumbran en cada show de rock, celebraron su propia fiesta con el folklore de banderas (“trapos”), bengalas y coros multitudinarios. Bien puede decirse que hubo dos festivales corriendo paralelos. En áreas reservadas y la mayoría de las veces sin importar ni siquiera quién ni qué tocaba, fue creciendo una hoguera de vanidades atizada por modelos, futbolistas, músicos, figuras y figuritas de la tele, e incluso funcionarios públicos (ver aparte). Un nuevo tipo de farándula cool y posmenemista, que ahora gusta del rock.
Mientras, desde el escenario y hacia el predio preparado para la ocasión (un interesante modelo de montaje como de parque temático rockero) se desarrollaba la música. Allí estuvieron las mejores y más perdurables imágenes. Juanse y sus Ratones Paranoicos rodeados de chicas stone (con sus infaltables jeans, pañuelos palestinos, flequillo y zapatillas) para una caliente versión de “Satisfaction”; la descarga eléctrica, mitad furia mitad nostalgia, de Las Pelotas cerrando su show con “Fuck You” de Sumo. El viejo maestro Spinetta y los virtuosos Divididos rockeando en una versión de “Despiértate nena”. Cada momento del extraordinario show de Café Tacuba. La ovación que prenunció la aparición de Babasónicos, definitivamente instalados en un lugar de privilegio dentro de la escena local. El tremendo despliegue escénico de Campino, cantante de Die Toten Hosen, subido ¡al techo del escenario! para encender ahí arriba una bengala. Los alaridos de Fernando Ruiz Díaz. La fiesta de los pijamas al ritmo de la Bersuit. Y mucho más. Todas postales de este festival destinado a sacudir la modorra de una cultura rock a punto de cumplir cuarenta años de vida, nada menos.

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El encuentro también sirvió como ejemplo de convivencia de “tribus” sociales y musicales.
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