CONTRATAPA

Homo Máquina

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Cuando Rodríguez lo daba por perdido, reencontró a Leonard Cohen, de quien ya no esperaba nada más ni nada nuevo. Apenas y aunque le bastase, desde hace unos cuantos años, su héroe (Rodríguez ama a Cohen y “no entiende” a Dylan) parpadeando como replicante de sí mismo. A lo largo de discos girando por inercia (tan solo ese chispazo, en “Dear Heather”, donde el canadiense sonaba como un HAL 9000 autodesprogramándose y como agotado de tanta memoria y recuerdo) y a lo ancho de escenarios en los que, con algún desmayo incluido, se presentaba más como actor que como intérprete. Leonard Cohen (des)haciendo de/a Leonard Cohen. Lo que no quiere decir que Rodríguez, siempre, no fuese el primero en correr a comprar sus nuevas canciones y sus viejas ideas y a mirarlo y oírlo en directo como quien contempla a una ruina espléndida. Pero hallelujah: ahora, a sus ochenta años, Cohen se saca de la manga y la garganta y la cabeza Popular Problems, lo mejor que ha rimado desde The Future, hace ya casi un cuarto de siglo, en otro milenio. Para Rodríguez, seguro, una tan inesperada como indiscutible obra maestra donde, redonda, todo está en su sitio y perfectamente dosificado. Aquí, sin dejar de jugar al amante errante de ronca voz dorada, Cohen recupera su extraviado aliento salmódico/bíblico de “pequeño judío que escribió la Biblia” en un puñado de canciones que van de la catástrofe histórica insinuada sin estruendo y con elegancia (11 de septiembre del 2001, Katrina, guerra interminable entre israelíes y palestinos) al íntimo desastre histérico de músculos amatorios que ya no responden como antes. Así, hasta alcanzar la cima de lo inalterable: las ganas de seguir cantando “that hallelujah song”. De vivir para cantarla desde su piso en la torre de la canción, acercándose a Hank Williams, como un ave posada sobre un alambre. Con y en perfecto equilibrio y sin red, porque –Rodríguez lo contempla desde tanto más bajo, en su sótano de la tensión– a esta altura de su vida es seguro que Cohen no va a caerse antes de morirse.

DOS Y la apertura de Popular Problems es “Slow”: un blues de aires noir en el que Leonard Cohen –sin prisa ni pausa, despacio pero tan seguro– celebra la lentitud reflexiva sobre la velocidad irracional. En tiempos en que auditorios enteros se ponen de pie para aplaudir a Apple porque “reinventa” el reloj y lanza un iPhone que se dobla en los bolsillos “porque la gente se sienta de manera incorrecta”, Amazon presenta a sus nuevos productos como “nuevos miembros de la familia”, y se celebran las oportunidades laborales para la “generación youtuber” dedicados a colgar videos en nubes y redes; Cohen –como el profeta del Slow Movement, Carl Honoré, en esos libros que predican masticar más antes de tragar y moverse más pausadamente para demorar el orgasmo– recomienda ir más despacio. Cohen aboga por recuperar la velocidad natural del ser humano cada vez más parecido a una máquina de movimiento continuo obligado a alcanzar a máquinas mucho más rápidas pero tanto menos sensibles que él.

TRES Y Cohen no es el único. Aquí viene de nuevo el profeta más o menos apocalíptico Nicholas Carr con su nuevo libro: Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas (Taurus). Pocos años atrás, Carr ya había advertido de la estupidización rampante y la falta de concentración en una cosa (porque estamos muy ocupados intentando abarcarlo todo y a toda velocidad) en el best-seller finalista del Pulitzer Superficiales: ¿qué está haciendo internet con nuestras mentes?. Rodríguez recomendó y regaló y no deja de releer ese libro. Y si entonces Carr prevenía acaso demasiado tarde acerca de los riesgos de reformatear el cerebro humano siguiendo parámetros informáticos, ahora regresa con nuevas malas nuevas listas para ser rebatidas por todos aquellos que lo consideran una especie de divulgador ominoso más cerca de Ray Bradbury que de Charles Darwin. Carr –quien, para Rodríguez, de ningún modo es un ludita feroz o un tecnófobo fundamentalista o el ingenuo romántico alérgico al progreso inevitable y al cambio de signos de los tiempos– apunta ahora al crepuscular amanecer del “Homo Technologicus”. Una máquina con tracción a sangre y electricidad orgánica y menguantes baterías propias y más adicta a los enchufes y a ingenios que le solucionen la vida mientras, entre sombras, algoritmos secretos la estudian y compartimentan mientras le complican toda posibilidad de supervivencia independiente y animal, como en los viejos tiempos. Así, progresiva pero regresivamente dependientes de engranajes y chips –diagnostica Carr– vamos apoyándonos y recostándonos en una “complacencia automatizada” siendo “embrujados por tecnologías ingeniosas” y “externalizando capacidades” alguna vez internas y casi reflejas. Y no es sólo que las personas transfieran más y más de su vida íntima y emocional a las pantallas, o que los médicos sepan menos de lo que sucede dentro del cuerpo, o que los pilotos comprendan peor la mecánica que permite volar a un avión. También los esquimales –ahora concentrados en las pantallitas de sus GPS– pierden la orientación ganada a lo largo de milenios de intuición y se extravían en esas vastedades donde la nieve tiene cincuenta palabras diferentes para ser explicada; cincuenta palabras cada vez más difíciles de recordar, seguro. Tampoco es que todo stage pasado fuese mejor y a no preocuparse y a seguir temblando. No hay carencia de salvajes y un reciente titular en El País –“Si impiden tirar la pava del campanario la gente sale a tortas con la Guardia Civil”– da buena cuenta de que algunas tradiciones ancestrales gozan de buena salud y poderosa irracionalidad (a pesar de ser ilegales, los vecinos de ese municipio de Jaén hacen una colecta para pagar la multa) y no, todavía no existe una app que permita digitalizar el rito y ahorrarle el susto al emplumado en picada que, aseguran, “no sufre”.

Pero más allá de todo eso, aquí y allá y ahora, un sufrido Rodríguez puede imaginarlos, verlos, oírlos: los bisnietos de Inuk y Atuk y del Poderoso Quinn descubriendo que los filos de sus trineos encallan en las arenas del trópico; la voz del capitán en los altoparlantes del 747 advirtiendo al pasaje que lo de despegar salió bien pero que no tiene muy claro cómo era eso de aterrizar; el doctor mirando leyendo un electrocardiograma pensando que es un electroencefalograma y diciendo aquello de “tengo una mala noticia para darle”. Problemas populares, sí. Y por encima de todos ellos –más vintage que vieja, instalada en constante replay en los audífonos de Rodríguez y ahogando esa otra voz rasposa y nada inspirada de Jordi Pujol regañando con eso de que “un gobierno corrupto no se mantiene veintitrés años” sin darse cuenta de que, sí, se necesita de mucho tiempo en el poder para llegar a ser tan corrupto– la voz antigua de un Leonard Cohen rimando y despidiéndose con un “Me pones a pensar / Como a aquellas gentes del pasado”.

El pasado... El pasado...

El pasado como ese país extranjero donde –como dijo un escritor inglés–se hacen las cosas de manera diferente. Ni mejor ni peor; pero sí personalmente, con personalidad, en persona más que a máquina, pensando por y con uno mismo, lentamente.

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