DIALOGOS › KLAAS DE JONGE, DE HOLANDA A LA CáRCEL DE SUDáFRICA POR MILITAR EN EL CNA DURANTE EL APARTHEID

“Un blanco podía pasar armas más fácilmente por la frontera”

Para De Jonge, se desmontó la estructura jurídica del apartheid pero se mantienen otras formas de racismo en Sudáfrica. “La Justicia es el medio para la reconciliación”, afirma al criticar las comisiones de la verdad y la amnistía para los represores durante los gobiernos racistas.

 Por Patricio Porta

Klaas de Jonge llegó a Africa con la idea inicial de hacer trabajo de campo. Tenía 31 años y había finalizado sus estudios en antropología y sociología pocos meses antes. Cruzó el Mediterráneo e hizo pie en Tanzania, luego en Senegal y finalmente en Mozambique. Allí vivió en primera persona los cambios que se estaban produciendo en los países que habían logrado recientemente su independencia. El continente entero parecía ser tierra abonada para toda clase de utopías. Pero la experiencia que estaba construyendo Samora Machel en Mozambique contrastaba con la realidad de otros vecinos del Africa austral. Desde 1948, la minoría blanca había instaurado un régimen político racista en Sudáfrica que segregaba a la mayoría negra en todos los órdenes de la vida.

Con la radicalización del apartheid y de la represión, De Jonge cambió el trabajo académico por las armas. Se unió con su entonces compañera Hélène Passtoors a una unidad de operaciones especiales del Umkhonto we Sizwe, el brazo armado del Congreso Nacional Africano (CNA), el partido de Nelson Mandela. Se le asignó la tarea de pasar armas desde Zimbabwe a Sudáfrica y de organizar sabotajes a las empresas que sostenían financieramente al régimen segregacionista. En 1985, fue capturado por las autoridades sudafricanas y la detención desató un incidente diplomático que terminó con De Jonge devuelto a su país de origen, Holanda. Una vez que el régimen comenzó a desmoronarse, regresó a Sudáfrica para participar de la Comisión de la Verdad, que tenía como objetivo asegurar una transición pacífica. Esto se tradujo en una amnistía generalizada que dejó en libertad a los verdugos y sin justicia a las víctimas.

–¿Cuándo llegó a Africa por primera vez?

–En enero de 1968. Tuve la posibilidad de hacer investigaciones en Africa, fue mi primer trabajo. La primera ciudad que pisé fue Dar es-Salam, Tanzania. Era un momento muy interesante en Africa. El socialismo africano, con el ujamaa –el pensamiento basado en las ideas de Julius Nyerere, el primer presidente de Tanzania tras la independencia de Gran Bretaña en 1961–, y todas las personas trabajando para construir una nueva sociedad.

–Usted sabía que algo se estaba gestando en Africa y quería estar ahí.

–Sí, quería estar allí. Antes me había especializado en Asia. Fui a Indonesia, que había sido colonia holandesa y luego fui a especializarme a París, donde estaba todo más politizado. En Holanda, hasta 1965, nunca había existido ninguna manifestación contra nada. París era otra cosa. Había protestas contra el gobierno por Argelia. Había una efervescencia académica. Filósofos y científicos que además eran activistas. Me encantaba esa combinación.

–Cuando usted llegó a Africa, la mayoría de los países estaba luchando por su independencia o contra el legado del colonialismo, y otros estaban sometidos a regímenes segregacionistas, como Namibia y Rhodesia (hoy Zimbabwe). ¿Por qué eligió Sudáfrica?

–Eso fue más tarde. Como muchos socialdemócratas y otras personas de izquierda, estaba en contra del apartheid, que era un sistema extremadamente racista. Pero primero llegué a Mozambique. Me gustaba porque allí estaba Machel, que estaba construyendo una nueva sociedad, como en Tanzania. Pero aquello era más marxista. Llegué a Mozambique con mi entonces compañera, que era lingüista, y allí me uní al CNA. El apartheid sudafricano quería desestabilizar todos los procesos que se estaban dando en Mozambique, Angola, Namibia, Botswana. Sudáfrica quería tomar el control. Mozambique estaba luchando por su independencia desde los ’60. Había mucha esperanza. Se pensaba que en un año se terminaría con la pobreza. Era una visión un poco ingenua pero era muy estimulante. Sudáfrica estaba empezando a entrenar y a dar armas a Renamo –Resistencia Nacional Mozambiqueña, que se oponía al Frelimo o Frente de Liberación de Mozambique, el partido de Machel, de inspiración comunista–. Antes de su independencia, Rhodesia comenzó a organizar a este grupo de mozambiqueños para luchar contra Frelimo. Cuando Rhodesia se independiza y llega Robert Mugabe, Renamo es asistido por Sudáfrica. Yo estaba trabajando en una zona rural y un día un hombre vino y comenzó a gritar que los de Renamo estaban quemando casas y matando a personas, y trajo unas cuantas kalashnikovs y granadas. No teníamos alternativa.

