SOCIEDAD › MILES DE PERSONAS DISFRUTARON DEL BALLET DE CARMINA BURANA FRENTE AL OBELISCO

La fortuna imperó pese al mal tiempo

Aunque la lluvia fue amagando toda la tarde, a partir de las 20 unas nueve mil personas presenciaron la obra de Carl Orff en su notable versión coreográfica a cargo del ballet del Teatro San Martín, dirigido por Mauricio Wainrot.

 Por María Daniela Yaccar

Carmina burana empieza y termina igual, con la inmensidad del sonido del primer número, “Fortuna Imperatrix Mundi”. Es ese que en televisión se emplea comúnmente para ilustrar sucesos dramáticos, para avisar de catástrofes. Anoche, poco después de las 20, el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, dirigido por Mauricio Wainrot, presentó en el Obelisco su versión de esta célebre cantata escénica de Carl Orff. También abajo del escenario, donde –según las cifras del gobierno porteño– se acomodaron unas nueve mil personas, la obra comenzó y terminó igual. En ambos casos, con aplausos que celebraban la estridencia de esa música conocida por todos (como si se tratara del hit de un recital). El sábado es el turno de Iñaki Urlezaga con La Traviata.

Antes del comienzo de la función sonaba otro hit, pero nacional. Se escuchaba como antesala “Nos siguen pegando abajo (pecado mortal)”, de Charly García. Sorprendía escuchar eso en la víspera de una obra de danza que se ve en los grandes teatros, porque el sentido común asocia a la danza clásica con la elegancia y la disciplina, con las cosas puestas en su lugar (y Charly no es sinónimo de eso). Pero si los cuerpos en movimiento salen a la calle a la “obra” le aparece un sentido nuevo. Se trata, más bien, de “un evento”, definió Wainrot a Página/12 antes de que comenzara el show. El creó esta versión en 1998 para el Royal Ballet de Flandes. A Buenos Aires llegó hace nueve años.

Fue un evento amenazado por la lluvia de la tarde, que seguramente haya reducido el número de espectadores. Las citas no son comparables, pero los shows gratuitos en el Obelisco suelen convocar multitudes: el notable Daniel Barenboim juntó en agosto a unas 40 mil personas, Zubin Mehta a 30 mil. De cualquier forma, la danza le ganó la pulseada a la lluvia y convocó a nueve mil personas, una cantidad superior a la de las sillas que se dispusieron frente al escenario, que miraba al sur. Algunos lo disfrutaron parados, detrás de la valla. “Estamos acostumbrados a la caja negra del escenario”, contaba Wainrot. “Por eso nos motiva tanto este encuentro con la gente. A mí me encantaba bailar al aire libre. He bailado muchas veces en Palermo, en la Campana Acústica”, recuerda, debajo del cielo negro y mientras el público –constituido sobre todo por cabezas canosas o con buena tintura– palmeaba pidiendo el comienzo. Tentaba ir a buscar alguna sensación.

–Soy cronista de Página/12. Me gustaría...

–De izquierda, ¿no? –contestó Rosana, con una pregunta.

–...

Su tono fue de acusación, pero la charla con Rosana siguió, sin sobresaltos. Tampoco sin sorpresas. Ella confesó no tener ideología política. Estaba contenta porque espectáculos como éste “equiparan a Buenos Aires con las ciudades europeas”. “No todos pueden frecuentar el Teatro Colón –ejemplificó–. Me pidieron 650 pesos para una butaca. Yo soy sola. Una pareja con hijos no lo puede sostener.” La cronista coincide: las familias también dominaban el paisaje. Bastó que sonaran las primeras tres notas del ya mencionado “Fortuna Imperatrix Mundi” para que la platea se rindiera al espectáculo, que transmitían dos pantallas. Sin embargo, antes, un grupito conformado por los que estaban más cerca del escenario protestó porque no veía. Había un biombo negro que separaba a la prensa e invitados del resto del público que aparentemente dificultaba la visión.

Artísticamente, el San Martín parece ir por otro carril que lo que las decisiones políticas esperan de él. Lo viene demostrando una programación nutrida a pesar de los problemas presupuestarios. Y también quedó más que claro ayer, con más de una veintena de cuerpos talentosos bailándole al canto. Sucedió en las cinco escenas de la obra, cada una con su impronta bien demarcada. En “Fortuna...”, los bailarines se movieron al son de la imponencia con polleras amplias y torsos desnudos. Los cortes abruptos del tema apuraban los aplausos. El segundo cuadro, “Primo Vere”, les exigió un cambio, una energía mucho más relajada. Seguirían movimientos duros y secos con “In Taberne”, cuando el negro aparece en las vestimentas. El más conmovedor resultó “Cour d’Amour”, que implicó la vuelta de los torsos desnudos y cuerpos entrelazados al servicio del amor. Del elenco se destacan Gerardo Maturano, Sol Rourich, Sergio Muzzio y Vanesa Turelli; sin embargo, hay que decir que lo que deleita es la energía del conjunto.

Corina viene de Alemania. Está instalada en la Argentina hace tres meses. Dice que no hay mucha diferencia entre la versión que vio en su país y la que tuvo la oportunidad de ver hace minutos. “Bueno, los colores, la atmósfera”, piensa. “¿Qué se dice de Orff en su país? ¿Sabe que la obra fue creada durante el nazismo para las olimpíadas de Munich del ’36, no?”, pregunta este diario. “No, la verdad es que no soy especialista en el tema”, se sincera ella. Probablemente pocos tengan el dato. Esta noche ganó otra cosa. La danza y ese talento argentino que salió a saludar más de una vez.

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Las ocho mil butacas instaladas en la avenida 9 de Julio resultaron desbordadas de público.
Imagen: DyN
 
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