CONTRATAPA › 24 DE ABRIL

Aniversario del genocidio armenio

 Por Luis Bruschtein

La idea de genocidio aparece como irracional e inhumana y, por lo tanto, todo el mundo supone que está vacunado contra ella. Pero esa idea tiene una racionalidad sin sutilezas y profundamente humana que se instala en lugares primitivos de los que la civilización trata de desprenderse y todavía no ha podido: el poder, la desconfianza, el miedo, la inseguridad o la ambición. Y a veces, el genocidio se comete también en nombre de la civilización. Y siempre en nombre de alguna causa supuestamente "justa", nadie reconoce que lo hace por pura malignidad.
En 1939, Adolf Hitler explicaba a los comandantes y generales de su Estado Mayor, que diseñaban la inminente invasión a Polonia, que "nuestra fuerza consiste en nuestra rapidez y brutalidad. Gengis Khan condujo al matadero a millones de mujeres y niños con premeditación y alevosía. Pero la historia sólo lo muestra como el fundador de un Estado". Como Hitler perdió la guerra, todo el mundo sabe que jugó del lado de los horribles. Algunos responsables de genocidios modernos también detestaron en público a Adolf Hitler por genocida, lo que no fue impedimento para que ellos lo cometieran después.
Entre 1915 y 1923, el genocidio de un millón y medio de armenios por el gobierno turco –que hasta hoy lo niega– fue cometido con la intención "progresista" de consolidar la unidad de la nación turca moderna. Fueron "pogroms" parecidos a los de los cosacos contra los judíos en Rusia y hasta se usaron métodos como la emasculación, similares a los que usó el general Roca en la Argentina con las naciones indígenas cuando separaban a los hombres de las mujeres para impedirles procrear.
Como los turcos ganaron la guerra y los jóvenes turcos liberales, progresistas y prooccidentales que propiciaron esa horrorosa masacre, junto con el sultán en decadencia, tuvieron mejor prensa, el genocidio del pueblo armenio se encuadró en la situación que describía Hitler a sus generales con relación al emperador mongol. Turquía niega que haya ocurrido porque ningún genocida ha sido nunca capaz de asumir la responsabilidad por ese delito que es el mayor de la humanidad. Tampoco lo hicieron aquí los dictadores argentinos que ensayaron mil definiciones y calificativos para explicarse. Y los neonazis todavía insisten en que el Holocausto es un invento del sionismo internacional.
Aquí el argumento de la dictadura para explicar lo que hizo fue la seguridad nacional, aunque algunos de sus personeros reconocieron que hubo "excesos". Cuando relativizan el genocidio del pueblo armenio, en Turquía aluden a la necesidad de consolidar una unidad nacional en jaque por el desmembramiento del Imperio Otomano y la amenaza de potencias extranjeras. Y aceptan también que hubo "excesos", pero no por parte del Estado sino por desbordes chauvinistas de la población turca. Con poquísimas excepciones, ni siquiera los sectores progresistas y de izquierda de ese país están dispuestos en la actualidad a reconocer ese momento vergonzoso de su historia.
La palabra "genocidio" fue acuñada en 1930 por el experto en Derecho Internacional Rafael Lemkin, horrorizado por las masivas matanzas armenias que se recuerdan el 24 de abril. Y los armenios, tras décadas de infructuosas denuncias, acuñaron otra palabra relacionada con los genocidas y que también es posible aplicar en todos los casos en que este delito se ha cometido: el "negacionismo", un término que se usa para calificar a toda la suerte de explicaciones y artimañas destinadas a que los estados y las personas eludan su responsabilidad criminal y a oscurecer la verdad histórica.
El "negacionismo", como lo definen los armenios con relación al gobierno turco, es una elaboración posterior a la acción criminal de un Estado. Pero también puede servir para distinguir un estadio previo. Porque cuando un Estado comete un genocidio siempre hay un sector de la población inclinado a apoyarlo o a tolerarlo. Todas las sociedades niegan ser susceptibles a este virus tan poco civilizado e incluso muchas niegansituaciones anteriores de su propia historia. Y casi todas las sociedades están atravesadas por conflictos embrionarios de desbordes contra inmigrantes o por cuestiones religiosas, étnicas, culturales o ideológicas. Situaciones que exacerban el instinto primitivo de hacer desaparecer al otro diferente que se percibe como amenazante. Cuando el Estado actúa, se apoya en esas pulsiones, aunque sus motivos reales sean políticos o económicos.
Las ideas que sustentan un genocidio no son sutiles pero se disfrazan taimadamente en esa maraña de impulsos latentes y a veces manipulados por los estados. Se disfrazan tan bien, que un profesor de Harvard, Samuel Huntington, puede difundirlas en obras que se convierten en best sellers y libros de cabecera del presidente de la principal potencia del planeta. El reputadísimo científico social, que antagoniza a Occidente con el Islam y al norteamericano medio con la población latina, es insospechado de genocida, hasta que ocurra. Este 24 se cumple otro aniversario del genocidio armenio. Valga la oportunidad para insistir en que la única vacuna verdadera es memoria y justicia, una deuda que todavía tiene el gobierno turco con el pueblo armenio.

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