EL PAíS › LO REALIZO EN SEUL UN EQUIPO
INTEGRADO POR CIENTIFICOS COREANOS Y UN ARGENTINO

Un gran paso hacia la clonación terapéutica

La experiencia consistió en tomar un óvulo, retirarle el núcleo y poner en su lugar el de una célula del cuerpo de la misma mujer. Los científicos pudieron guiar a las células del embrión para convertirse en tejidos que podrían aplicarse para distintas terapias.

 Por Pedro Lipcovich

Un equipo de investigación integrado por surcoreanos y un argentino dio a conocer el avance más importante y de mayor seriedad científica registrado hasta la fecha en materia de clonación humana. Para entender por qué es el más importante hay que explicar por qué es el de mayor seriedad científica: no sólo porque todos sus pasos se sujetaron a las pautas éticas admitidas por la comunidad científica y porque los resultados se publicaron en una revista de primer nivel internacional, sino también, y especialmente, porque el propósito fue la clonación terapéutica, es decir, la perspectiva de que, por ejemplo, a partir de una sola célula de una persona diabética puedan obtenerse tejidos del páncreas, que curarían su enfermedad sin posibilidad de que fueran rechazados por su propio organismo. La experiencia que se realizó con éxito consistió en tomar un óvulo de una mujer, retirarle el núcleo y poner en su lugar el núcleo de una célula del cuerpo de la misma mujer; lograr que la célula así obtenida se divida y desarrolle –como si fuese un óvulo fecundado por un espermatozoide–, transformándose en un embrión. Sus células, como las de todo embrión, son “totipotenciales”, es decir, llevan en sí la potencialidad de transformarse en cualquier tejido del organismo: los investigadores pudieron guiar las células de esta clonación terapéutica hasta su diferenciación en tejidos como el de la piel, los músculos, los huesos, la retina. Por primera vez, un resultado científico de esta magnitud tiene lugar en un país emergente, lo cual obedece a que esta línea de investigación no está permitida en diversos países centrales y a que “hoy, si una línea de trabajo se prohíbe en un país, se desarrollará en otros”, señaló un investigador argentino.
En realidad clonaron, no uno sino 30 embriones humanos. La experiencia fue efectuada en la Universidad Nacional de Seúl por un equipo dirigido por Woo Suk Hwang, con la participación del argentino José Cibelli, quien se desempeña en la Universidad de Michigan, Estados Unidos. Los resultados se publicaron ayer en la revista Science.
Hasta anteayer, el estado de la ciencia en materia de clonación humana se resumía así: por una parte, se había logrado aislar células totipotenciales (“células madre”; stem cells) en embriones humanos obtenidos de óvulo y espermatozoide por fertilización asistida; por otra parte, se había practicado con éxito la clonación de animales superiores, a partir de la oveja Dolly en 1996, pasando por la argentina Pampa en 2002. Lo que faltaba era juntar esas dos líneas, y el premio de juntarlas era, y sigue siendo, la posibilidad de desarrollar, por clonación, “células madre” que, una vez desarrolladas como tejidos, curen enfermedades de la misma persona que las produjo, en una especie de autoinjerto. Eso se llama clonación terapéutica, y empezó a existir ayer.
Ya había habido experiencias en clonación de células humanas: la primera de ellas había sido publicada por Cibelli en 2001. Pero los embriones no habían ido más allá de ocho o diez células, y en ningún caso se habían desarrollado líneas de “células madre”.
La investigación se efectuó en el hospital universitario Hanyang, de Seúl, Corea, cuyo comité de ética supervisó sus pasos. Dieciséis voluntarias donaron un total de 242 óvulos (en rigor se trataba de “ovocitos”, las células que, cuando se desprenden del ovario para deslizarse hacia el útero, pasan a llamarse óvulos), de los que 176 se utilizaron en las pruebas. A cada una de ellas se le había explicado que se trataba de una experiencia de clonado terapéutico, no de clonado reproductivo, y ninguna de las mujeres recibió dinero por su participación.
