CONTRATAPA

Patio de atrás

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO “Pasé ese verano mirando por la ventana”, canta Win Butler, de Arcade Fire, en “Wasted Hours”, recordando todas esas horas desperdiciadas, cuando aún nadie le abría la puerta para ir a jugar a tocar.

DOS Mi dibujo animado favorito –luego del por siempre insuperable Bob Esponja– es The Backyardigans. El programa se emite en España como Los amiguitos del jardín, aunque una traducción más tosca y más precisa sería Los del patio de atrás. The Backyardigans está protagonizada por cinco amiguitos/animalitos que se juntan para jugar en el jardín trasero de una casa y allí –sin consolas electrónicas ni necesidad de consuelos artificiales– imaginan que están en lugares distantes, tiempos lejanos, viviendo aventuras imposibles en la realidad pero tan verdaderas en sus cabezas. Todos los episodios terminan igual: hora de la merienda y regreso al aquí y ahora. Y la serie está pensada para niños de entre 2 y 5 años, pero cada vez que llega esa parte juro que me emociono y pienso: “Hubo un tiempo en que yo también pensaba así... en que todos pensábamos así”. Y me digo: “Tal vez exactamente por esto, para intentar que todo esto no se acabe nunca, es que uno decide ser primero lector y después escritor”. Y, claro, comprendo perfectamente a los que no escriben; pero cómo entender a los que no leen.

TRES Zapatero tal vez sea un poco backyardigan: feliz, en su patio trasero, tan imaginativo y fantasioso, seguro de que todo está bajo control. Aunque en la última semana su buena noticia de costumbre pasó por el hecho de que –¿por fin?– era una mala noticia. Es decir: la alegría de verlo un poco más centrado en la realidad. Nada de “brotes verdes” o “signos de recuperación” sino “peligro de recaída”. Lo anunció el jueves pero, el domingo, Zapy ya estaba de nuevo invitando a jugar en la primera plana de El País: “Voy a convocar a las 25 grandes empresas del país para acelerar la recuperación... A los trabajadores les toca una época de contener salario, y a los empresarios, beneficio”. Ajá. Ok. Me pregunto si Pocoyó irá a su fiestita.

CUATRO Mientras tanto, Benedicto XVI reunía a los suyos en el patio trasero del Vaticano para una jornada de “rezo y reflexión” y explicarles que se acabó lo de jugar a la mancha venenosa con los niños. En algún momento se comunicó eso de que, está bien, que las prostitutas usen preservativos si tanto les gusta. Y después, enseguida, todos a protestar contra la nueva medida laica y agresiva del pequeño y travieso Zapatero: una ley de muerte digna como proyecto estrella de su agónico mandato. Mientras tanto, Rajoy se persigna, asegura que derogará la ley del aborto cuando lo nombren jefe del equipo, y afirma estar pensándose todo eso del matrimonio homosexual con cara de “ya voy a poner orden en este patio”. Por el momento, se lo ve muy feliz como opositor sin demasiadas ganas de que llegue ese momento en que le pasen la pelota caliente.

CINCO Y de ahí a las pequeñas muertes indignas en las campañas políticas por las inminentes elecciones catalanas. El Partido Popular puso a su increíblemente desagradable candidata Alicia Sánchez-Camacho montando una gaviota (símbolo del partido) en un videogame disparando sobre inmigrantes ilegales. La más explicación que disculpa no demoró en llegar: “error técnico”, alguien se equivocó, debía decir “mafias ilegales” y, ah, lo que se dispara son “bombas de ideas”. Las juventudes del Partido Socialista Catalán y de Alternativa de Govern propusieron sendas piezas televisivas en las cuales votar –se anticipa un 50 por ciento de abstinencia en las urnas el próximo domingo, se intenta paliar la debacle cambiando la fecha del clásico Barça-Real Madrid para el día después– se equipara a ruidosos orgasmos. A nadie le gustó demasiado el asunto y me pregunto si la solitaria brevedad del acto de meter el sobre por la ranura no estará más cerca de la masturbación, de la eyaculación precoz y si no será mejor quedarse en casita, revolcándose en el jardín de atrás.

