CONTRATAPA

Los rehenes de la libertad

Por Dalmiro M. Bustos*

Ricardo y Raquel me consultan por un grave problema que los aflige y al que no le encuentran una salida. Me cuentan que tienen una hija de dieciséis años, Valeria. Comenzó abandonando el secundario, luego volvía todos los días de madrugada y dormía el resto del día. Finalmente confesó que se drogaba y que tomaba alcohol en exceso (a esa edad el exceso es simplemente consumirlo). Cuando intentaban ponerle límites, Valeria les decía que eran unos tiranos, “fachos como el abuelo”. Relata Ricardo que su padre fue un activo integrante de la ESMA, cuando él tenía 15 años. Su hermana, militante de izquierda, muere en un enfrentamiento de las fuerzas de “seguridad”. Raquel llora permanentemente. Lo acusa de no saber ejercer la autoridad. Ella tampoco sabe hacerlo. Y es verdad.
Valeria está sin rumbo, sin freno. Tiene la edad en la que necesita oponerse para crecer. Rechazar los valores que aceptó pasivamente, para componer sus propios criterios de vida, que serán, en general, parecidos a los que recibió, pero reactualizados. Recuerdo mis propios dolores de crecimiento, mis desafíos a la severa (o no tanto) mirada de mis padres. Había rituales de gran significación: los pantalones largos y la ceremoniosa entrega de la llave de la puerta de casa. Eso legitimaba alguna borrachera, la visita a alguna casa de prostitución, comprar un atado de cigarrillos Laponia. Pero había muros de contención. En primer lugar los propios aprendizajes sobre lo que estaba permitido o no. Segundo: los ojos de mis padres dispuestos a no autorizar que uno “saliera de la línea”. Tercero el respeto por un Estado, en el que se incluye la escuela, que castigaba las transgresiones. Las tres barreras de contención sustituían a los incipientes límites.
Ricardo y Raquel no están solos en la duda sobre cómo actuar. Si reprimían a su hija eran vistos como unos tiranos. Si la dejaban “libre” se avecinaba el desastre. Los parámetros para el ejercicio de la autoridad cayeron víctimas de los abusos y omisiones. Librada a sus propios designios, Valeria tiene un rumbo marcado: la autodestrucción. Ricardo y Raquel, con modelos de autoridad que los dejan impotentes. Pertenecen a la generación del maravilloso “está prohibido prohibir”. Maravilloso mientras se comprenda su profundo y metafórico significado. ¿Es malo prohibir a un niño que meta los dedos en el enchufe? El Estado que se ha movido como un borracho entre el autoritarismo asesino, la corrupción sin castigo y la inercia cómplice, no sirve como modelo. Y el desamparo de las Valerias es patético.
Las clínicas están repletas de chicos que caen en la trampa de la “libertad” sin contención. Y muchos mueren en manos de los mercaderes de la noche que aprovechan la falta de límites. Los patovicas abusan denuestros chicos. Los desenfrenos de los adolescentes no contenidos por normas restrictivas tienen como tremendo ejemplo los chicos de La Plata que destruyeron las instalaciones de un Hotel en Bariloche. La fuerza enorme de los adolescentes, sin cauce, transforma en una bomba lo que podría ser una usina direccionadora de energía. Cuando avanzo en el tema mi dolor y enojo aumentan. ¿Vamos a permitir que se diezme una nueva generación de jóvenes? ¿No es suficiente ya con los 30.000 desaparecidos? ¿No es suficiente con los muertos en Malvinas? Las clínicas y grupos para padres de chicos drogadictos ayudan cuando el daño ya está hecho. Son eficientes respuestas. Pero nuestros hijos y nietos necesitan que se creen las condiciones para prevenir el riesgo exagerado. Y esa es función de una familia que debe cumplir su rol educador. Para guiar muchas veces es necesario reprimir. Y esta no es una mala palabra, cuya sola mención nos recuerda la ESMA. Quiere decir contener los impulsos dañinos. Sin represión no existiría la civilización, seguiríamos en la antropofagia. El problema escriba en quién, cómo y con qué métodos se reprime. La represión en nombre del amor impide el desenfreno.
Si hay una figura que marca a fuego nuestra identidad es la de los desaparecidos. Inmediatamente se evoca a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. En todos estos años de esperanzas y fracasos en el orden político y social, la figura de la lucha más consistente pertenece a ellas. No se callaron ni cedieron ante las amenazas. Se puede discrepar con algunas de las múltiples variables ideológicas que dividió al grupo inicial, pero pocos discuten la fuerza moral que representan. También sentí la fuerza contenedora del grupo durante la guerra de Malvinas. A pesar de mi larga experiencia como terapeuta de grupos, fue en ese grupo que aprendí con el dolor de o saber qué hacer frente a la insólita situación de tener un hijo adolescente en el capo de batalla. Supe que lo que como individuos ignorábamos, el grupo sabía. Y encontramos soluciones juntos, con aquellos pares a los que no había que explicar nada. Leía en un matutino que los padres de hijos gays se juntan para aprender a ser buenos padres en circunstancias inusuales. Sin pretender saber cómo conducirse, buscan compartir y aprender juntos. Y desde esas experiencias quisiera que los Ricardos y Raqueles del país se agrupen para charlar sobre el difícil rol de padres y madres de adolescentes. Para que Valeria no quede ni castigada ni a la deriva, sino contenida. Para que juntos se aprenda el difícil ejercicio de la autoridad.
Con la esperanza del restablecimiento de un país creíble, escuché la derogación de la ley de obediencia debida. Ahora queda mucho por hacer. Si el Estado se convierte en creíble, por primera vez después de tantas décadas, ahora es el turno de la familia. Que retome su legitimidad.
* Médico psicoterapeuta.

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