Los investigadores retiraron de cada óvulo el núcleo –que contiene el material genético– y lo reemplazaron por el núcleo de la célula del cuerpo. ¿Por qué hay que hacer esto para lograr la clonación? Porque el óvulo, como el espermatozoide, sólo contienen la mitad de la información genética, que sólo se completa cuando se unen para formar una célula de la cual han de derivar todas las que compondrán el organismo. El núcleo que los científicos pusieron en el óvulo ya tenía la información completa y por eso esa célula pudo desarrollarse como embrión, al igual que si hubiera procedido de la unión entre óvulo y espermatozoide.
Pero, para esto, primero había que atrasar su reloj biológico. Digamos, “enseñarle” a ese núcleo celular, tomado de un cuerpo adulto, que ahora tenía que comportarse como la primera de todas las células del organismo. Los investigadores estimularon al “citoplasma” (la parte exterior al núcleo) del óvulo así modificado hasta conseguir que “reprogramara al núcleo transferido, silenciando todos los genes correspondientes a célula somática y activando los genes embrionarios”.
El propósito de los investigadores era lograr que cada embrión llegara al punto clave de desarrollo en que se diferencia en tres capas, que a su vez darán lugar a todos los tejidos del organismo humano. Lo consiguieron, y fue su logro central: pudieron registrarse “tejidos diferenciados incluyendo epitelio retinal pigmentado, músculo, hueso, cartílago, tejidos conectivos y epitelio glandular”, según precisa el trabajo publicado en Science. Otro resultado muy auspicioso fue que las líneas pudieron mantenerse a lo largo de por lo menos 70 reproducciones celulares. Y los resultados se repitieron en 30 embriones, cada uno de ellos genéticamente idéntico a la mujer que había donado las células que lo iniciaron.
Esto abre, de manera consistente, la perspectiva de obtener tejidos “que podrían ser trasplantados, sin rechazo inmunitario, para tratar enfermedades degenerativas como la diabetes, la osteoartritis y el Parkinson, entre otras”, anunciaron los investigadores.
El editor principal de la revista Science, Donald Kennedy, comentó que “el potencial de estas ‘células madre’ embrionarias es enorme”, pero advirtió que “pueden pasar años hasta que estas células puedan ser usadas en medicina”. Además, llamó a “una prohibición mundial a todo intento de usar esta tecnología para crear niños vivientes”.
En realidad, el límite no es sólo ético. La clonación de especies animales muestra hasta ahora debilidades que este experimento no modifica en absoluto: por una parte, cada animal exitosamente clonado es el emergente de una cantidad muy grande de intentos fallidos, plasmados en abortos y deformidades; además, los clones suelen tener corta vida, son proclives a enfermedades respiratorias, circulatorias e inmunológicas, y se les adjudica un “envejecimiento prematuro”, lo cual apunta a que aquella “reprogramación del reloj biológico” no es definitivamente estable.
Pero nada de esto afecta la perspectiva del clonado terapéutico, donde lo que interesa no es obtener seres completos sino sólo tejidos celulares. Y en todo caso la filiación e integración de estos investigadores en la comunidad científica es transparente, a diferencia de la de personajes que de vez en cuando anuncian supuestas clonaciones humanas, como el médico italiano Severino Antinori o la bizarra secta de los “raelianos”.
Resta una pregunta: ¿por qué esta investigación se concretó en Corea? “Porque en Estados Unidos, y en diversos países de Europa, no está permitido investigar en esta línea”, contestó Marcelo Rubinstein, profesor titular de genética en la UBA, y comentó: “Actualmente, cuando una rama de desarrollo científico se bloquea en un lugar del mundo, continúa en otros. Es improbable que un tema científico pueda ser prohibido en el mundo entero porque los países tienen distintas pautas y porque los desarrollos científicos están muy ligados a perspectivas de beneficio económico”.

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Moon Shin Yong, uno de los investigadores de la Universidad Nacional de Seúl que realizó la experiencia.
 
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