–Entonces se encontró en medio de la lucha y había que luchar.

–Teníamos que sobrevivir. Yo era sociólogo y me dije en ese momento que podía hacer algo más. Sudáfrica era un Estado racista. Un hombre blanco podía pasar armas más fácilmente por la frontera. Me fui involucrando cada vez más y me uní con mi compañera en un grupo de tareas especiales dentro del CNA. Participaba en tareas de sabotaje, como en Sasol, la empresa petrolera sudafricana. La idea era hacer visible al CNA, porque no éramos una fuerza poderosa que podía ganar la guerra. Me gustaba hacer eso. Era mejor que matar a personas.

–Un europeo luchando contra el apartheid no debe haber pasado desapercibido para las autoridades. ¿El régimen sudafricano nunca logró atraparlo?

–En 1984, la presión sobre el gobierno de Mozambique por parte de Renamo y Sudáfrica fue tan fuerte que fue obligado a firmar un acuerdo por el cual no podíamos operar más desde allí. Muchos amigos míos fueron expulsados de Mozambique. Entonces continuamos haciendo nuestro trabajo desde Zimbabwe. Desde allí sacaba fotos, llevaba armas y explosivos. Mugabe no era pro CNA, pero nos dejaba hacer lo nuestro. En un momento tenía que contactar a alguien en Sudáfrica para llevarle armas. Entonces fui hasta allí, la policía me siguió y fui arrestado. Estuve detenido por tres semanas. Yo ya estaba pensando la forma de escaparme a la embajada de Holanda, que estaba en Pretoria. Les dije que iba a cooperar con ellos en la investigación sobre el contrabando de armas. Entonces los hice ir al edificio de Nedbank, donde había muchas empresas y donde estaba la embajada. Les inventé que iba a haber un ataque allí contra una compañía que no respetaba el boicot. Entramos al edificio, les expliqué que el ataque iba a ser en una empresa que estaba en el primer piso. Allí me escapé y corrí por el pasillo hasta la embajada. No dispararon, pero intentaron sacarme por la fuerza. Ese fue el principio de un incidente diplomático.

–¿Lo sacaron del edificio?

–Me detuvieron dos semanas y luego me devolvieron. Permanecí en la embajada por 26 meses. Pero la embajada se estaba mudando y el personal diplomático también. Había mucha policía afuera del edificio y si salía me iban a disparar. Yo hacía propaganda desde allí para el CNA, ponía a todo volumen el tema “Free Nelson Mandela” como forma de protesta. Perdí mi nacionalidad por un tiempo por haber participado en el CNA sin permiso del gobierno holandés. Luego se inició una negociación, un intercambio de prisioneros por un capitán sudafricano que estaba en Angola y regresé a Holanda.

–A principio de los ’80, ya no existían prácticamente dominios coloniales en Africa. La excepción era Sudáfrica. ¿Por qué el apartheid no cayó hasta 1994?

–Más importante que la lucha armada fue el boicot internacional. Thabo Mbeki, que luego fue presidente, y Oliver Tambo hicieron un trabajo enorme para que la lucha contra el apartheid tuviera más reconocimiento. Los sindicatos, el movimiento estudiantil y la participación de la sociedad junto con el CNA fueron más importantes que la lucha armada. El apartheid era un sistema anticomunista, por eso tenía el apoyo de Thatcher y Reagan. Pero en los ’90 la excusa de luchar contra el comunismo no servía, porque ya no existía. Entonces comenzaron las negociaciones.

–¿Pero el Partido Nacional seguía siendo fuerte en ese entonces?

–El PN se volvió menos importante. El Partido Liberal estaba en contra del apartheid y el CNA, si bien reivindicaba la lucha armada, trataba de mostrar un cambio de mentalidad. Steve Biko había generado una conciencia y había demostrado que ser africano era un orgullo, ante la idea de la superioridad racial del apartheid. Como en Soweto en 1976, cuando se marchó contra la educación segregada. Nosotros teníamos campos de entrenamiento, pero el CNA no tenía nada que ver con el Movimiento de Conciencia Negra. Ahí no había movimiento armado, era movimiento social. Todo un contexto diferente.

–¿La movilización era más efectiva que la lucha armada?

–Era una combinación de ambas. La movilización interna, la lucha armada, el boicot internacional y mover la escena política a Sudáfrica. Antes de los ’80 todo era hecho desde Dar es-Salam, Kenia, Tanzania, Lusaka o Maputo. Salíamos y entrábamos. Y queríamos hacer algo con nuestra presencia allí. Luego de ser arrestado y volver a Holanda recibí entrenamiento en Alemania del Este para realizar operaciones clandestinas y me contacté con gente que estaba trabajando en la operación Vula. Pero al poco tiempo comenzaron las negociaciones y decidí ir a Brasil.

