CONTRATAPA

Elvio Romero, jazmín y ensueño

Por Rafael A. Bielsa

Promediando el otoño porteño murió el gran poeta paraguayo Elvio Romero. Con sus palabras precediéndolo como un fulgor, marchaba cada mañana a su trabajo en la Embajada del Paraguay en Buenos Aires. “Fue el último gran poeta paraguayo”, lo responsa Augusto Roa Bastos. Estaciones atrás, antes de morir en la cárcel franquista, Miguel Hernández pronunció palabras que se atribuyen a Romero: “Adiós, camaradas, amigos, / despedidme del sol y de los trigos”. ¿Es posible pensar en un laurel mayor de un poeta mayor a otro?
“Si me toca volver, si me tocara / volver a lo hondo, al haz de los rastrojos, / ...volvería a cumplir el mismo rito, / volvería a cantar del mismo modo / ...¡la misma luz coronaría a un hombre!”, es la propia, anticipada despedida del autor de El sol bajo las raíces, una de las “pocas voces americanas tan hondas y fieles al hombre y sus problemas, y por eso universal”, como señaló para siempre Miguel Angel Asturias.
Se exilió en nuestra tierra durante la dictadura de Stroessner; me consuela pensar –ante su ausencia, frente a la que todo desiste– que sólo se trata al fin y al cabo de un nuevo exilio. Deudo por ahora de su obra y de su vida, ya nos encontraremos allí donde todo está disuelto.
Su obra lo sobrevive; dando vuelta sus páginas, volveremos a “...cumplir el mismo rito, / ...a cantar del mismo modo / ...a esplender el mismo nombre”.
Su integridad no sólo fue artística, sino además humana. Como en su obra, en su vida Romero encarnó a Machado: “...dejar quisiera mis versos / como deja un capitán su espada / famosa más por la mano viril que la blandiera / que por el docto oficio del forjador preciada...”.
La llamarada formal, si cuenta, cuenta poco en poetas ante los que una tempestad atronadora llega en tropel junto a las palabras desde su vibración más genuina, desde la médula misma de su condición.
¿De qué mundo nuevo hablamos cuando habla Romero?
Del ámbito americano, del realismo mágico, del corazón de piedra verde, del realismo fantástico, del Nuevo Mundo, de una nueva y mítica Arcadia, de la legendaria y rediviva Ciudad de los Césares, de la Tierra Purpúrea de Hudson, de El Metal del Diablo de Céspedes, de la utopía donde la realidad imita a la fantasía, que sedujo a escritores, cronistas, viajeros, navegantes, músicos, comerciantes, reyes y reyezuelos, artistas; a Imperios que codiciaron su novedad y a familias que divisaron tras sus costas una nueva tierra prometida donde hacerse de nuevo; a aventureros y a conquistadores y a soñadores de toda laya y provenientes de las más diversas filiaciones geográficas y culturales. El propio Kafka, en su América, fue seducido por su fascinación incógnita.
Este es el nuevo mundo que, favorecido por la feracidad de su Paraguay natal, Elvio Romero descubrió para la poesía y compartió con el mundo ancho y ajeno de los viejos continentes, con el asombro de un cronista, a la manera azorada de Colón en sus fabulosas cartas a la reina Isabel. Un lugar virgen en el mundo occidental que desafió a su pluma a bautizarlo todo, cumpliendo la adánica tarea que, según Leopoldo Marechal, corresponde al poeta: ponerles nombres a los seres y a las cosas.
Porque la poesía, como supo desde siempre el autor de El viejo fuego, tiene, sí, una función social, que es ésa. Unida, integrada, indisolublemente a la de nombrar asimismo los conflictos de esos seres y de esas cosas en el contexto de un tiempo determinado, y a denunciar lo falso y lo erróneo, las apócrifas y espurias ediciones de un suspiro, los plagios. Tarea vigente, si las hay.
“Tú sabes” (escribe visionariamente en Conversando con José Asunción Flores) “...que todas nuestras flechas / deben hoy aguzarse con nuevos resplandores / y nuestra voz cargarse de implacables centellas, / como a veces debemos, en vez de miel sonora / llevar en las gargantas ásperas torrenteras”.
Tarea en la que Romero se prodigó y donde, por añadidura, refutó un clásico malentendido: en efecto, si su poesía redobla en una dimensión social es precisamente porque también vuelca su resonancia en otra, en la que está tramada la condición humana con sus complejidades y contradicciones.
Murió el poeta Elvio Romero. Cruzando a través de la pasión americana y fraterna de su poesía, siempre nueva, como por entre una espesura, funda un nuevo exilio.

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