CONTRATAPA

Almas sensibles

 Por Susana Viau

Era casi una fija que no podía durar. Lo supieron todos, desde un principio. Menos ella, que es un poco ingenua. El error más grave había sido la elección del lugar, a doce cuadras de la Basílica, en línea recta; o en una de esas la de la ciudad, vigilada por el ojo inquisidor de un arzobispo que ha recordado que los Evangelios declaran dignas de muerte a esas desdichadas criaturas aliadas de la lascivia y el desvarío. Pero en la madrugada del 3 de enero, el primer sábado del año flamante, no fue monseñor el que llegó con el látigo a sacarlas del templo herético que habían levantado en la calle San Martín sino tres patrulleros, quince policías y unos inspectores del municipio que arrearon las ovejas descarriadas. O desviadas, para ser más precisos. Mientras tanto, lejos, en un boliche mistongo de la terminal, Luján registraba su primer muerto en riña del 2004. Y para allí, para confirmar el óbito, tuvieron que salir ululando los patrulleros. Los inspectores adujeron falta de habilitación. No mentían: hacía un año y medio que ella, Andrea Tessei, la dueña, maestra y psicóloga social peregrinaba con los papeles. Siempre le faltaban cinco para el peso. Así fue que las puertas de Almas Sensibles se cerraron. A los pocos días, el diario El Civismo publicó la noticia con un título revanchista: “Gay Over”.
Tampoco El Civismo macaneaba. Los homosexuales del oeste bonaerense se quedaban sin el punto de encuentro que había ganado una fama vertiginosa porque era cool –si es que el término puede usarse en una zona donde el conurbano empieza a confundirse con la pampa– y transversal, policlasista, si se prefiere: jóvenes peones y jóvenes estancieros montados en relucientes 4x4, profesionales porteños y viajantes de Navarro y de Suipacha, travestidos de unas pocas horas –los viernes y los sábados de 24 a 6, el horario de atención de Almas–, porque el lunes hay que regresar al trabajo de carpintero o a la herrería, lesbianas. La seducción en Almas no estuvo nunca tarifada: como en cualquier discoteca, un cruce casual, la invitación a una cerveza, la charla en la barra de la modesta casa de pueblo, dos habitaciones al frente, para bailar, un patio, sillas descuajeringadas, murales y graffittis que los parroquianos iban pintando en las paredes.
Pero Almas inquietaba más allá de las “pasiones vergonzosas” que había fustigado monseñor Rubén Di Monte, de esos extravíos que hacen que “las mujeres cambien sus relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza” y los hombres “ardan en deseo los unos por los otros”. La pacífica concurrencia de fin de semana no podía escandalizar tanto una ciudad que, igual que todas, de norte a sur y de este a oeste, sabe que son muchos los que duermen la siesta en casa ajena y muchos también los caballeros que rompen la rutina hetero con los travestis. Quizá la razón de tanto encono deba buscarse en la intolerable herida narcisista que el pub de nombre kitsch estaba abriendo, sin proponérselo, en el plexo de la tradición, en el corazón del ser nacional: Almas incomodaba a la moral y los preceptos, pero sobre todo socavaba el mito, ponía en duda la inobjetable heterosexualidad de los hombres de facón y duelos criollos, de Martín Fierro, Juan Moreira, Chirino y Hormiga Negra. Porque por la noche, quien pasaba por el 1200 de San Martín podía extasiarse viendo a través de las ventanas abiertas de par en par cómo un puñado de gauchos, ataviados con sus mejores galas, bombachas (de campo), botas y rastra, bailaba mejilla a mejilla al son de una melodía romántica. Almas Sensibles era la catedral del gaucho gay.
Para clausurar el local la municipalidad hizo una encuesta a 7 familias de la manzana. Unos dijeron que preferían no tenerlos cerca, otros que no molestaban. La conclusión fue “no viable para el entorno vecinal”; los habitués tuvieron que guardar de recuerdo sus tarjetas de plástico, el salvoconducto que Almas Sensibles daba a la clientela para que no se filtraran ni provocadores ni barderos; “la comunidad” quedó desconcertada y anda por ahí, persiguiendo un nuevo territorio; Luján y sus fuerzas vivas pusieron una pica en Flandes. Pueden decir con orgullo que en sus dominios César mató a Bruto y el vicio ha sido derrotado por la virtud.

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