–El CNA lleva casi 20 años en el poder. Ha ganado todas las elecciones desde la llegada de Mandela a la presidencia. Se convirtió en la fuerza más grande y ha hegemonizado la escena política en el país desde entonces. ¿Qué cosas permanecen hoy del espíritu de lucha contra el apartheid en el CNA?

–El apartheid ya no existe en términos de legislación racista. Sudáfrica tiene una Constitución muy progresista. Pero la estructura del apartheid, como las áreas para negros y para blancos en las zonas rurales, aún persiste, aunque el apartheid terminó. El problema es que no se supo construir una nueva sociedad. Y el CNA pasó de ser un pequeño partido a tener un millón de personas en 1992, cuando se legalizó, pero después olvidaron sus ideales, se convirtió en una fuerza corrupta. Otro problema es que los funcionarios del apartheid no fueron despedidos. Entonces el ejército está compuesto por el ejército del apartheid y el del CNA. Lo mismo ocurre con la burocracia. Cuando el partido ganó en el ’94 había muchas expectativas y la situación era difícil. Todo el bloque soviético ya no existía, y el CNA, que tenía ideas muy radicalizadas y progresistas, fue perdiendo el rumbo. Se trata de un partido muy grande en el poder por muchos años sin una oposición fuerte.

–Pero todavía existe una fuerte asociación entre la figura de Mandela, la lucha contra el apartheid y el CNA.

–Sí, es el aura, es verdad. El CNA fue muy importante a la hora de unir a los movimientos sociales en la lucha contra el apartheid. Es una pena que no haya hecho muchas de las cosas que yo creí que cambiaría. Pero el Estado tiene ahora una política neoliberal. Un 45 por ciento de la población económicamente activa está sin trabajo. Esto se traduce en mucha violencia, mucha pobreza y muchos otros problemas.

–¿Por qué los responsables del apartheid no han sido juzgados?

–El CNA nunca ganó la guerra. Sudáfrica se estaba convirtiendo en una paria, todo el mundo detestaba el apartheid. Entonces el presidente Frederik de Klerk inició las conversaciones juntamente con otros partidos como Inkatha, para ver si podía controlarlos. Luego hubo otra negociación con el CNA para liberar a Mandela, que si bien había iniciado la lucha contra el segregacionismo, nunca había matado a nadie y era muy respetado. El CNA decidió ponerlo al frente para que fuera la cara visible. El movimiento antiapartheid y la prensa internacional lo convirtieron en figura. Era como un santo. Era un gran hombre, aunque un poco autoritario.

–¿Conoció a Mandela personalmente?

–Lo vi en Brasil en 1992, cuando recién lo habían liberado. Fui al hotel donde estaba y Winnie Mandela quería que pasara a la habitación y él me saludó, pero me dijo que no tenía tiempo para conversar porque estaba preocupado por lo que ocurría en Boipatong con Inkatha. Estaba nervioso y cansado. Más tarde me dio la impresión de que era un hombre mayor, que caminaba con dificultad. Tenía más o menos mi edad.

–¿En qué consistieron las negociaciones?

–Hubo problemas en ambos bandos. La violencia había estallado y las negociaciones casi quedan estancadas. Entonces Joe Slovo, dirigente del Partido Comunista –aliado del CNA–, dijo que no iban a cambiar a todo el gobierno por un determinado periodo, sino que la idea era trabajar todos juntos. Eso fue muy importante para seguir. El otro asunto era qué hacer con los crímenes cometidos por el Estado racista. No sólo los asesinatos, sino la violencia estructural. El CNA quería algo parecido a los juicios de Nüremberg. Del otro lado decían que el CNA había torturado y matado. Pero no se puede comparar las acciones de un Estado con las de un movimiento político. Los blancos querían una amnistía absoluta, y eso era inaceptable para el CNA. Se creó una Comisión de la Verdad para investigar lo ocurrido durante el apartheid, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, un hombre muy carismático que trataba de unir a las personas a través de la reconciliación.

–En Argentina, los organismos de derechos humanos sostienen que no puede haber reconciliación sin juicio y castigo para los represores y genocidas. Es una idea compartida por gran parte de la sociedad. ¿Cree que la reconciliación es la manera correcta de llegar a la verdad y conseguir justicia?

