CONTRATAPA › THE CARNE BLUES

El general Roca come asado con cuero a orillas del Colorado

 Por Juan Sasturain

Concentrado y sin mirar a los costados, como un bicho depredador que caza solo, en su mesita plegable de campaña con cubiertos y servilleta de lino inglesa, ahí está el Zorro.

Ha posado ecuestre durante toda la mañana para el futuro y para el cuadro de Blanes
–más de siete metros de épica mitología nacional, ideales para la pared más ancha del museo, la doble página en los libros de texto–
Y ha soñado con el óleo, con el bronce en diferido que lo espera en Diagonal Sur y con su nombre.

Pero ahora, con sol alto y por un rato nada más, por apenas lo que tarde en irse el humo, lo que dure tanto olor a grasa en un desaforado cielo pampa
se suspende sin suspenso la Conquista del Desierto
se callan sin vergüenza los Remington, los gritos detrás de los lanzazos
la Historia se baja del caballo, desensilla hasta que (jamás) aclare.

Bajo la sombra del único arbolito equivocado en tantas leguas peladas
el general Roca come asado con cuero y sin marca a orillas del Colorado.

Visto de lejos, como si el manco Cándido lo hubiera pintado
–un millar de muñequitos de uniforme, la cinta del río, todo el cielo posible sobre las cabezas inclinadas junto a los fuegos repetidos a intervalos–
el campamento al mediodía es apenas un pespunte de alfileres
clavados en la pampa sin sombra ni alambrados todavía.

En detalle, el edecán elige la galleta menos dura en la bolsa de arpillera
y espanta con el quepis transpirado al chimango que arranca
con un pedazo de tripa, vuela sobre la centenaria rastrillada
donde se prepara el molde de barro para los rieles por venir.

El Zorro –ajeno a las íntimas cosquillas de la Gloria, al miedo de los pampas inasibles tras las bardas, al sangriento insomnio tan temido– roe su larga costilla, al parecer ensimismado.

Ha apartado apenas los ojos del plato y por un momento la mirada va y viene del caballo que bebe con las patas en el río, a la orilla marcada por primera vez por el rigor y el calor de una herradura.

Roca se para y el horizonte baja con él. Alza la cabeza y el vientito del sur le mueve la melena. Plano corto, medio perfil: no sabe –no puede saber– que así completa la imagen, su destino final en la galería de los depredadores: las dos caras del billete de cien pesos.

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