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Raíces

Por Juan Gelman

@El 6 de febrero de 1945, en un París muerto de hambre y de frío, pero sin nazis ya, un pelotón de fusilamiento de la Francia libre acabó con la vida del escritor, poeta, crítico y periodista Robert Marsillach. Ni el día elegido ni la ejecución obedecieron a un capricho. En la misma fecha del año 1934 una asonada profascista en la Place de la Concorde derribaba casi a la Tercera República. Brasillach, por su parte, fue un contumaz antisemita, defensor de la ocupación alemana de su país y del régimen títere encabezado por el mariscal Pétain que el invasor instaló en Vichy. El escritor dirigió el semanario Je suis partout hasta 1943 y sus virulentos artículos contra los judíos, la resistencia interior y exterior y los Aliados venían sazonados con acusaciones a compatriotas, judíos y no, de los que no daba el nombre, pero a quienes caracterizaba de tal modo que era fácil individualizarlos, detenerlos y dirigirlos a un campo de concentración. Eso sí, nunca mató ni torturó personalmente a nadie, aunque una de sus propuestas más livianas fue la de asesinar a todos los comunistas presos.
Se conocen autores cuya actividad política parece colocarse en las antípodas de su talento literario. Casos como el de Ferdinand Céline hablan de la intrincada, tal vez tortuosa relación entre obra y vida, y también de un hecho que para muchos pasa inadvertido: la ideología de un escritor es sólo una parte de su subjetividad, de su experiencia y su vocación expresiva. Se puede hacer propaganda radial a favor de Mussolini en plena Guerra Mundial II, como Pound hizo, y crear a la vez el más formidable poema contra la usura, jamás escrito por revolucionario alguno, como Pound hizo. Pero el caso Brasillach pertenece a otra categoría y desató una polémica en los medios intelectuales franceses de entonces: ¿se puede ejecutar a un escritor por lo que escribe? El general De Gaulle consideró que sí y rechazó un pedido de clemencia que le elevaron, entre otros, André Malraux, Albert Camus, Jean-Louis Barrault, Jean Anouilh y Arthur Honegger –no exactamente colaboracionistas– y que Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir se negaron a firmar. Se trataba de los límites de la impunidad literaria, del peso de la palabra en las crisis de la historia. De Gaulle pensaba que los intelectuales franceses debían rendir cuentas por las consecuencias de las ideas que propagaron y del partido que tomaron durante la expansión del nazifascismo. “El talento entraña responsabilidad,” decía.
Era ésa una zona pantanosa. Artistas y escritores de valía como Drieu la Rochelle, Sacha Guitry, Thierry Maulnier, Céline y no pocos más apoyaron al régimen de Vichy en mayor o menor grado. Georges Simenon escribió enconados artículos antisemitas antes de 1939 y bajo la ocupación. La muy prestigiosa Académie Goncourt abandonó su liberalismo proverbial para ejercer un colaboracionismo abierto con el invasor alemán. Enfrente, Malraux sólo pasó a la resistencia en marzo de 1944, cuando se avecinaba el desembarco aliado en Normandía y un año después de que el Ejército Rojo derrotara a la Wermacht en Stalingrado y lanzara una contraofensiva que nose detuvo hasta Berlín. Como el autor de La condición humana, Marguerite Duras se sumó a los vencedores al filo de que vencieran; antes había trabajado largos meses en una dependencia del régimen de Vichy controlada por los nazis que decidía qué libros se podían publicar –o no– en la Francia ocupada. La verdadera resistencia literaria de esos años era clandestina y cuajaba en la revista Les Lettres Francaises, fundada por el no menos clandestino Comité Nacional de Escritores y dirigida por el comunista Jacques Decour y el demócrata Jean Paulhan, que había sido el alma de la Nouvelle Revue Francaise. Los nazis no quisieron clausurar esa joya de la inteligencia francesa para dar signos de normalidad: Paulhan fue sustituido por Drieu la Rochelle, que convirtió a la publicación en depósito del pensamiento colaboracionista. Años después diría: “Apostamos y perdimos”.
Brasillach es aún hoy una suerte de héroe y mártir del ideario fascista francés y sus alrededores. En la prisión de Fresnes, donde esperó que lo juzgaran y escribió sus mejores poemas, comenzó a construir su propia leyenda comparándose con André Chénier, el gran poeta que los jacobinos guillotinaron en 1794 por razones bien distintas: rechazaba el terror revolucionario tanto como la restauración monárquica. Existe en París una asociación Amigos de Robert Marsillach que otorga premios literarios con su nombre. Al decir de su biógrafa Alice Kaplan, los extremistas de derecha convirtieron a este exégeta del Tercer Reich en “el James Dean del fascismo francés”. Tenía 35 años cuando fue ejecutado.
Ningún otro intelectual de cierto renombre fue condenado a muerte en los procesos a los colaboracionistas que tuvieron lugar de 1944 a 1947. Charles Maurras, el maestro de Brasillach que imaginó a fines del siglo XIX “el nacionalismo integral” anticipador de no pocas ideas fascistas y que apoyó con entusiasmo y convicción al régimen de Vichy, fue condenado a prisión perpetua en 1945 y liberado siete años después por razones de salud y de sus 84 de edad. Cuando escuchó su sentencia pronunció una frase significativa: “Es la revancha de Dreyfus”. Pareciera que los encontronazos entre intelectuales franceses profascistas y democráticos, seguramente nada ajenos al estado de la sociedad, tienen raíces muy largas.

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