CIENCIA › AXEL NIELSEN, ARQUEOLOGO E INVESTIGADOR PRINCIPAL DEL CONICET

“Toda actividad humana deja rastros en el mundo material”

Trabaja hace 25 años investigando rastros del pasado prehistórico de la Puna. Aquí anticipa los planes de un nuevo centro de alta tecnología en Jujuy para el análisis de materiales arqueológicos. Será la plataforma más importante de su tipo en Sudamérica.

 Por Ignacio Jawtuschenko

Axel Nielsen es investigador principal del Conicet, doctorado en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba y en Antropología por la Universidad de Arizona, Estados Unidos. Su lugar de trabajo es la Puna. Busca rastros de los pueblos originarios, anteriores a la llegada de los incas a la región. Para eso excava en ruinas, exprime las piedras, y va más allá. En un viaje imposible al pasado, pasa meses en las soledades de los cerros, conviviendo con pastores de llamas, comunidades nómades, descendientes de esas antiguas sociedades prehispánicas, para relacionar sus hábitos con los restos arqueológicos.

Radicado hace 25 años en Jujuy, participa ahora de la puesta en marcha del “mayor centro de investigación de Sudamérica para el estudio de materiales arqueológicos”, el Instituto de Datación y Arqueometría (InDyA), sostenido por un consorcio entre las universidades nacionales de Jujuy y de Tucumán (Unju y Unt), el Conicet y la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la provincia.

Y no es casual la ubicación del nuevo instituto. Así como la Patagonia es un parque de diversiones para paleontólogos, el noroeste es el corazón de la aventura arqueológica en el país. Jujuy en particular es el epicentro de un mundo con 10 mil años de antigüedad que debe ser estudiado.

“La arqueología es una ciencia social con fuerte impacto sobre la identidad de los pueblos, juega un rol fundamental en la reconstrucción de la historia humana y está en plena transformación a través de su interacción con las ciencias exactas y naturales”, dice Nielsen en diálogo con Página/12.

–En el trabajo de campo, ¿hallaron alguna vez algo inesperado?

–Sí, la arqueología está llena de sorpresas. Por ejemplo, hasta hace poco lo que sabíamos de los incas era lo que ellos habían dicho de sí mismos a los conquistadores, una historia oficial, sesgada. Y lo bueno de la arqueología es que aunque los materiales a veces no son muy elocuentes, nunca mienten. Y descubrimos que ese supuesto estado benefactor incaico, respetuoso de otras religiones, no fue tal. En el yacimiento Los Amarillos, en la Quebrada de Humahuaca, se ve que por el año 1500 los incas queman y saquean sepulcros ubicados en el centro del poblado, seguramente considerados sagrados por aquellas comunidades. Algo similar pasó en importantes asentamientos del sur de Bolivia y norte de Chile. Esto revela una campaña de dominación cultural asociada a la conquista inca no mencionada en fuentes escritas.

–¿Qué encuentra observando la vida de los pastores de hoy en día?

–Una de las formas para entender sobre el uso y el significado de los restos arqueológicos es estudiar a las comunidades actuales, una línea de investigación que se conoce como etnoarqueología. Es uno de los enfoques más atractivos en el terreno de la arqueología, porque además de estudiar los restos materiales, permite hacerle preguntas a ese otro u observarlo en acción.

–Es una suerte de carrera contra reloj, muchas de esas culturas están desapareciendo...

–Sin dudas, es una suerte de arqueología viva. Puedo asegurarle que esa convivencia reaviva la imaginación arqueológica. Anduve mucho tiempo con pastores de llamas, que trafican sal con caravanas desde el salar de Uyuni hasta Tarija. La vida de un pastor es fascinante.

–Cuénteme...

–Son sociedades del desierto, que han aprendido a vivir en un paisaje inhóspito, organizadas con una relativa igualdad en sistemas sociales extensos, rizomáticos, que tienen muy pocas pertenencias, y se mimetizan con el ambiente.

–Pero, ¿qué rastros dejan?

–Dejan pocas huellas, apenas modifican el paisaje, por lo que son difíciles de estudiar arqueológicamente. De allí la importancia de entender su modo de vida para identificar las pocas marcas que dejaron en el pasado. A partir de lo que aprendí con ellos, me he dedicado en los últimos años a rastrear rutas de caravanas prehispánicas para intentar hacer una historia del tráfico entre diferentes zonas del sur andino.

–¿Qué enseñanza le han dejado esas comunidades?

–Sin romantizar al otro, ni caer en exotismos, digamos, son muy fuertes sus valores de reciprocidad. Hay un equilibrio entre el sujeto y la comunidad. Ser persona, ser alguien, es ser parte de algo mayor. Han cultivado por siglos una ética del bien común, de la cual podemos aprender mucho. Y han sobrevivido. Arrasados por tres siglos de colonia y dos siglos de liberalismo, todavía mantienen sus prácticas comunitarias, lo cual es un logro.

