CONTRATAPA

Homo Ultraviolento

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO No siempre, casi nunca, pero si se presta atención, de tanto en tanto, aparece gran literatura en la cabeza –y de ahí a los labios– de las personas menos pensadas. Ejemplo reciente: “Una parte de mi cerebro es roja. Cuando se pone en marcha no puedo hacer nada”. ¿Quién lo dijo? Una tal Estíbalitz Carranza, en un tribunal de Viena, donde se la juzga por haber asesinado primero a su marido incómodo y luego a su novio infiel para enseguida descuartizar sus cuerpos y luego emparedarlos hasta que una obra en la peluquería de al lado... ¿Cuál era el negocio de esta hispano-mexicana pelirroja de piel blanquísima y aire gélido a la que se diagnosticó algo que los especialistas llaman Síndrome de la Princesa? Otra vez, los modales de la ficción imponiéndose a los de no-ficción. Porque esta joven escarlata, treinta y cuatro años, bautizada por la prensa austríaca como Cara de Angel, tenía una heladería.

DOS Y ahora hace frío y Rodríguez, leyendo sobre la mortal heladera refrigerada, se pregunta si él también tendrá una parte roja en su cerebro y si en cualquier momento se pondrá en marcha. No con la frialdad calculadora del “héroe” de la serie Breaking Bad (su favorita) sino con la furia de un Hulk que está verde y al que no se deja salir. Razones para estallar no le faltan, botones para presionar que activen los engranajes abundan, motivos para desatar un tsunami sobran. Porque, aquí y ahora, lo imposible se hace certeza en cualquier esquina de noticiero donde acechan –y su efecto es acumulativo– todas esas voces más que dignas de ser reducidas a pedazos. Algunas al azar... Rajoy explicando que “la realidad” (y para Rajoy la realidad es casi un villano de la Marvel Comics, algo parecido a Galactus) es la razón detrás del incumplimiento de otra de sus promesas y no, no se van a actualizar las pensiones. El juez y la policía intentando explicar la puesta en libertad del mega-mafioso Gao Ping cortesía de un tecnicismo legal que a alguien se le pasó por alto. La plana mayor y vieja Guardia del PSOE cobijándose de su invierno privado con un ejercicio retro en el que Felipe González aparece, siempre, como el espíritu de navidades pasadas tan pero tan feliz de conocerse primero y de que lo reconozcan después dictaminando que “el PSOE ha perdido la vocación de mayoría” entre aplausos automáticos y sin que nadie se atreva a explicarle que lo que ha perdido y sigue perdiendo el PSOE son votantes que lo aguanten y soporten. La buena nueva de que se otorgará residencia automática a todo aquel extranjero que se compre uno de esos tantos inmuebles pagando de 160.000 euros para arriba por alguna de las muchas viviendas desocupadas (algo me dice que muchos amigos de Gao Ping están interesados en el asunto). Los delirios del papa Benedicto XVI (ahora resulta que los reyes magos eran andaluces y el chiste fácil es “Claro, si trabajan una vez al año”). Las discusiones a los gritos en las tertulias televisivas sobre las recién publicadas memorias de Aznar donde reaparece su célebre cuaderno azul y se analiza cómo decidió que Rajoy sería su marioneta/continuadora, y momento formidable: el entonces presidente de gobierno llamando al Rey desde un avión con problemas mecánicos para avisarle que, “si nos ocurría algo” buscaran entre los restos su cuadernito azul con el nombre de su sucesor. Zapatero reapareciendo para contarnos que ahora tiene mucho tiempo para leer y escribir y para explicarnos que “lo hecho, hecho está”. Un ex presidente de la patronal –recién detenido por blanqueo de fondos– que alguna vez dijo cosas como “La mejor empresa pública es la que no existe” y “hay que trabajar más y ganar menos para salir de la crisis”. La ministra de Empleo y Seguridad Social comunicando un nuevo aumento del paro y, de acuerdo, todo el mundo tiene el acento de donde le tocó nacer pero, de verdad, ¿no debería hacerse un pequeño esfuerzo para no decir todo’ junto’ y crisi’?, se pregunta Rodríguez. El responsable de los servicios sanitarios del pabellón Madrid Arena devenido mega-disco superpoblada que, la pasada noche de Halloween, suspiró un “toda la noche atendiendo borrachos y ahora me traen esto” siendo “esto” cinco chicas aplastadas. El presidente de la Asociación Española de la Banca que lanzó un “¡más viviendas! ¡más viviendas!” como hipotética solución a la resaca de la desinflada burbuja inmobiliaria. El ex presidente de Bankia admitiendo que se adjudicó un coche de 500.000 euros pero como era blindado era de lo más incómodo. La secretaria general de Emigración e Inmigración con emoción à la Tintín apuntando que los jóvenes españoles dejan el país por la gracia de un “impulso aventurero”. El secretario general de la OCDE –mientras reclama una nueva reducción de las indemnizaciones por despido– explicando que siempre es mejor contratar a un desempleado fresco y recién hecho porque “un parado de larga duración puede haber adquirido malos hábitos como el de no trabajar”. Y, hablando de no trabajar, la reconsideración política en alza de Rajoy como astuto estratega. Su modus operandi ya es de una turbia transparencia: explicar lo que no hará de ningún modo, acto seguido hacerlo de cualquier manera. Y así, con la gente convencida de que ya nunca los convencerá de sus intenciones, alcanzar una especie de nirvana previsible en el que, como nadie le cree de entrada, nadie se siente del todo autorizado a reprocharle nada de salida. Y siguen votando a su partido. Rajoy cumple sus incumplimientos. Y en un panorama despedazado y cada vez más rojo y en marcha, con eso parece que alcanza aunque nada sobre.

TRES Entre tanto ruido rojo, Rodríguez termina de leer en El País un artículo de Adolfo García Ortega titulado “El estallido que viene”, donde se concluye que “Nos están preparando para aceptar sin violencia estas duras condiciones, y para que nos parezcan una necesidad inevitable”.

Después de esto, piensa Rodríguez, acorralado en su librería de cabecera, cómo resistirse a la tentación de la edición restaurada y conmemorativa por el medio siglo que lleva latiendo La naranja mecánica, de Anthony Burgess. La Made in UK, porque la local, en Minotauro, aunque comparta portada carece –¿otro signo más sutil pero igualmente perjudicial de la crisis?– de todos los extras que trae la inglesa: apéndices varios del autor, relectura de Martin Amis, facsímil del manuscrito. De regreso a casa, releyendo, Rodríguez vuelve a entender como por arte de magia y genio ese nasdat cockney-rusificado del ultraviolento Alex y, de nuevo, final de la primera parte, a sorprenderse y a temblar con esa línea donde, como al pasar, el droog adicto al adorable Ludwig Van informa al lector que tiene, apenas, quince añitos de edad.

Ya en domy, Rodríguez –casi cincuenta y sumando y restando– se sirve un vaso de buena moloko blanca para apaciguar tanta mala sangre roja, para intentar silenciar ese tic-tac de despertador que resuena en esa parte de su cerebro. Como un trueno. Ahora llueve. Rodríguez sale al balcón. Cantando en la lluvia. Oda a la alegría. Horrorshow. Choodesny. Etc.

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