DEPORTES › DOS DéCADAS DESPUéS DE PERDER UNA PIERNA, VOLVIó A JUGAR

Milita en el amor por el deporte

Uno de los atletas que más intervinieron en la Carrera de Miguel por la memoria y la justicia volvió a practicar su disciplina predilecta, gracias a una prótesis de carbono. El club Porteño de San Vicente lo convocó.

 Por Gustavo Veiga

Volvió al primer amor en el umbral de la primavera, el sábado 20 de septiembre. La pelota ovalada, un equipo con compañeros que podrían ser sus hijos y la misma cancha de siempre en San Vicente le dieron la bienvenida. Al club Porteño, su casa. Concretó el sueño después de 21 años y ya tiene 48 recién cumplidos. Martín Sharples, al revés que en la canción de Rubén Blades “La vida te da sorpresas”, le da sorpresas a la vida. Su tesón de corredor de fondo, con silla de ruedas o prótesis de carbono, lo conocíamos. También su voz militante, sin vueltas, con sus verdades como aguijones molestos para el poder político y deportivo. O su presencia permanente, incansable en cada Carrera de Miguel por la memoria, verdad y justicia, como sus homenajes en cada premiación a los 30 mil desaparecidos. Pero faltaba que lo convocara para jugar Ricardo Destuet, ex tercera línea como él y hoy presidente del club de rugby. Además de que pasara el apto médico. Era como un deseo irrefrenable. Y se dio todo como esperaba.

El día del reencuentro salió desde su casa, en el barrio de La Paternal, muy alejado de la cancha de Porteño, vecina a la quinta-museo de San Vicente donde descansan los restos de Perón. Lo acompañaban sus hermanas Nora y Lía, más sus dos sobrinos, Ezequiel y Lucas. Como en la película Diario de motocicleta, que tiene un pequeño tramo filmado en la misma cancha de rugby (Gael García Bernal, el Che Guevara de ficción, es asistido ahí por un ataque de asma durante un partido), Sharples también fue tomado por la cámara. Su esfuerzo blindado merecía quedar grabado. Hace un par de años –recordó–, él, que no conoció al Che, le regaló el trofeo que había ganado en la Carrera de Miguel de Villa España, en Berazategui, al hermano menor del revolucionario, Juan Martín Guevara.

Sus imágenes en cada prueba de atletismo hablan el mismo lenguaje con que él profesa su amor por el rugby. Un lenguaje emocionado cuando forma en el scrum como ala, cuando sale a cortar un pase o a tacklear un jugador de Almafuerte, el rival en su rentrée de Intermedia. Martín no sólo jugó los 80 minutos de ese partido que su equipo ganó. También participó de los cinco minutos finales de la división superior –como se dice en el rugby–, la Primera, que Porteño perdió.

Sus compañeros de las dos divisiones son pibes mucho más jóvenes. Viven en San Vicente, Glew o Alejandro Korn, al sur del Gran Buenos Aires. El viajó durante dos semanas desde la Capital Federal para entrenarse con ellos. Participó en cuatro prácticas y así, con el mínimo entendimiento, regresó a una cancha después del accidente de moto que el 17 de abril de 1993 le costó perder su pierna izquierda. Si a su tocayo Palermo la prensa deportiva lo bautizó Titán, ¿cómo deberíamos llamarlo? ¿Gigante? ¿Coloso? ¿Superhombre?

Seguramente él no aceptaría semejante grandilocuencia. Porque sus proezas deportivas lo definen mejor. Como, por ejemplo, la última. El domingo siguiente al partido de rugby, había una maratón en su barrio, La Paternal. Los organizadores le habían puesto su nombre a la prueba hace un par de años. El se comprometió a estar y estuvo presente. Corrió los 5 kilómetros con su fleje de carbono. Hoy cuenta entre risueño y sorprendido: “Me caí como cuatro veces. Es increíble, pero jugando para Porteño no tuve ni un resbalón, pero en la calle sí”.

Martín ya había decidido abandonar las carreras de fondo para soñar con un try debajo de los palos. “Tuve que cambiarme el chip, calzarme los botines en un vestuario y sentir que era mi ámbito. Salimos a la cancha, nos abrazamos en la hache y para mí fue como si no hubiera transcurrido el tiempo.” Dijo también que dudó en la primera pelota que pasó con las manos, pero “cuando hice un tackle en la jugada siguiente me sentí bastante cómodo”. Cuenta que “los rivales se sorprendieron y me felicitaron”, pero el premio mayor se lo ofrendaron sus compañeros de equipo: “Los pibes son bárbaros, me dijeron que yo era una fuente de motivación para ellos”.

El presidente Destuet, su entrenador el Tano Marzola, los planteles de Primera e Intermedia y el público que acompañó a Porteño y Almafuerte, aplaudieron cuando le dieron una plaqueta. Después llegó el tercer tiempo y la prolongación natural del juego en ese punto de encuentro que patentó el rugby hace décadas. A ese atleta que no se dobla ante la peor adversidad que le puede ocurrir a un atleta, le quedaba todavía por contar otra anécdota.

“Jugué con la camiseta de Porteño y debajo otra que me hice con los nombres de los jugadores de rugby desaparecidos.” Para él no podía ser el único homenajeado en la que fue su mejor tarde de rugby. Después de que aquel accidente de moto suspendió su deporte preferido durante 21 años, se metió de nuevo en una cancha con las mismas ganas.

“Fue la vuelta a mi gran amor, que vino a buscarme para volver a sentir esas sensaciones que ya había olvidado antes de un partido”, dijo el atleta, un ejemplo a seguir que Miguel Sánchez, también atleta y poeta, habría definido así en uno de sus versos: “Para vos atleta/ para vos que sabés del frío, de calor/ de triunfos y derrotas/ para vos que tenés el cuerpo sano, el alma ancha y el corazón grande”. Para vos, Martín Sharples.

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Arriba, a la derecha, Martín Sharples, cuando formaba parte de Porteño.
 
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