ESPECTáCULOS

El “caso Cipolatti”, o un folletín desviado que despierta el morbo

¿Se cae un tabú o es sólo el amarillismo de siempre? Opinan Nora Mazziotti, María José Lubertino, Marcela Coronel y Silvia Itkin.

 Por Julián Gorodischer

Es la historia de un hombre que vive bajo los influjos y el control de las cámaras de TV. En un capítulo reciente, su ex mujer se suicidó ante la mirada de sus hijos mellizos. Antes, ella había reclamado más presencia y dinero. Pero el affaire Cipolatti no es otro escándalo de verano, no tiene nada que ver con los dimes y diretes del clan Suller ni con las guerras de vedettes, empresarios teatrales o travestis. Por primera vez la tele se entusiasma y horroriza, a la vez, con la aparición del cínico: el tipo que define la muerte de su ex como “un garrón”, el que comenta en vivo su velorio. El affaire Cipolatti introduce una vieja fascinación (por el suicidio) pero añade un tema inexplorado: el desamor. Aquí no habrá redención posible. La tele reclama eso que conoce bien (el arrepentimiento) y obtiene, a cambio, la carcajada. Hasta el sistema del escándalo corre peligro cuando Pipo decide delatar al chimentero: “Si querés que hable, pagame mejor”, de Pipo a Jorge Rial, demudado. La aparición del cínico reformula la cobertura del affaire de verano: ¿cómo adherirse al luto si se interrumpe con la broma? Si el escándalo clásico estuvo regido por la ley del folletín, el affaire Cipolatti cambia el eje.
“En el folletín –explica la profesora Nora Mazziotti– aparece una condena moral muy fuerte: el cínico merecería un castigo brutal por sus actos. En cambio, acá hay un regodeo en la conducta desviada. En el folletín hay un bien y un mal muy separados; el héroe hubiera sido acosado por abogado, patronato y juez, en una sociedad organizada y con más sanciones. Acá el que responde es Charly; no aparece una figura legal, ni un psicólogo.” El extraño mundo de Pipo es una tierra de nadie en la que no interviene ninguna palabra autorizada, un universo sin contención que enfrenta al vacío y el desamparo. ¿Quién se ocupará de mis hijos cuando yo muera? ¿Quién pagará la habitación de hotel cuando ya no me quede nada? La respuesta es aterradora: ni el Estado ni otro resorte institucional, sino Gerardo Sofovich. O el propio Rial, que –entusiasmado por la explosión que llevó su rating a 12 puntos– entrega pañales a cambio de más lágrimas. En el mundo de Pipo, la asistencia es brindada por la farándula, solidaria a cambio del chivo. Ahora el Doctor Socolinsky se compromete a velar por los mellizos a cambio de un reporte diario en Intrusos.
“La prensa amarilla se monta en cualquier drama individual para hacer un show –dice la abogada María José Lubertino–, pero además de regodearse con la sangre, visibiliza la problemática por la que pasan muchísimas mujeres separadas: se conoce en términos mediáticos pero sucede en la vida real.” Por primera vez, el escándalo de verano podría estar representando un drama común a muchos: las separadas que se quedan solas y reclaman alimentos sin respuesta. Y hasta podría abrirse una deriva política: el apoyo en el Congreso a la creación de un registro de ex maridos morosos.
Donde se abre la puerta para pensar una representatividad detrás del affaire Cipolatti también comienza una polémica. Se expresan reclamos al “cese de la agresión”. Si el pedido de límites a la tele es un clásico de la ortodoxia reguladora, esta vez la causa incluyó también al progresismo. “Pipo no está para eso, no está para subirse a ningún ring; está lastimosamente indefenso”, reclamó el periodista Marcelo Moreno. En Indomables, el crítico Gustavo Noriega apoyó: “Hubiera sido una buena oportunidad para que la TV dijera basta”. Mientras, Hechiceras tomó partido y miró hacia otro lado bajo el argumento “Hay que demostrar que se puede hacer un programa sin hablar de Pipo”. “Yo creo en los límites”, dice Marcela Coronel. “Apuesto a que la gente quiera ver otra cosa; si pensara que sólo quieren ver eso subestimaría a muchos. Nos fue bien sin hablar de Pipo: perdimos por décimas”. ¿Y qué pasa con las claves que subyacen detrás del affaire? ¿No podría recibirse sin condenar esta caída de varios tabúes televisivos, el suicidio, el desamor, la orfandad, lamiseria del artista, la adicción a las drogas? Silvia Itkin, crítica de medios, asegura que esa pretensión es inviable:
–Este caso cristaliza una serie de saberes y prejuicios extendidos: la idea de la vida del artista como reventada y sin límites, la presencia de la droga que hace estragos, la familia disuelta para consolidar la sospecha sobre la farándula. La TV, en este sentido, es irreflexiva.
–¿Y la posibilidad de encarar un debate sobre los tópicos del caso, como el drama de las separadas sin cuota alimentaria?
–La TV no impone representación de los débiles, golpeados, huérfanos. Esto no le abre la cabeza a nadie, se la cierra cada vez más. Consolida prejuicios sobre un mundo donde todo parece estar en disolución. No cambia las instituciones. El escándalo tiene muy corto alcance, es muy breve. La semana próxima se estrella un bailantero y Cipolatti pasa al olvido.

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