CONTRATAPA

Inquietud

 Por Guillermo Saccomanno

Cuando empieza la racionalización en el diario y la empresa propone el retiro voluntario, a diferencia de sus compañeros, Inés no se alarma. A diferencia de los demás no piensa ni en poner un kiosco ni comprar un taxi. Inés tiene casi sesenta. Sin padres, sin pareja, sin hijos, Inés sólo se tiene a sí misma. Y esta es una ventaja. Soy sola, declara. Al decirlo parece recitar el número de su DNI. Y a esta altura de su vida, se dice, no va a hacerse drama por el futuro que le queda. Está dispuesta a aprovechar al máximo la indemnización. La invertirá en placer. Un viaje por la Patagonia. El itinerario lo va a cerrar en Tierra del Fuego. Y después, le preguntan. Después, contesta resuelta, después me mato. Y con mi muerte no voy a joder a nadie porque no tengo a nadie.

Apenas cobra la indemnización Inés pone en práctica su sueño. Si se demora un tiempo en salir de viaje es porque decide vender su dos ambientes en este edificio. La propiedad tarda en venderse. Y al cerrarse la operación la suma resulta bastante menor de lo calculado. Pero no se hace demasiado problema. Está ansiosa por empezar el viaje. Con la indemnización y la venta tiene más que suficiente. A esta edad, piensa, no le da el cuerpo para hacerse la hippie y andar con una mochila durmiendo a la intemperie. Sin importarle el dinero, se detendrá donde un lugar le guste y se alojará en un hotel todo el tiempo que quiera. Pasó la mayor parte de su vida soñando este viaje. Y ahora, al viajar, observando uno y otro paisaje, se arrepiente de haber perdido tantos años. En una librería de Puerto Madryn compra Patagonia, de Bruce Chatwin. Añora no ser más joven para reproducir la aventura del viajero, recorrer a pie este territorio inabarcable y desolado. Disponer de dinero le permite cubrir tramos largos en remise. Está bueno atravesar los pasajes desiertos y ventosos protegida en el interior de un auto, viajando en el asiento trasero, como una lady. Y aunque cada desplazamiento le cuesta una fortuna también está bueno no preocuparse por lo que cuesta. En un hotelito de Esquel, una noche de aguacero, subraya en el libro el pasaje de una conversación con un ornitólogo: Conversamos hasta muy tarde, analizando la posibilidad de que también nosotros, los seres humanos, tuviésemos programadas migraciones en nuestro sistema nervioso. Era, según decimos, la única forma de explicar nuestra alocada inquietud. Durante demasiados años, piensa Inés, padeció esa alocada inquietud que, páginas después, cree identificar en una definición de Baudelaire: el gran mal, el horror al propio hogar. Se da cuenta, demasiados años merodeando esta verdad que ahora, en el viaje, se le revela con la potencia del viento patagónico. Esta misma noche, escuchando la tormenta, se fija no volver a pensar en los años dilapidados ni tampoco en su cuerpo que, a esta edad, le mezquina la energía que quisiera. Tras esta conclusión se despide de la melancolía. Y en la Patagonia pierde la noción del tiempo. A veces, después de unas semanas, vuelve a algún sitio en el que recuerda haber tenido una percepción novedosa del mundo, del destino y de sí misma. Pero al regresar suele ocurrirle que esa percepción ya no es igual. Y entonces la experiencia tiene algo de segunda mano. Inés toma otra decisión: no volver atrás. Retarda el viaje a Tierra del Fuego, su tierra prometida. Sin embargo no está preocupada por el dinero que se le vuela de las manos sino por la amenaza que percibe en la gran nevada que lo tapiza todo. La nevada le concede a Ushuaia un glamour turístico, pero debajo de ese glamour hay barracas y taperas miserables. Si bien desde la ventana del hotel puede contemplar los techos y los autos cubiertos por un blanco de postal y, más allá, la bahía, el mar como un vidrio oscuro. Los nervios la contraen en las últimas semanas. El segundero de su reloj la confunde con una especie de vértigo.

Esta tarde el dueño del hotel la intima con llamar a la policía si no paga lo que debe. Después baja a la playa. Durante un rato largo se queda parada sobre unas piedras mirando un pingüino muerto. El pingüino tiene manchas de petróleo y de sangre en el pico. Al observarlo, Inés se siente débil. Aquí, en la bahía, esta tarde el mar tiene un color negro acerado. Pronto va a anochecer. Nieva otra vez. Inés tiembla. Se sube las solapas del abrigo.

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Imagen: Corbis
 

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