ESPECTáCULOS › JUAN BAUTISTA STAGNARO HABLA DE “EL SEPTIMO ARCANGEL”

“Este film es mi lado más oscuro”

El director de “Casas de fuego” y “La furia” estrena este jueves su nueva película, protagonizada por Pablo Echarri, que encarna a un personaje quebrado por la realidad, “un hombre que sabe que cae pero no sabe dónde está el piso”.

 Por Mariano Blejman

Juan Bautista Stagnaro se movió en los últimos años en la delgada línea que separa el cine industrial del cine de autor. Si es que esa línea existe. Sus películas fueron virando desde la multipremiada Casas de fuego (1995), hasta la realización de guiones decididamente comerciales como La furia (1997) o Un día en el paraíso (2003). El caso de El séptimo arcángel, producido por JB Producciones con apoyo del Incaa, que estrenará este jueves, es particular: fue rodado en un momento de crisis para el país, durante agosto de 2002. Y de algún modo esa estética opresiva de las calles quedó en la película que relata la recorrida de Luciano (Pablo Echarri), quien debe pagar una deuda y no tiene con qué.
La historia comienza en un supermercado coreano donde los dueños descubren que Luciano ha estado quedándose con abultados vueltos (por un total de nueve mil pesos). Los orientales lo intiman a que devuelva la plata en 24 horas. Pero los que pueden ayudarlo se apartan o –lo que es peor– son los que lo delataron. Su mujer Paula (Paola Krum) lo deja por el jefe de la empresa donde trabaja y su primo El Turco (Alejandro Awada) confiesa que él fue quien delató. Por allí también aparecen otras caras conocidas en la televisión: Andrea Pietra, Jorge Marrale y Gabriel Goity.
–¿La situación social durante el rodaje influyó en el clima del film?
–Era un momento especial, en el que las personas salían a la calle. Veníamos de los cacerolazos, recién habían sucedido los asesinatos del puente Pueyrredón, los bancos estaban acorazados. El robo institucional estaba instalado. Si hubiese querido hacer un documental hubiese hecho lo de Fernando “Pino” Solanas, que salió a la calle. Pero decidí contar esta historia desde una mirada indirecta, desde la ficción.
–¿Rodó en medio de la crisis?
–Hace exactamente un año, en agosto de 2002. Fue poco después de lo que sucedió en el puente Pueyrredón. La idea era mostrar una amoralidad básica, del que sabe que cae pero no sabe dónde está el piso. El piso lo encontrará el personaje con el aire fresco hacia el final.
–¿Los vientos de cambio que vienen del sur?
–Bueno... esa es una idea vieja en el cine. El sur, la Patagonia, el aire fresco conlleva la idea de empezar todo de nuevo.
–¿El protagonista tiene actitudes contradictorias?
–Claro, porque es un desclasado en el derrumbe. Al mismo tiempo es contradictorio en su relación con su pareja, propio de aquellos que han tocado el piso y tienen que volver a hacer pie. Tiene una relación de amor y odio con su primo, quien lo delata. En ese deseo y engaño oscilan sus sentimientos. Porque yo no diseñé qué haría cada personaje.
–¿Nunca?
–No en el comienzo. Cuando escribí la historia tenía ideas iniciales sobre lo que quería contar, sobre cada personaje. Luego los dejé hacer. Entonces comenzaron a ocurrir cosas inesperadas. Además, hay otro personaje central en la película que es el dinero: que aparece, desaparece, es escondido, mejicaneado, se falsifica. Era también el tema de los argentinos en ese momento. El dinero está por presencia y por ausencia, todo el tiempo. Porque le falta o porque tiene que conseguirlo. Al principio, sale –literalmente– del culo del protagonista.
–¿Por qué eligió a Pablo Echarri como protagonista?
–Echarri es un tipo muy querido en el conurbano. No hay una distancia entre él y su gente, como sucede con otras estrellas de televisión. Se lo reconoce como un hombre de barrio popular, de origen porteño. Su rostro es típico del Gran Buenos Aires. Si bien filmar con él es complicado, cuando se trata de rodar en condiciones extremas o en la calle por los gritos de la gente, la actitud hacia él no fue agresiva.
–¿Usted quiere salvarlo?
–El personaje parecía no tener salvación. Recién al final se desprenderá de todo. Pero había otro final más negro y terrible, que finalmente preferí sacar.
–¿Era necesario ese misticismo?
–El desplazado espera una señal mística, un mensaje metafísico que lo saque del pozo cuando ya no tiene de dónde aferrarse. Me interesó respetar esos silencios de Luciano y sus secretos. El séptimo arcángel será una mujer incendiada.
–¿Por qué quiso mostrarlos desesperados?
–En la crisis surge la belleza de lo desesperado. El que cae ni siquiera sabe dónde está la ley de gravedad: aparece una secta, los robos, las traiciones, las mejicaneadas. No es una denuncia social, el pastor tiene un pasado vinculado a lo que el peronismo llamaba las “formaciones especiales”. Es un quebrado. Conoce los dos bandos: oprimido y opresor. Fue militante y traidor. Se está escapando del pasado entre una amoralidad, la falta de interés, la desolación y la locura. El pasado de los personajes –como el de este país– no es coherente, ni está resuelto.
–¿Es una generación fracasada?
–Están desbarrancando sueños no realizados. Hay una sensación del tipo “pensábamos tener tanto, pero ahora tenemos sólo esto”. Están los sueños rotos, y terminan robándose unos con otros. Pero más que la historia me interesa el clima que se generó. Tiene una forma social donde el robo, la estafa y el mejicaneo parecen cotidianos. Me interesa la manera caótica y cortante en que suceden las cosas. Nunca me salió algo tan negro. No tiene nada que ver con ninguna de mis otras películas. Según mis amigos, Casas de fuego era mi lado claro y éste el oscuro. Curiosamente, sería una premonición para Echarri, ya que se filmó antes del secuestro de su padre.
–¿Por qué eligió actores conocidos?
–A Echarri lo vi en Plata quemada, fue un descubrimiento. Tiene esa cara inconfundiblemente porteña y barrial, ideal para su personaje. A pesar de que se hizo acotada financieramente y con un crédito del Incaa, El séptimo arcángel es una película no naturalista, como podría ser la de cierto cine independiente como Pizza, birra, faso. No tiene nada de realista, es excesiva. No busca recrear lo real, y para eso necesitaba buenos actores.
–¿En qué film piensa ahora?
–Estoy trabajando en una historia de pescadores en Mar del Plata. Mi viejo era pescador y vivía allí. Creo que hay una historia con la vida en el mar que es la del saqueo: el pescador le roba peces al mar para poder sobrevivir.

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Stagnaro filmó en las calles el año pasado, poco después de los asesinatos de puente Pueyrredón.
 
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