CONTRATAPA

Homo Flatiron

 Por Rodrigo Fresán

Desde Nueva York

UNO Por fin, firme y vista al frente, Rodríguez tiene respuesta a esa pregunta que jamás le formularon abuelos y padres y tíos y amigos y novias. Una pregunta que es una variación arquitectónica sobre esa aria emocional que es el siempre temprano y eterno y terrible “¿a quién quieres más: a A o a B?”. Una pregunta que Rodríguez –el casi secreto rey sin trono de la autopregunta delirante– se viene haciendo desde hace tanto y que ahora, por fin, tiene respuesta. Y la pregunta es “¿qué edificio te comprarías para ti solito de contar con suficiente dinero?”. Y la respuesta de Rodríguez –hipotecado hasta el infinito y más allá con su pisito en Sants, Barcelona, tres habitaciones, sala, cocina y un par de baños– es, extática y orgásmica y aquí va: “El Flatiron Building en Nueva York, centro del universo”.

Y Rodríguez se la grita y se lo grita ahí mismo, in situ, al edificio en cuestión, en el 175 de la Quinta Avenida, 4044’28”N 7359’23”W. Y el Flatiron lo oye y lo mira y asiente y, si pudiese hablar, le diría: “Muchas gracias, desconocido. Pero más vale que sepas que no eres ni el primero ni serás el último que me lo grita”.

DOS Y dicen que el primer edificio triangular del que se tiene registro se alzó alguna vez en Verulamium, en la antigua Britannia romana. Y hay unos veinte edificios a lo largo y ancho de Estados Unidos que se llaman Flatiron. Y casi todos ellos son esquinados y angulosos. Pero no acepten imitaciones: aunque alguno de los otros Flatiron sean anteriores al de Manhattan y aunque haya uno casi tan hermoso al otro lado del río en Brooklyn, el verdadero y auténtico Flatiron es éste de aquí mismo. Uno de los dos primeros rascacielos de la metrópoli (el otro, a apenas una cuadra de distancia, es un encantadora mutación de Big Ben con Campanile veneciano que fue muchas cosas y que pronto será hotel marca Edition). Planeado y diseñado y erigido y estrenado en 1902 por los arquitectos Daniel Burnham y Frederick P. Dinkelberg, el Flatiron como despertándose de un sueño-comic de Little Nemo o anticipando la escenografía de un film de Wes Anderson. Un edificio que es como la proa de un barco que viene a abordarnos o, desde los cielos, como una porción justa de pizza perfecta, o como esa plancha sin arrugas a la que alude su nombre.

TRES Que no fue ése en principio. Al principio era el Fuller Building: un edificio cuyas oficinas se dedicaban a la estrategia y confección de otros edificios; porque George Allon Fuller era considerado el “padre de los rascacielos” (el entonces novedoso término rascacielos, curiosamente, tenía origen náutico aludiendo al mástil más alto de una embarcación). Fuller era el dios inmobiliario a rezarle si lo que se deseaba era ponerse a trazar verticales en esa horizontal insular. Y se construyó en el gajo desparejo y raro que había dejado la construcción de varios edificios en esa manzana deforme. Así que lo primero que se instaló allí fue una especie de cartel publicitario cruzado con linterna mágica en el que se proyectaban productos y noticias de último momento, costumbre que The New York Times, cansado de pagar el espacio, luego se llevó Broadway arriba, hasta su Times Square. Y el Flatiron fue inmediatamente amado por los neoyorquinos (imposible no amar su aire casi como de juguete). Pero los críticos especializados no se mostraron tan entusiastas (celebraron la astucia para aprovechar el espacio pero cuestionaban, en tiempos en los que acumular libros no era aún una especie de perversión o idiotez, sus demasiadas ventanas que “impiden, por ejemplo, instalar una buena biblioteca”). Y los fotógrafos-paisajistas como Edward Steichen y Alfred Stieglitz (quien reveló que “lo que el Partenón es a Atenas, el Flatiron es a Nueva York”) pronto lo sacaron con su mejor perfil que es, también, su insuperable frente.

Aunque no hay foto o pintura o postal que valga. Hay que verlo, hay que mirarlo, hay que poder decir “yo estuve allí, a sus pies” para intentar entender de qué se trata. A lo largo de los años, el Flatiron (para muchos “la locura de Burnham”) ha mantenido su misterio y alimentado las polémicas y desacuerdos entre los que no vacilan en llamarlo “a thing of beauty” y los que, como el escultor William Ordway Partridge, quien parecía tener algo personal con el edificio, lo acusó de ser “una desgracia para nuestra ciudad, una afrenta a nuestro sentido de lo artístico y una amenaza para la vida misma”.

Rodríguez se entera de todo esto, leyéndolo en su iPad, en la entrada correspondiente en la Wikipedia, con su maleta con rueditas a sus pies y a los pies del Flatiron, esperando que se haga la hora de ir corriendo al aeropuerto para tomar carrera y salir volando de regreso a Barcelona.

Y una de las grandes experiencias es la de sentir el viento junto al Flatiron. Plantarse con gravedad en ese vértice agudo y experimentar las ráfagas invisibles que te ametrallan por los cuatro costados al mismo tiempo y que obligaron a los arquitectos y a su ingeniero, Corydon Purdy, a pensar un armazón y estructura que aguantase cuatro veces más los cuatro vientos que suben y bajan y atraviesan la isla. Vientos que dieron lugar a la expresión-slang aquella de “23 skidoo” –con el Flatiron en la calle 23, donde se cruzan Broadway y la Quinta Avenida– que era lo que los policías les gritaban a los mirones que se ubicaban allí para ver cómo las corrientes de aire levantaban las faldas de las mujeres.

Con el paso de los años, las oficinas del Flatiron fueron ocupadas por compositores de canciones, redacciones de revistas, el consulado de la Rusia imperial, y su punta se convirtió en sitio habitual de encuentro entre gays. Hoy está ocupado por los varios sellos de la editorial Macmillan, propiedad de alemanes, y ya se le programa un futuro de hotel cuando todos los permisos estén en regla, porque en el futuro todos los mejores edificios serán hoteles durante quince minutos. Mientras tanto y hasta entonces, el Flatiron suele aparecer como imagen/transitiva en toda sitcom que transcurra en la ciudad que no duerme y es sede del Daily Bugle en el que trabaja el joven Peter Parker mientras no anda hombrearañando por ahí.

Y Rodríguez ya tiene que irse; aunque sienta que parte de él (moléculas que se desprendieron de su cuerpo y de su mente) se quedan aquí, para siempre, fantaseando con otra dimensión en la que Rodríguez vive ahí dentro, en una de las oficinas de la punta, contemplando el Empire State, sonriendo. Eso sí: conociendo su suerte, no sería raro que esa fantasía se hiciese realidad justo en esa dimensión en la que el ejército norteamericano lanza un misil, Godzilla versión 1998 lo esquiva, y a sus espaldas el Flatiron Building –afecto especial víctima de un efecto especial– es arrasado para siempre por los vientos de la Historia.

Aquí, en cambio, sigue en pie.

Mejor así.

Mejor –edificante felicidad– que siga ahí aunque sea de otros.

En cualquier caso, Rodríguez –quien nunca olvidará los vientos de esta mañana que sí es suya; vientos que lo empujan y lo sostienen al mismo tiempo– podrá verse a sí mismo, cada vez más arrugado, viéndolo siempre y para siempre.

Al Flatiron.

La vida es un edificio que confluye.

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