CONTRATAPA

Pueden llamarme Vermeer

 Por Juan Forn

En mayo de 1945 comenzó casi anónimamente en Amsterdam un juicio contra un supuesto colaboracionista de nombre Hans van Meegeren. El acusado enfrentaba la horca por haberse enriquecido entregando patrimonio cultural holandés (léase, cuadros famosos) a los nazis. El juicio saltó de golpe a la primera plana de los diarios holandeses cuando Van Meegeren confesó que el Vermeer que le había cambiado al mariscal Goering por ciento treinta y siete pinturas de viejos maestros flamencos era en realidad una falsificación (es decir que, en lugar de acusarlo de enriquecimiento ilícito y traición a la patria, debían condecorarlo como héroe de guerra por recuperar esos ciento treinta y siete cuadros que Goering había confiscado a museos holandeses) y, para el estupor general, agregó que la falsificación la había hecho él mismo.

Falsificar un Vermeer no es lo mismo que falsificar un Picasso. No sólo por la antigüedad (es un pintor del siglo XVII), sino porque su obra es legendariamente exigua: sólo se conocen treinta y cinco auténticos Vermeer (lo que eleva su cotización a las nubes). Pero lo que hizo Van Meegeren es todavía más osado: inventó todo un período de Vermeer, con su correspondiente estilo, y explicó el hallazgo basándose en dos hechos de la biografía del pintor: que se habría convertido clandestinamente al catolicismo y que habría estado en Italia. Por eso las siete telas de Vermeer que “inventó” (entre ellas Cristo en Emaús, la que le vendió a Goering) tienen motivos evangélicos y recursos técnicos tomados de Caravaggio y otros pintores italianos de la época.

Con su impecable compostura y su atildado aspecto de pajarito, Van Meegeren convirtió aquel estrado en un escenario en donde montó un unipersonal que mantuvo en vilo a su público durante casi dos años. A esa altura, todos los colaboracionistas habían sido juzgados y condenados y los holandeses estaban cansados de oír hablar de la guerra. Preferían un poco de entretenimiento y Van Meegeren lo garantizaba sin descanso (quizá por eso, en una encuesta realizada por un diario de Amsterdam en 1947, fue votado el segundo holandés más popular, detrás del recién electo primer ministro). A lo largo de los dieciocho meses que duró el juicio, Van Meegeren no sólo contó sin pudor los episodios más inconfesables de su vida, sino que, para demostrar su capacidad como falsificador, pintó delante de seis testigos un Vermeer al que no pudo resistir aplicarle dos humoradas: la primera fue el título que le puso (Cristo en el Templo, en alusión a los mercaderes del mundo del arte); la segunda fue que el Jesús del cuadro sostenía en su mano... los Evangelios. También contó que el Vermeer que le vendió al barón Von Thyssen (Muchacha con sombrero azul) era un retrato basado en Greta Garbo y que aquél que fue a parar a la National Gallery de Washington, donado por Henry Mellon (La hilandera), se basaba en Louise Brooks. Y en cierto momento del proceso interpeló a la audiencia con la siguiente frase: “A fin de cuentas, ¿qué es una falsificación sino el retrato de una obra de arte imaginaria?”.

El público aplaudía y chiflaba las intervenciones del acusado. Cuando el fiscal le preguntó si reconocía haber vendido esas falsificaciones a altísimos precios, Van Meegeren contestó: “Si las hubiera vendido baratas se habrían dado cuenta de que eran falsas, ¿no le parece?”. Cuando le preguntaron si lo había hecho por el dinero, contestó que sus millones sólo le habían traído cirrosis y sífilis. Según los cálculos de la fiscalía, Van Meegeren había estafado a sus clientes en una suma total equivalente a treinta millones de euros de hoy, pero el remate de todos sus bienes no alcanzó el millón (nunca se supo adónde fue a parar el resto).

Durante el juicio, se supo que Van Meegeren había dirigido en los años ’30 un pasquín llamado De Kemphann (“El gallo de riña”), donde denunciaba el arte moderno como “asqueroso bolchevismo de pederastas y mestizos” y definía el mercado de arte con la imagen de un judío llevando una carretilla llena de dinero. También se reveló que en la biblioteca privada de Hitler en la Cancillería del Reich en Berlín se había encontrado una lujosa edición hecha a mano de poesía holandesa ilustrada por Van Meegeren con la siguiente dedicatoria escrita en alemán: “Para mi idolatrado Führer, este tributo de gratitud. H. van Meegeren, Laren, Holanda, 1942”. Van Meegeren admitió que la firma era suya, pero sostuvo que la dedicatoria había sido escrita por otra persona, por lo menos diez años más tarde.

Para entonces ya tenía a todo el tribunal en el bolsillo. El público en la sala vivó cuando se leyó el veredicto. Le habían dado la pena mínima: un año de prisión. Pero no llegó a cumplir ni dos semanas. El 30 de diciembre de 1947 murió apaciblemente, mientras dormía en su calabozo. En el último reportaje que concedió a la prensa holandesa, ya condenado, Van Meegeren dijo: “No podían darme más de dos años. Lo sé porque leí meticulosamente nuestro código penal, cuando empecé con esto. Así que un año no me parece ni buen ni mal resultado. Lo que puedo asegurarles es que, aunque se olviden de mí, ya nunca podrán saber con seguridad cuáles Vermeer son auténticos y cuáles pinté yo”.

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