–Además de este trabajo de campo, está interesado en la arqueometría...

–Como en el resto del mundo, la arqueología argentina ha desarrollado una fuerte orientación arqueométrica en los últimos años, existe una trayectoria en esta línea, una masa crítica de investigadores y una demanda nacional. La arqueometría surge para conocer más sobre el pasado a partir de la aplicación de técnicas desarrolladas por la ciencias “duras” para el estudio de los materiales que se encuentran en contextos arqueológicos. Para nosotros, una de las primeras tareas es reconstruir el tiempo, datar los objetos y vestigios. Toda actividad humana deja rastros en el mundo material. Entender cómo se forman los materiales está en el centro de nuestra metodología. Es un ámbito transdisciplinario, convergen arqueólogos, geólogos, conservadores, físicos, químicos, biólogos e ingenieros.

–Quiere decir que muchos de los avances de la arqueología no se producen en las excavaciones, sino en los laboratorios.

–Sin dudas. Las técnicas provenientes de las ciencias duras son claves. Nuestro límite ya no está tanto en lo que encontramos, en los materiales mismos, sino en nuestra capacidad de hacerles buenas preguntas. Hoy, con el estudio de isótopos presentes en restos óseos, por ejemplo, se pueden detectar migraciones, o saber si un individuo se alimentaba con productos del mar o agrícolas, o los isótopos presentes en los huesos de camélidos permiten rastrear patrones de movilidad del ganado. Piense que cuando excavamos un sitio lo estamos destruyendo, por eso, lo que no se pregunta en ese momento, se pierde. Es como romper el documento sin leerlo. Por eso el desafío es agotar todas las vías posibles para obtener información, desde una señal química en el suelo, hasta los residuos microscópicos en las paredes de una vasija.

–¿Hoy en día donde se efectúan esos análisis?

–La mayor parte se contratan en el exterior, con la consiguiente dependencia científico-tecnológica.

–Con lo cual, el instituto nace para darle un impulso local a la arqueometría.

–Sí, será una plataforma tecnológica de alta complejidad capaz de realizar análisis arqueométricos que hasta hoy no se realizan en el país. Se instalará en Palpalá, allí se montará el primer acelerador por espectrometría de masas (AMS) del país y el tercer centro con tecnología de carbono 14. El objetivo es prestar servicios para investigación, y reunir capacidades científicas. Países vecinos como Chile y Bolivia no cuentan con la capacidad instalada para hacer estudios con carbono 14, por eso la idea es posicionarnos en el cono sur.

–¿Sigue vigente la técnica del carbono 14?

–Es el método que más ha funcionado, comenzó a usarse en la década de 1950. Es la columna vertebral de nuestras cronologías. Es un isótopo radioactivo que se encuentra en la atmósfera y por lo tanto en todos los seres vivos. Lo usamos para datar un grano de maíz, el carbón de un fogón o un hueso. A partir de la información que nos brinda armamos la cronología de los hechos. Es fundamental porque si algo es mal ubicado en el tiempo, las conclusiones pueden terminar siendo un disparate.

–¿Y qué utilidad tiene el acelerador para los arqueólogos?

–Es una tecnología que permite trabajar con muy poco carbono, es decir pueden estudiarse residuos muy pequeños, semillas o restos de comida que quedaron dentro de una olla. O en una pintura rupestre, uno puede tomar un pedacito microscópico, hacer la datación sin afectar la pintura, facilitando la conservación patrimonial.

–Si, por ejemplo, un equipo de arqueólogos llega al instituto, ¿la idea es brindarles el servicio de datación, ayudarlos a analizar los materiales?

–Se brindarán servicios que nadie ofrece en la región. Además del trabajo de datación (AMS y Carbono 14 convencional), contará con equipos para análisis físicos, químicos, geológicos, biológicos e informáticos, que se organizarán en forma de diez plataformas tecnológicas únicas en Latinoamérica, como biogeoquímica para la caracterización de materia orgánica en cualquier forma, para responder preguntas relacionadas a dieta y migraciones; geoquímica para caracterización de rocas, sedimentos o pigmentos, en función de preguntas, por ejemplo, sobre procedencia e intercambio de bienes, o paleoclima, entre otras.

–Mencionó que hay una trayectoria nacional en estas líneas. ¿Qué antecedentes hay en el país de aplicación de estas técnicas?

–Un punto de partida fue el trabajo de Alberto Rex González, pionero en la aplicación del método de datación por Carbono 14 en América del Sur. Se popularizan a partir de los años 90 y se consolidan a partir del primer congreso de arqueometría de 2005 en Rosario. La comunidad argentina de arqueólogos está entre las más productivas de Latinoamérica. Nuestra ventaja es que no todos los países tienen un Conicet, que sostiene un cuerpo estable de científicos dedicados a la investigación, con fuerte reconocimiento internacional.

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“Las técnicas provenientes de las ciencias duras son claves”, explica Axel Nielsen.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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