CONTRATAPA

Aquí fuimos castigados

Por Graciela Daleo *

Justicia, memoria y verdad fueron y son objetivos y caminos de lucha durante todos los días de muchos años. Y también hubo palabras que gritamos en las calles, arrojamos en despachos oficiales, estampamos en los juzgados y grabamos a puro dolor y amor en el corazón y la voluntad de millones. Ahora, cuando llega otro 24 de marzo, conviene recordar que memoria, verdad y justicia son ya una trama que obtuvo la nulidad de las leyes de impunidad de Raúl Alfonsín y parece a punto de llevar a la anulación de los indultos de Carlos Menem. También forman una trama que busca un castigo para los que matan por hambre, desocupación y gatillo fácil. Una trama que junta retazos de historias, denuncias, vivencias y resistencias para restituir a la memoria social lo que el terror y la represión le ocultaron o le indujeron a ignorar.
Por eso cada genocida encarcelado es un hecho de justicia que construye memoria y verdad. Cada marcha callejera que reclama pan y trabajo recoge la verdad de la justicia por la que luchaban los desaparecidos. Cada terrón de tierra y cemento removido bajo la autopista para descubrir el Club Atlético abre memoria y verdad y empuja la exigencia de justicia.
La Escuela de Mecánica de la Armada no necesita ser destapada: hecha de ladrillos, cemento y terreno, se mantiene a pleno sol y frente a los ojos. Pero sí debe ser desposeída: para escuela o para clases, sigue en manos de la Marina, la fuerza armada que fue uno de los pilares del Estado terrorista.
Recogiendo una reivindicación popular –sostenida especialmente por las organizaciones de derechos humanos–, el Gobierno se propone desalojar el predio de su presencia naval y poner a este lugar en función de la construcción de la memoria y de la justicia. En sí misma, además, la ESMA es una prueba necesaria para los procesos penales en marcha.
Poderosas camadas de artífices, beneficiarios y herederos del terrorismo de Estado gritan y susurran en Infobae, Ambito Financiero y La Nación su defensa de la ESMA como territorio naval. Dicen que allí funcionan instituciones que le interesan al país. O que los cadetes del mar aprenden a defender las aguas de la Patria. ¿Ignoran, por ejemplo, que el traslado del liceo desde Río Santiago a la Avenida del Libertador fue una maniobra para retener el predio? Explícito o disimulado, el motivo es otro: mientras esté en sus manos, el lugar será “su” emblema, un símbolo del poder que construyeron a terror puro y que muchos añoran volver a detentar.
A su vez, la Unión Personal Civil de las FF.AA. se moviliza y alerta por el nuevo destino que se le dará a la ESMA. Pero los trabajadores del lugar deberían celebrarlo: no serán más involuntarios engranajes del ocultamiento, liberados ya de cruzar a diario el portal siniestro hacia los pabellones de brigadas, la casa de oficiales, los talleres, los puestos de guardia, los playones de cemento, los consultorios médicos, los terrenos con césped, el sótano y los altillos.
Son casi 18 hectáreas para que durante ocho años desde Avenida del Libertador al 8000 los hombres del Grupo de Tareas 3.3.2 y del Servicio de Inteligencia Naval salieran con ritmo feroz y regresaran con su preciosa carga de militantes populares, hombres y mujeres solidarios, generosos, ya encapuchados, cargados de cadenas y sentenciados a la tortura y la desaparición.
Para quienes integramos la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos, la atroz historia que impregna hasta el último centímetro de su terreno hace que el destino y la función de la ESMA se resuma de este modo: debe ser testimonio y muestra “viva” de la dictadura militar. Tiene que revelar de qué son capaces las clases dominantes para imponer sus proyectos y oprimir a los pueblos. Como en otros sitios simbólicos del poder brutal –hoy patrimonio de la Humanidad y monumentos históricos nacionales–, el efecto pedagógico de la ESMA reside en constituirse en señal y denuncia del terrorismo de Estado. La materialidad misma de la ESMA debería expresar para el presente y las generaciones futuras que ésa fue una “escuela” que formó genocidas armados de picana, libreta de cheques, capuchas y proyectos económicos. Que hizo “escuela” para aniquilar a desaparecidos y sobrevivientes, para disciplinar al pueblo y a sus organizaciones. Es imposible imaginarnos esos edificios convertidos en oficinas en las que la rutina diaria silencie lo que las paredes deben gritar. El campo de deportes no puede ser un paseo donde los empleados tomen su merienda.
Imaginamos, sí, la memoria que acompañe el recorrido de lo que fue, imágenes que impidan olvidar que esto sucedió; palabras que nombren a quienes allí fueron desaparecidos; sonidos que registren uno a uno a los responsables de todos los crímenes y tanta impunidad. Y la voz de los sobrevivientes recordando que aquí fuimos castigados. Y que, pese a tanto castigo, despojándonos de capuchas y grilletes, seguimos asumiéndonos como testimonio, acción y lucha. Nos desaparecieron porque luchábamos. Porque aparecimos, seguimos luchando.

* Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos.

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