CONTRATAPA

Náufragos

 Por Sandra Russo

En el medio de un naufragio, aun en plena tormenta, cuando las olas amenazan con dar vuelta el bote y los truenos preanuncian más rayos y centellas, a nadie se le ocurriría peinarse. Es momento de achicar, de hacer equilibrio, de juntar fuerza, de dosificar energía. Pero si el mal tiempo continúa, si pasan las noches y los días y la inclemencia sigue castigando, es posible que la naturaleza humana, incluso de un modo inexplicable, se encargue de dotar al náufrago de alguna idea o de algún recurso que le permita pensarse a sí mismo como algo más que un náufrago: la vida que sobrevive exige, para tener valor y para justificar el esfuerzo que demanda, algún gesto que la dignifique. En los peores duelos llega ese instante: el de la vida que se expresa por sí misma y hace que, por raro, loco o extemporáneo que parezca, haya gente que deje de llorar por un rato y vaya al cine, o coma torta de chocolate o cuente un chiste, o haga el amor o baile.
En esta ciudad de paredes tapiadas, de explosiones callejeras, de marchas constantes, de futuro expropiado, en este país que ha permitido la entronización de una clase dirigente que parece no estar en sus cabales y de un sector financiero que muerde el tobillo del Estado como un perro rabioso, sin ninguna intención de soltarlo, en medio de esta brutal y bienaventurada lucha por lo que Pierre Bourdieu llamaba el “campo de poder” y de la que por primera vez participan las multitudes descastadas, ha comenzado a latir, en muchas almas, esa necesidad de que la vida continúe, que continúe de la manera que nos sea posible. Una manera seguramente entre comillas o entre paréntesis, una manera barata, una manera tierna y hogareña, una manera suave, una manera al alcance de la mano. El tremendo alcance de esta tragedia nacional se comprende precisamente allí donde es posible imaginar cuántas personas han sido privadas de esa posibilidad: la emergencia multiplica los dramas que no tienen retorno.
Cuando comenzó el desmadre, hace tres meses, hubo una clara percepción de salud en el acto colectivo de salir a gritar. Habíamos acumulado años de rabia y de consentimiento. La represión sin precedentes que hubo por respuesta convirtió el grito en alarido, y tuvimos nuestra brevísima Primavera Porteña en aquellas dos o tres semanas de enamoramiento público: las asambleas permitieron que a muchísima gente se le hiciera agua no la boca sino la palabra. Por primera vez la gente habló, y sigue hablando, bendita sea, mientras, sin embargo, el tiempo pasa y se hace urgente darle a la arcilla que somos alguna forma exacta, mínima pero exacta, toda vez que, librada esa arcilla a la fuerza de los acontecimientos, puede contaminarse, pudrirse o volverse en contra.
En uno de los ensayos que incluyó en su libro Razones prácticas, Bourdieu reformulaba la conocida frase de Max Weber sobre la naturaleza del Estado: a aquello de que se trata “de una comunidad humana que reivindica con éxito el monopolio del empleo legítimo de la violencia física en un territorio determinado”, el sociólogo francés le añadía otro concepto fundamental para entender la Argentina de hoy: el Estado, decía, reivindica no sólo el empleo legítimo de la violencia física, sino además “el de la violencia simbólica”. Esa invención humana, ese artefacto que es el Estado, es capaz de ejercer esa violencia simbólica –sojuzgando a algunos sectores, arrancándoles expectativas a otros, redistribuyendo atrozmente los bienes escasos– porque se “encarna a la vez en la objetividad bajo la forma de estructuras y mecanismos específicos, y en la subjetividad –o si se prefiere, en los cerebros–, bajo la forma de estructuras mentales, de percepción y de pensamiento”. Dice Bourdieu que una megainstitución como el Estado fuerza a la gente a olvidar que es fruto de una larga serie de actos y de asociaciones, y se presenta como “natural”. Ningún panorama de ruptura puede ser en consecuencia tan hondocomo el que le recuerde a esa gente que las cosas no tienen por qué ser como son; que alguna vez, históricamente, hubo otras alternativas, y que la baraja puede volver a mezclarse de otro modo, acaso más justo, acaso más democrático.
Esto es lo que vemos todos los días. El estallido no es otra cosa que la ruptura de ese pacto, el cese del consentimiento, la conciencia de que los amplios sectores de clases desfavorecidas tienen derecho a ejercer una contraviolencia simbólica que les devuelva su ración de torta. Esa contraviolencia simbólica va tomando lentamente forma, toda vez que los miembros del Estado deben responder a preguntas que antes nadie les hacía, toda vez que los argumentos sofistas de la clase política van quedando descaradamente en evidencia, toda vez que, en cualquier choque cotidiano con la autoridad estatal, los ciudadanos se plantan y se quejan, reclaman, protestan, denuncian, escrachan. La contraviolencia simbólica significa, en palabras sencillas, que no les sea tan fácil tomarnos por idiotas.
Sin embargo, algunos acontecimientos recientes parecen querer inclinar la puja hacia el terreno de lo literal, y la violencia literal, desprovista del entramado simbólico que apenas se está gestando, puede ser una trampa que nos conduzca a ser víctimas, nuevamente, del monopolio de la violencia física que aún detenta el Estado y que seguirá detentando, aunque es deseable que sea otro Estado el que lo haga. El statu quo es provocador: Jorge Asís amenazando con salir a la calle con “sus amigos”, Jorge Vanossi hablando de “la turba”, la derecha defendiendo a Roberto Alemann en virtud de su edad, o Joaquín Morales Solá preconizando el surgimiento de patotas a lo nazi. Al statu quo le conviene cualquier tipo de violencia, siempre le ha convenido, pero más allá de la estrategia –que, por una vez, no estaría mal tener– sería fenomenal convenir, colectivamente, que en esa forma mínima pero exacta que este pueblo le dará a su propia arcilla, no habrá lugar para el robo pero tampoco para la violencia. Si se admite la guillotina, uno no puede estar en contra de algunas cabezas y a favor de las otras. La muerte civil, que se merecen unos cuantos, no es lo mismo que zancadilla ni cachetazo ni golpe en el estómago. Y la civilidad, por otra parte, consiste en aprender la diferencia.
En este sentido, vale la pena mencionar, emocionadamente, el escrache impecable que médicos, enfermeros y enfermos realizaron el viernes en el Hospital Rocca al médico policial Jorge Bergés, implicado en torturas y robo de bebés durante la dictadura. La potencia de esas voces unidas para hacerle saber “a esa cosa, a esa mierda”, según declaraba uno de los médicos, que es persona no grata en ese hospital, la fuerza de esos insultos concentrados en veinte minutos de agravio organizado, fue mucho más elocuente, clara y cortante que una patada o una piña o una zancadilla. Esa comunidad médica expresó su repudio, pero también expresó la diferencia que separa a los dignos de los indignos. Trazarse un límite, en este sentido, puede ser como peinarse en medio de la tormenta, recuperar la compostura necesaria para que la lucha por la vida siga valiendo la pena: la vida por la que se pelea es honorable.
Es que estamos naufragando todavía, pero no somos solamente náufragos.

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