CONTRATAPA

Rehenes

 Por Mario Goloboff *

Hacia mediados de los años cuarenta, hizo su dramática aparición en Occidente el denostado “agente anti soviético” Víctor Kravchenko, ingeniero comunista, capitán del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, director de un grupo de instalaciones industriales en Moscú, uno de los primeros en denunciar las hambrunas que la colectivización forzada imponía en la campaña rusa y las represiones que estaban conduciendo a miles de hombres y mujeres a campos de concentración, todavía no apelados con el nombre de “Gulag” (acrónimo formado a partir de “Dirección General de Campos de Trabajo” en ruso: Glávnoie upravlenie ispravítelno-trudovyj lagueréi i koloni, conocido así por la publicación, en 1973, de Archipiélago Gulag, de Alexsandr Solzhenitsyn). Desertor del Partido Comunista y de la Unión Soviética en abril de 1944, al ser enviado en misión comercial a los Estados Unidos, tiempo después fue acusado por una revista francesa de trabajar para los intereses del imperialismo y de las agencias norteamericanas de inteligencia, por lo que la demandó por difamación en un denominado, contemporánea y apresuradamente, “proceso del siglo”. Publicó libros autobiográficos (el más conocido, Yo elegí la libertad) y terminó sus días en Nueva York, en el barrio de Brooklyn, nunca se sabrá si suicidado, como se estableció oficialmente, o asesinado, como correspondía a las intrigas político policiales de la época.

El 13 de noviembre de 1947, Les Lettres Françaises, fundada bajo la Ocupación, publicó aquel artículo titulado “Cómo se fabricó a Kravchenko”. En él se sostenía que el autor ruso era “un iletrado, un borracho, un farsante, un débil mental, un libertino, que había falsificado informes de rendimiento en la URSS para cobrar primas, y vendido su firma a los servicios secretos norteamericanos para pagar sus deudas”. Durante el famoso proceso de París (que terminó con una sentencia de la Corte condenando a la revista a pagar una suma simbólica equivalente a un dólar), se puso de su lado una mujer desconocida en los medios y en los ambientes políticos y sociales de grandes nombres y proyectos. Si bien ignorada hasta el momento, Margarete Buber Neumann llevaba ya vivida una experiencia humana que la convertiría en portadora de historias emblemáticas y en una simbólica rehén del siglo XX. Había nacido en los comienzos del mismo en Potsdam, ingresado a las organizaciones socialistas en su adolescencia, y destacado en su juventud como cuadro comunista cuando la República de Weimar. Thuring de soltera, casada con un judío, Rafael Buber (hijo del filósofo Martín Buber), divorciada en 1929 y vuelta a casar con el dirigente comunista Heinz Neumann, se exilian juntos en la Unión Soviética a la llegada de los nazis al poder. Durante esos años, ambos trabajaron para la Internacional Comunista, primero en Francia y luego en España, durante la Guerra Civil. Pero en 1937 Heinz Neumann fue llamado a Moscú, arrestado luego como parte de la Gran Purga de Joseph Stalin y más tarde ejecutado. Margarete nunca se enteró de su destino exacto. También ella fue detenida y enviada a un campo de trabajo en Siberia, como “esposa de un enemigo del pueblo”.

Tras el pacto Molotov-Von Ribbentrop, de agosto de 1939, fue una de las personas, de un número aún indeterminado de comunistas alemanes, entregadas a la Gestapo en 1940 por los soviéticos. Buber Neumann fue tomada, apresada y enviada al campo de concentración de Ravensbrück. Debido a que ya había renunciado al comunismo como resultado de sus experiencias en la Unión Soviética, fue tratada con algún atenuante como prisionera relativamente privilegiada, lo que le permitió sobrevivir cinco años allí. Trabajó en la Siemens, en una planta adjunta al campo y, más tarde, en el campo, para el secretario oficial de las SS-Oberaufseherin Langefeld Johanna. No obstante, junto con todos los demás presos, tuvo que soportar hambre, frío, las enfermedades, los bichos, los castigos corporales y los períodos de confinamiento solitario en la oscuridad total, padecimiento que ya había sufrido mientras se hallaba en Siberia. El cúmulo de estas desgracias no le impidió estar muy cerca de Milena Jesenská (la destinataria de las “Cartas” de Franz Kafka y uno de sus grandes amores en la Praga de entreguerras), protegerla y atenderla hasta su muerte en Ravensbrück, y ser autora del testimonio más vibrante sobre la vida de esta gran periodista y traductora checa.

Margarete Buber Neumann fue liberada en abril de 1945. Pasó algunos años de la posguerra en Suecia, y regresó a Alemania en la década del 50. Antes, en 1948, había publicados Als Gefangene bei Stalin und Hitler (Bajo dos dictadores: prisionera de Stalin y Hitler), un relato de sus años en los campos soviéticos y nazis, que despertó la hostilidad de todos, simpatizantes comunistas y occidentales. En 1949 fue cuando, en París, había declarado su apoyo a Víctor Kravchenko, corroborando lo contado por este y contribuyendo a su victoria en el caso. Hacia 1957, publicó Von Potsdam nach Moskau: Stationen eines Irrweges (De Potsdam a Moscú: Estaciones de una manera errónea). En 1963, la biografía de su amiga en Ravensbrück, Milena Jesenská (Kafkas Freundin Milena) y en 1976 La llama extinta: los destinos de mi tiempo, en el que alegaba que el nazismo y el comunismo eran en la práctica lo mismo. Para entonces, se había convertido en una política conservadora, uniéndose a la Unión Demócrata Cristiana (CDU). En 1980, Buber-Neumann fue galardonada con la Gran Cruz del Mérito de la República Federal de Alemania. Murió en Frankfurt en 1989, a pocos días de la caída del Muro. Sus hijas del matrimonio con Rafael Buber se habían establecido en Israel después de la guerra.

Es interesante ver, a través de tamaña personalidad y de su desgraciado transcurso, alguna de las tramas ideológicas del siglo XX. Porque ésta contribuyó a cimentar la idea, hoy tan difundida y aprobada en Occidente, de que fue marcado por dos totalitarismos que lo signaron de igual modo. Se asienta, efectivamente, en varias pruebas y en hechos sucedidos a lo largo de esos sangrientos años. Pero a la vez oculta o silencia una visión no menos peligrosa, no menos atemorizante: la de un período en el que las fuerzas capitalistas y conservadoras no habrían hecho nada en contra de la humanidad. Calla, como si fuesen fenómenos naturales, el nuevo reparto del mundo colonial, el hambre y la desocupación, las torturas, muertes y matanzas, las feroces dictaduras, la explotación de clases y de poblaciones enteras, el trabajo esclavo, el comercio de órganos, la trata de mujeres, el despojo de la naturaleza, de la tierra y el mar, de los árboles y el aire, la miseria y el atraso de comunidades y de continentes enteros, donde también hubo y hay millones de seres que sufrieron y sufren este ¿cómo llamarlo? totalitarismo silencioso, que nunca dice su verdadero nombre.

* Escritor, docente universitario.

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