–Hay muchas maneras de llegar a la verdad. No puede ser sólo una Comisión de la Verdad. Si en Argentina hubiese existido una amnistía, nada habría cambiado. En ciertos momentos eso se puede aceptar por un tiempo, pero no para siempre. Luego de muchos años, eso se convierte en impunidad. En un país como Sudáfrica, y especialmente para los blancos, es importante saber qué pasó en esos años. Una comisión no termina con la impunidad, sólo da a conocer lo que pasó. Existen tres comisiones: una para los testigos sobre la violencia ejercida entre 1960 y 1992, otra de reparación y una última de amnistía para aquellos que cometieron crímenes, donde se equiparaba la confesión con la justicia. Si tu confesión era aceptada, quedabas libre y nada pasaba. En este sentido, América latina ha dado el ejemplo de cuán importante es condenar a las personas que han cometido grandes crímenes.

–¿Dice que debería haber justicia luego de la reconciliación?

–La justicia es el medio para la reconciliación. Pero la reconciliación es también un proceso largo. Si mataron a mi hijo y veo al tipo que lo asesinó y dice que lo hizo porque estaba participando en protestas violentas y se va su casa aludiendo que eso es reconciliación... No, eso no está bien. Por eso lo que pasó en Argentina es importante. La gente debe entender eso. Como la tarea que hace la gente de HIJOS y las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. No estoy de acuerdo con los que dicen: “No, ya es suficiente, olvidemos esto”. Eso trae impunidad. Cerca de 22 mil personas fueron testigos de los crímenes durante el apartheid. Estaban en todos lados: en la televisión, en la radio. Pero el país seguía en un apartheid. Personas que no podían ir al colegio, que no tenían trabajo o que eran explotadas, que caían en las drogas. Cuestiones de la vida cotidiana durante el apartheid. Y nadie respondió por ello. Entonces esas 22 mil personas parecían que eran parte de una minoría. La cultura del silencio continúa. Siete mil personas pidieron amnistía, entre ellos personas de mi comando. El pacto era que si confesaban, no habría juicio. Si una mujer perdía a su marido y no tenía cómo mantenerse y no había reparación, eso no parecía importar. Eso es parte de la cultura del silencio que impera hoy.

–Con la muerte de Mandela, se producirá un reacomodamiento dentro del CNA. En las próximas elecciones presidenciales habrá necesariamente una interna para ver quién dominará la estructura partidaria. ¿Quién será el próximo presidente de Sudáfrica?

–Es difícil predecirlo. El presidente Jacob Zuma sigue siendo una figura muy relevante dentro del partido. Es un hombre muy inteligente y, principalmente, un animal político. Tuvo un papel muy destacado en las negociaciones de Burundi, donde logró tener una influencia considerable. Es bueno negociando, escuchando a la gente. También negoció con Inkatha. Es un negociador hábil y además una persona muy carismática. No me gustaba Mbeki. Podría haber tenido más influencia en Zimbabwe y no lo hizo, presionando a Mugabe, por ejemplo.

–Zimbabwe es un vecino incómodo para Sudáfrica. Mugabe no ha logrado mantener un gobierno de coalición y su equipo no consiguió garantizar unas elecciones limpias y pacíficas. ¿Qué piensa de la situación que vive el país con el presidente Mugabe, acusado de fraude y de violaciones a los derechos humanos?

–No tengo mucha esperanza. Volví al país después de la independencia, en 1984, y había comenzado la guerra del partido gobernante contra Joshua Nkomo, el líder de ZAPU (Unión del Pueblo Africano de Zimbabwe). Eso fue un tipo de genocidio, no tengo dudas. Ese es el problema con muchos de los presidentes africanos. Comienzan bien y permanecen mucho tiempo en el poder, se corrompen y fomentan el amiguismo. Mugabe era considerado un héroe. Es una lástima que se haya llegado hasta este punto. No se puede hacer una reforma agraria echando del país a quienes saben hacer el trabajo. Igualmente, es un tema muy espinoso en toda Africa. Sólo un 30 por ciento de la tierra está en manos de africanos negros.

–Usted también vivió un tiempo en Brasil. En ese país tampoco se ha juzgado a quienes cometieron violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar. ¿Es una situación similar a la que vive Sudáfrica?

–En Brasil participé en la Comisión de la Verdad sobre los crímenes del pasado, durante los años de plomo. Muchos crímenes fueron cometidos contra los indígenas y los negros. La continuidad de esos crímenes es un tema importante porque aún hoy se cometen crímenes contra esas comunidades. Hay que buscar a los responsables porque algunas estructuras se mantienen. Nunca se buscó cambiar la fuerza policial ni la mentalidad del ejército. Si bien Brasil es una democracia interracial, la sociedad brasileña cree que los problemas derivan de la pobreza. Tengo amigos que lucharon contra los militares y me dicen que no hay racismo en Brasil. En mi primera semana allí me di cuenta de que ellos estaban algo ciegos. La Comisión dice que hubo racismo en los crímenes cometidos. No es un tema de pobreza o desigualdad. Cuando el PT todavía no estaba en el poder y yo trabajaba con ellos, reconocían que incluso dentro del partido había racismo.

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Imagen: Joaquín Salguero
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