CONTRATAPA

De rostros y avisos

 Por Daniel Goldman *

Entre otras, la tarea pastoral me conduce a diario a la ecuación de la muerte como vicisitud de despojo ante las pérdidas y la gente que ama. La vulnerabilidad a la que el deudo queda sometido y el abandono que se produce es bien traducido por Freud al decir que cuando perdemos a alguien no siempre sabemos qué es lo que perdimos en esa persona. El dolor del duelo implica reconocer que algo se extravió y ya no todo es lo mismo, ni lo será. Fue desde ese espacio de pérdida pero fundamentalmente amalgamada con esperanza que, en su momento, una de las cosas que me condujeron a PáginaI12 tuvo que ver con los avisos diarios sobre los desaparecidos, de modo tal que el esfuerzo de familiares y amigos por mostrar el rostro de la denuncia de un duelo sin cuerpo, hecho de manera gráfica, fuera uno de los modos de sacudir a nuestra sociedad para no olvidar la tragedia que la asoló. En este sentido, la memoria es un vehículo de articulación con la lucha por la reivindicación del profundo derecho humano de la vida, siendo que toda ética social se basa en la memoria, y de manera inversa, toda memoria se basa en una ética social. Veinte años, en su cotidianidad confrontándonos con las caras de quienes fueron los contemporáneos de nuestro ayer, y que hoy se asemejan de modo etéreo, en la tersura de la piel, a los rostros de nuestros hijos, me sigue proponiendo cada día una sensación de escándalo interior en el devenir de una historia que no puede vacilar en su relato objetivo en cuanto al papel de la responsabilidad del Estado. Fundamentalmente el lugar de los organismos de derechos humanos tuvo y sigue teniendo que ver con el señalamiento de la culpabilidad del Estado en la tarea de la desaparición. Esta premisa básica no puede ser sometida a ningún debate, ni a ninguna forma de revisión subjetiva u objetiva de la historia, ya que gobernar, entre otras cosas, significa legitimar el derecho y sus instituciones, preservando la vida de quienes participan de la sociedad. Quien no lo hizo debe ser condenado, si es que la Justicia así lo entiende luego de un juicio previo y justo, oportunidad que no tuvo el desaparecido en su garantía como sujeto de derecho. Y alrededor de esto no existen dos relatos. Este principio se vincula con la ética a la que hacía referencia anteriormente.

Volviendo de modo genérico al tema de los avisos gráficos, en materia de recuerdos cotidianos, los de Página no son fúnebres, ya que esta categoría está vinculada con la muerte y no con la desaparición. Por lo tanto queda claro que la intención de honrar en los avisos creados por Página converge con el acto de seguir estremeciendo sin abandonar la denuncia.

Retomando lo fúnebre, distinto y tradicional es el caso de la mayoría de los periódicos que, en un lugar disipado de las últimas hojas, reservan un espacio para esos avisos como forma de enlazar la muerte con la vida, con la única intención explícita de asignar subjetivamente la honra del fallecido en principio, sin ningún tipo de demanda social. Quienes, por curiosidad o por otras razones (hasta inclusive morbosas), leemos diariamente los nombres de quienes fallecieron con los detalles de quienes se solidarizan con su familia, podemos descubrir en esa forma pública de expresión una red de sentimientos, amistades y obligaciones.

Y si bien el aviso fúnebre no es lo mismo que la necrológica, que hasta desarrolló una suerte de género literario por sí mismo, se emparienta de alguna manera y se cruza con ella. El bien recordado Pereira, protagonista de la novela de Antonio Tabucchi, es un escritor de obituarios, que contrata a Monteiro Ro-ssi para que lo acompañe en su tarea periodística. El primer artículo escrito por Monteiro trata sobre la muerte de García Lorca, sobre el cual Pereira muestra insatisfacción ya que entiende que no les corresponde a los diarios relatar cómo ha muerto y en qué circunstancias, sino simplemente decir que murió. Pero Monteiro Rossi es un hombre comprometido políticamente y ve las cosas de un modo diferente de como las ve Pereira.

Yendo más atrás, en el idioma hebreo, la palabra “hesped” caracteriza a toda una manera laudatoria de dirigir a los vivos la memoria del muerto con las más conmovedoras palabras con las que cada uno de nosotros nos sentiríamos agradados para superar nuestro propio olvido. Esto mismo se repite en casi todas las culturas.

Volviendo a los avisos fúnebres, me atrevería a sostener que colocarlo en un diario implica la expresión por el lamento de la pérdida, al que se le añaden otras dos categorías: la publicitación en sociedad y la condolencia con los deudos.

La condolencia resulta una categoría sumamente profunda, porque significa establecer un lazo existencial de sintonía en el mismo rango de dolor con un otro. “Condoler” es “doler con”. Es decir, la expresión ontológica que, más allá de un sufrimiento, genuinamente grita mi “yo” con “otro” por la misma causa. Por eso la acción de condoler resulta uno de los mayores actos de sinceridad. Con alguien con quien me enfrento de manera raigal desde mis sentimientos e ideológicamente, no me puedo condoler, y sí puedo hacerlo con quien no me quiero diferenciar. Todorov decía que la memoria ejemplar no hace desaparecer la identidad de los hechos, sino que los pone en relación unos con otros, establece comparaciones que permiten distinguir las similitudes y las diferencias. La memoria expresiva de con-dolencia hace que me una al otro, y es su ausencia la que puede diferenciarme radicalmente de ese otro. Valga como ejemplo el viernes pasado, en el que algunos avisos fúnebres consignaban el fallecimiento de la esposa de José Martínez de Hoz. Más allá de esta costumbre que también demuestra un carácter de piedad que puede no reivindicar a otro sino a uno mismo, en esta suerte de redes condolientes se podrían comprender lazos, vínculos, afinidades y la trama de una historia que sigue estando presente. Tal vez cometa una equivocación conceptual, ya que desde el lugar espiritual puedo apelar al sentimiento religioso de misericordia “por” la muerte de la esposa, pero no podría condolerme “con” un personaje como Martínez de Hoz. Humildemente, invocando la coherencia entre sentimientos y conductas, considero que condolerse con Martínez de Hoz es incompatible con el ser democrático. Expresar de manera pública esa condolencia dice mucho del quién es quién y en qué lugar se ubica cada uno. Obviamente ningún duelo es un acto privado. Siempre es público y revela la condición social que también nos constituye como personas en cuanto a nuestra calidad humana y en nuestro vínculo con las memorias individuales y colectivas, como así también con nuestros olvidos intencionales y de los otros.

* Rabino.

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