SEIS Y –cambiemos de tema, por favor– de un tiempo a esta parte cada vez pienso más en las góticas hermanas Brontë. Encerradas en su casa, a solas pero juntas, leyendo y escribiendo, el mundo entero como patio de atrás. Y en el indispensable y flamante Letters, de Saul Bellow –en una carta a Martin Amis fechada en 1990–, el autor de Herzog cuenta un sueño: “Estoy en los fondos de una biblioteca rebosante de obras maestras desconocidas de Henry James y Joseph Conrad y otros. Títulos que jamás vi en ninguna parte... ‘¿Por qué nadie me avisó de todo esto?’, pregunto. Hay fiestas de las que nunca nos enteramos. Estoy indignado”. Pero yo cierro el libro de Bellow no indignado sino aterrorizado, pensando en todos los libros que sí están ahí, al alcance de mano y vista, en el patio de atrás de librerías y bibliotecas, y que nunca llegaré a leer.

SIETE De ahí que me cause cierta gracia piadosa un reportaje publicado por La Vanguardia días atrás en el que se reunía a varios miembros de la Generación Harry Potter para comentar el triste momento que ahora viven con el estreno de la adaptación cinematográfica de Harry Potter y las reliquias de la muerte. Fin, The End, se acabó lo que se daba, y lamentaciones varias donde se recuerda cómo se creció junto al héroe, las muchas veces que se releyeron las novelas, las tan pocas ganas de dejar Hogwarts. Pero, curiosamente, nadie hablaba de seguir leyendo, de descubrir otros nombres como, por ejemplo, el de aquel alumno expulsado, un tal Holden Caulfield. La cosa pasa, parece, por no dejar nunca la escuela, por quedarse ahí dentro por toda la eternidad, como vampiro de Crepúsculo, evitando los peligros y desafíos que esperan afuera, en el patio de adelante de la vida.

OCHO Y son muchos los que sólo pueden entender el patio de atrás como cancha de fútbol. Mejor que nada es; pero no lo es todo. En especial cuando la selección campeona del mundo cae ante Portugal por un 4-0. Se habla, entonces, de “no asumir la nueva realidad”, de “tener que recuperar la ambición”, de “fallos mentales”. Los valdanos del asunto hasta hablan de “depresión posparto” en la que los alguna vez jóvenes e ilusionados backyardigans que sólo pensaban en ganar ahora, habiendo ganado, no saben muy bien cómo seguir jugando. Tal vez deberían aprender de Los Rolling Stones, tal vez debería repartir en el vestuario ejemplares de la recién aparecida autobiografía de Keith Richards para descubrir cómo no dejar de jugar aunque te llamen a tomar la leche, que se enfría.

NUEVE Y hace frío y escribo esto el domingo por la mañana y a la noche toca Arcade Fire en Barcelona. Tengo la entrada hace muchos meses, pero muy pocas ganas de ir ahora. El llegar a un concierto y el volver de un concierto se ha vuelto –de un tiempo a esta parte– una suerte de épica innecesaria para mí. De acuerdo: siempre iré a ver y a oír a Bob Dylan (sus shows son parte importante de su obra), ya tengo boleto para el nuevo The Wall de Roger Waters (su sentido del espectáculo es espectacular), y no dudaría en visitar de nuevo a Lloyd Cole en el próximo barcito en el que toque (ya casi un amigo del patio de atrás). Pero no me queda demasiada mística live o alive y veo cada vez más cerca ese momento de ponerme a soñar que descubro un disco perdido de The Beatles. Pero, Arcade Fire... Están considerados “el mejor directo del momento” y su The Suburbs es uno de los mejores discos que he oído en los últimos tiempos. Un disco muy Brontë y neogótico sobre el fin de la infancia, los límites del patio de atrás, y los sonidos que allí te llegan cuando pasa un auto a toda velocidad con las ventanillas bajas y la música a todo volumen. Y aun así, la tentación de quedarme, de imaginar el concierto como si estuviera allí: ser un backyardigan de estadio sin necesidad de salir de casa.

DIEZ Al final fui. Arcade Fire estuvo bien. Casi tan bien como yo lo había imaginado (en el patio trasero de mi cabeza tocaron la para mí imprescindible “Deep Blue”, ausente en el Palau Sant Jordi). Ahora, por suerte, yo estoy y ya estoy de vuelta. Aquí atrás, con casi todo –pero cada vez menos– por delante.

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