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Thurber para distraídos

 Por Juan Sasturain

Cada tanto, reaparece. Las últimas veces que tuve ganas y oportunidad de escribir en los últimos años sobre el impar James Thurber –notable narrador yankee que incurrió sin pudor ni escándalo en el mejor humor escrito y dibujado de la primera mitad del siglo veinte– fue a partir de lecturas, aniversarios, otros autores o sucesos que lo convocaron lateral o directo, tácito o explícito. Uno lo tiene siempre latente, a flor de memoria, y entonces sucede: esto parece de Thurber, esto me hace acordar a un cuento, a un dibujo de Thurber, y así. Es, como Twain, Brett Harte, Chesterton, Steinberg o Runyon, una referencia.

Ahora es de alevosa actualidad, casi inevitable, hablar de él ante la película de Ben Stiller basada en “La vida secreta de Walter Mitty” –uno de sus cuentos más famosos, publicado en su casa, el New Yorker, en 1939– que está en flamante cartelera. La verdad, aunque no me desagrada el malgastado Stiller, no me dan ganas de verla, y voy a ser prejuicioso al suponer que tampoco el mismo Thurber, asomado desde donde esté desde 1961 –cuando se fue, ciego, al otro lado–, debe haber tenido demasiadas ganas de enterarse de qué habían hecho esta vez. Ya en el ’47, una adaptación con el (y pese al) gran Danny Kaye le había caído pésimo. Y tenía razón.

Es que, como sucedía con “Los asesinos” –otro cuento, otra obra maestra, en este caso de Hemingway– las versiones cinematográficas, incluso tan buenas como la de Siodmak, tienden “necesariamente” a contar, rellenar, lo que el relato sabia, diestramente, omite. Y la eficacia de Thurber como narrador siempre estuvo en que sabía callar, detenerse a tiempo. Probablemente el mejor ejemplo de su arte –en todos los sentidos– esté en el desenlace de El señor Preble se deshace de su mujer, obra maestra absoluta del humor negro que acaso estos tiempos de ultracorrección ideológica harían tontamente impublicable.

Pero volviendo, creo que la primera vez que tomé contacto con una ficción de Thurber fue de pibe, a mediados de los cincuenta, y sin saber qué era eso tan raro. En alguna sesión de dibujos animados en continuado, entre Tom y Jerry y Droopy, vi la versión de la UPA –la que producía los modernísimos cortos de Mister Magoo– de Un unicornio en el jardín, acaso la más famosa de sus memorables Fábulas de nuestro tiempo. El relato ejemplar del hombrecito maltratado al que sus propias fantasías sirven para liberarse de la consabida bruja cotidiana no deja de ser una variación más (fantástica en este caso) sobre uno de sus temas predilectos: la batalla de los sexos y el matrimonio como campo privilegiado de batalla: La guerra entre los hombres y las mujeres fue el explícito título de una de sus más celebradas invenciones gráficas. Notable y original dibujante, Thurber.

Con esos aparentemente torpes dibujitos lineales sedujo a lectores y editores (en ese orden) hasta fundar una nueva estética en el humor gráfico, ya fuera en chistes unitarios como acompañando sus propios textos. En la Argentina, se ve (creo ver) su reflejo en Chamico, por ejemplo, el alter ego humorístico de Conrado Nalé Roxlo, un fino lector al que debemos –además y coherentemente– la presentación de Saúl Steinbeg al lector argentino. En esa dirección, recuerdo haber mentado a Thurber precisamente hace unos años al hablar de El cuervo del Arca, una obra maestra absoluta de Nalé que, partiendo del Génesis y pasando por Poe, recogía algo del mejor estilo del maestro del New Yorker para su fábula ejemplar.

Y no es casual, porque hacia 1944, en plena Segunda Guerra, cuando poco y nada se sabía y se había publicado de Thurber en este país, fue en el número doble especial de Sur dedicado a los USA que –junto a narradores y poetas que van desde Whitman a Eliot y Faulkner– aparecen algunas de sus extrañas fábulas contemporáneas, traducidas por Pedro Henríquez Ureña. Entre ellas, la de El Búho que se cree Dios es particularmente efectiva. Pese a tal anticipo, poco es lo que se conoció de la obra de Thurber en edición argentina durante los años siguientes: apenas la tardía versión en Paidós de su primer libro de humor en colaboración –¿Es necesario el sexo? (1929), con E. B. White– y su precoz autobiográfia My Life and Hard Times (1933), que publicó La Isla bajo el título de Malos tiempos en 1955. Y algo más, apenas, en publicaciones periódicas como el inteligentísimo suplemento Gregorio, editado por Brascó en Leoplán a principios de los sesenta.

Hoy, si uno va a la librería, encuentra –con suerte y con susto (por el precio)– las elegantes pero no por eso menos castizas ediciones de El Acantilado, que reúnen la mayoría de sus mejores textos. Valen la pena. Falta, eso sí, y por lo que sé o recuerdo, una buena edición de su obra gráfica. Por Internet se puede ver algo, poco.

Y atenti, haraganes navegantes de Google. El gusto cursi y la pereza repetidora han hecho que un texto no particularmente afortunado del falible creador, La última flor, haga estragos entre los cómodos frecuentadores del relato breve. Saltéenlo. Les recomiendo La gallina y los cielos para vacunarse. No los voy a defraudar.

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