CONTRATAPA

Homo Astral

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Botella de Jack Daniel’s, persianas bajas, ojos cerrados y oídos bien abiertos, Rodríguez va a viajar lejos, muy lejos, más lejos aún. Rodríguez se prepara para la cuenta regresiva que lo llevará de ser el que alguna vez fue y –aseguran los que dicen saberlo todo acerca de lo que nadie sabe demasiado– quien sigue siendo, en algún lugar del espacio-tiempo. Allí. ¡No! ¿Allá? Y el que alguna vez fue Rodríguez es ese adolescente Rodríguez que brillaba como el sol escuchando a Pink Floyd y que, a su vez, es ese Rodríguez niño que cuando sea grande quiere ser astronauta y dos, uno, cero, ignición.

DOS Quemados y extinguidos, todos esos Rodríguez confluyen ahora en este Rodríguez apagado y maduro que irá a dar a ese Rodríguez con una mirada en sus ojos como agujeros negros en el cielo que volverá a ser polvo de estrellas del que alguna vez vino, y salud. Mientras tanto y hasta entonces –con toda su familia fuera–, Rodríguez sale de ver Interstellar, de Christopher Nolan. Y se dispone a rematar un día cósmico escuchando The Endless River, lo último y, dicen, lo final de Pink Floyd. La banda de su última infancia y primera juventud. Su marca favorita; porque Pink Floyd siempre fue una marca que trasciende a sus miembros. Así, Rodríguez –quien nunca creyó en el genio arrasado de Syd “Diamante Loco” Barrett– se compró de The Endless River desconfiando del guitarrista David Gilmour y su aire de marine crepuscular así como del aspecto de Monty Python de Nick Mason; pero sin dudar por un segundo de Pink Floyd. Ese grupo cuyos discos tenían las más enigmáticas portadas –Pink Floyd se oía pero también se miraba– cortesía de Storm “Hipgnosis” Thorgerson (RIP). En cambio, la de The Endless River –con esa especie de regatista/gondolero celestial– es bastante horrible. Y el nombre del disco es más bien espantoso. Y lo cierto es que a Rodríguez le tiemblan las manos y casi se le cae el cd al introducirlo por la ranura de su equipo de sonido. Demasiados recuerdos, sí. Pink Floyd y sus canciones astronómicas como el soundtrack de su pasado lleno de futuro y de una era cuando aún se fantaseaba con la última frontera, con establecer contacto con inteligencias superiores o invasores implacables. Ahora no. Ahora sólo se ruega porque el ser humano –alien/ado de sí mismo– no sea tan idiota y suicida como parece ser.

TRES Y, ah, se piensa en lo espacial cuando se necesita sentir algo especial. Relativizarlo todo con la ayuda de la Teoría de la Relatividad. Preguntarse qué significan términos como “event horizon” o “wormhole” ahora en la voz arenosa y movediza de Matthew McConaughey. Ponerse a pensar en esa estrella “herida” que se las arregló para escapar de las mandíbulas sin dientes de un agujero negro y del módulo Philae posándose sobre el cometa 67P/ChuryumovGerasimenko. Decirse si se va a arriesgar a la lectura de la odisea religiosa-interplanetaria The Book of Strange New Things, de Michel Faber. Enterarse de que el avión de la Virgin Galactic cayó en picada y que sube la popularidad virtual de ese cosmonauta canadiense cantando versión orbital de “Space Oddity” con la bendición de David Bowie. Releer esa noticia en The New York Times donde científicos de noficción manifestaron en un congreso sus quejas a escritores de ciencia-ficción reprochándoles el que ahora casi todo era distopía. Y que el género había perdido su impulso de soñar con grandes cosas influenciando para mal a una inapetente infancia y anoréxica juventud que ya no se atrevería a las recetas de grandes aventuras más allá de nuestro sistema solar y se conformarían con jugar con el hambre y todo eso. Y de ahí –de esa llamada de atención– la reciente salida de una antología titulada Hieroglyph: Stories and Visions for a Better Future, donde lo que se ofrece es un mañana optimista y rebosante de grandes hallazgos. Como en la edad dorada del género. Cuando todos, con los pies en la Tierra y sin haber pisado el lado claro de la Luna, miraban hacia arriba con la cabeza bien alta.

CUATRO Rodríguez piensa en todo eso mientras escucha The Endless River. Sólida música acuática para cálido chill out, sentido déjà vu de ecos y astuto greatest hits de sonidos, retaguardia de vanguardia, sonda sideral que vuelve al punto de partida, y souvenirs para after-hours pastorales de cosmonautas/ascensoristas psicodélicos que ya no se drogan. Y pretensiones de coda/requiem para olvido del eyectado Roger Waters (bien podrían haber firmado la tregua y ahogado el hacha de guerra antes de descansar en paz, se lamenta Rodríguez) y en memoria del aquí omnipresente fantasma del tecladista Rick Wright: favorito de Rodríguez y verdadero responsable de esa cumbre insuperable que fue y sigue siendo y será Wish You Were Here.

Ahora, mucha música y muy pocas letras que estarían perfectas como fondo sin fondo de Interstellar. Film que también podría llamarse True Astronaut y que –como el retrofuturista The Endless River, que remite a ese ayer en el que Pink Floyd era el sonido de aquel mañana sin paredes– es un poco una suma de partes restantes. Un resumen de lo experimentado con 2001: A Space Odyssey y Solaris, pero tras la estela de Contact y Gravity. Cruza entre sci-fi dura y metálica y sci-fi líquida y fluida: física cuántica y química de epifanía, el astronauta y el granjero, el desperfecto técnico y las intermitencias del corazón, James Cameron y Terrence Malick, las tormentas de polvo como soplando desde la Gran Depresión y los mares verticales y los hielos eternos de planetas por venir, Ray Bradbury y Arthur C. Clarke, espacio y tiempo, ida y vuelta, ¿qué hora es? y ¿cómo se llamaba esa galaxia?

Como suele ocurrirle cada vez que se expone a la radiación de algo que tiene que ver con eternáuticas paradojas temporales, Rodríguez salió de ver Interstellar con un agradable dolor de cabeza y el impulso incontenible de revisar la trama para acabar perdido en alguno de sus pliegues. Pero, también, emocionado porque una biblioteca y un viejo reloj de aguja sean los instrumentos de la gravedad para comunicarse a través de las sombras de los años luz. Y porque, al final, la explicación para el milagro no pasase por alguna iluminadora súpermente contemplativa de nuestros sufridos cerebritos siempre a oscuras sino por la fuerza encandiladora y todopoderosa en los átomos de los corazones terráqueos generando el amor que sienten los padres por los hijos y los hijos por los padres. Y, bueno, sí, nada es perfecto: también un afán por entenderlo y explicarlo todo que jamás sintió David “Dave” Bowman, aquel otro astronauta. Y todo un poquito muy New Age, sí; pero con la Old Age uno es cada vez más New Age guste o no, se dice y se disculpa Rodríguez. Y Pink Floyd es Vintage Age.

Horas más tarde, la botella vacía y sin S.O.S dentro, The Endless River en REPEAT, y Rodríguez remando en un loop, flotando ingrávido, en animación suspendida, confortablemente atontado. Y se despierta de golpe y de noche y por un ruido y exclama “¿hay alguien ahí fuera?”

Y, claro, Rodríguez está solo y perdido en el espacio.

Y –tal vez de ahí la ausencia de canciones en el interestelar The Endless River– se sabe que en el espacio nadie puede oírte cantar.

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